lunes, 12 de septiembre de 2022

Cuando el pueblo quiere que lo logres (Cuento)

 


                                  Cuando el pueblo quiere que lo logres

 

 El día comenzó soleado, pero con pronóstico de lluvia en la tarde. Mi olfato natural me decía que nada iba a pasar, sin embargo, mi instinto falló, y el agua comenzó a caer según lo pronosticado. Después de pasar una hora esperando mi turno en el banco, emprendí viaje en busca de un libro al otro lado de la ciudad ,en una librería en San Telmo. Decidí tomar el tren hasta Retiro y caminar, la estación más cercana estaba a unas cuadras de casa, una calle de adoquines la circundaba. Camino a ella, sabía que la calle desembocaba en el andén que se dirigía a Suarez o Mitre, por lo que debía cruzar por el puente hacia el andén de enfrente, el que se dirigía hacia Retiro. Me acerqué a la zona desde la que podía ver el televisor que indicaba, en cuantos minutos, llegaría el tren que me llevaría a mi destino. Las cuadras pasaban y el numero en la pantalla comenzaba a tomar dimensión: se trataba de un numero de baja denominación. Empecé a impacientarme porque creía que, en cualquier momento, vería el digito y, para llegar, debería correr, pasar mi sube, seguir por el andén hasta el puente, subir las escaleras y cruzar. Así sucedió en cuanto divise el número cero: arranque a correr, pase el molinete, escuche el sonido de la bocina del tren anunciando su llegada. En ese momento, sentí que debía acelerar, todavía faltaba un largo trecho. La gente se alertó al verme correr, un hombre, al pasar por su lado, hizo el gesto con sus manos de que debía apurarme si quería llegar. Aceleré como hacía mucho tiempo no lo hacía, usando las puntas de los pies, como en las carreras escolares .A pesar de la velocidad que estaba tomando, sentí que no llegaría, que me agotaría en vano, pero subí las escaleras, cruce el puente, con la mirada perdida y sin esperanza, pero no baje el ritmo .Las puertas se abrieron, la gente comenzó a bajar y subir las escaleras del puente, ocupaba un lado del camino. Seguí desesperanzado, pero a toda velocidad, terminé de bajar las escaleras y la verdad llegó a mis ojos: la puerta se cerraba, el tren iniciaba a preparar la salida. Ahí fue cuando escuche el grito a dúo: “Dale,Wachoooo”. Dos pibes sostenían la puerta de un vagón para que no se cerrara. Repitieron:“daleee,wachooo”. Mi sorpresa fue grande, dije “que suerte la mía”. Creí que ellos estaban en la misma situación que yo, que entrarían conmigo al vagón, pero no fue así. Ellos lo hacían para que mi esfuerzo no fuera en vano. Entré al vagón, y mi felicidad fue mucha .Los miré por la ventana y vi el guiño de sus ojos. Les levante el pulgar de la mano derecha en señal de agradecimiento, cruzamos sonrisas. Fui para el furgón y me senté en el suelo, en una esquina, a respirar, a recuperarme del gran esfuerzo, todo eso musicalizado con la cumbia santafesina que salía de mi auricular. No era ninguna casualidad.

                                                                            Iña