"El oro es el hijo de Zeus; ni las polillas ni el moho lo devoraron."
PÍNDARO
Tutankhamón reinó en Egipto nueve años hasta que falleció en el año 1352 antes de Cristo. No es por motivos históricos, sino arqueológicos, o en todo caso turísticos, el más conocido de los faraones. Debe su popularidad a que su tumba fuera descubierta en muy buen estado de conservación. Cuando en 1922 Howard Carter la desenterró en el Valle de los Reyes, encontró que el cuerpo estaba dentro de un féretro de oro macizo de dos milímetros de espesor, que en total pesaba ciento diez kilos. Transcurridos 3300 años, el oro con que se lo cubrió luce ahora en el Museo de El Cairo exactamente igual a la pieza nueva y más preciada que se pueda encontrar en una joyería de París, Roma o Nueva York.
El oro es el más noble de los metales: indestructible pero a la vez casi tan maleable como la masilla. Ni el aire ni el agua lo deterioran, y se mantiene inalterable incluso al ácido. Basta una tecnología muy primitiva para transformarlo en una lámina de una millonésima parte de un milímetro; tan fina que se torna invisible. Se lo puede estirar hasta convertir un lingote de un kilo del precioso metal en un cable de doscientos cincuenta kilómetros de largo. Dos mil años antes de Cristo los antiguos egipcios ya conocían esas propiedades, y llegaron a darle forma de alambre con el cual unían piezas molares. Los dentistas en la actualidad lo siguen usando con la misma finalidad. También resulta un material insustituible para las industrias de punta. El Apolo 11 y el primer vehículo lunar fueron recubiertos con laminillas de oro, así como son de oro los cordones umbilicales que unen a los astronautas con las naves espaciales.
Además de útil, es bello. Desde siempre fue empleado para adorno, como elemento de ostentación y símbolo de poder. Así como encontramos oro en los antiguos templos, hoy el Capitolio de Denver, en Colorado, y la sede del Parlamento de Otawa están decorados con el mismo metal.
Semejante prepotencia de atributos, y la temprana evidencia de que no abundaba en la naturaleza, hizo que mucha gente intentara encontrar la fórmula mágica que convirtiera otros elementos en oro. Aunque su práctica es mucho más antigua, la alquimia tuvo su apogeo en la Edad Media. Y uno de los desilusionados fue Bernard de Trèves, que en el año 1450 creyó alcanzar la piedra filosofal con una receta que consistía en mezclar dos mil yemas de huevos con un volumen equivalente de aceite de oliva, que luego se cocía en goulash a fuego lento durante dos semanas.
Sin embargo, el oro debe su fama y su prestigio sobre todo a su escasez; una escasez que impresiona. La cantidad del metal extraída a lo largo de la historia, desde antes de los faraones hasta nuestros días, es de apenas unas 120 mil toneladas. Todo ese oro podría introducirse en un cubo de 19 metros de lado, o guardarse dentro de un edificio de quince pisos con 8,66 metros de frente y 20 metros de profundidad. Un solo barco, del tamaño de los superpetroleros, alcanzaría para transportar de un lugar a otro la totalidad del oro que la humanidad logró sacar de la tierra desde sus comienzos. En tal caso, lo difícil sería encontrar una compañía dispuesta a asegurar un embarque de tal tipo, que al precio actual equivaldría a 1.400.000 millones de dólares, el Producto Bruto argentino de cinco años completos.
Por su escasez el oro se erigió en el patrón monetario por excelencia. Fue Creso, rey de Lidia, quien en el siglo VI antes de Cristo acuñó por primera vez una moneda de oro. Con el tiempo, el precioso metal alcanzó la fuerza de un lenguaje universal. Así lo entendió el Pentágono, que equipa a sus paracaidistas y agentes secretos con un “kit de fuga y evasión": joyas y monedas de oro para ser canjeados ante una eventualidad.
Charles De Gaulle justificó su primacía del siguiente modo: "No puede existir otro criterio ni otro patrón que el oro. Sí; el oro que nunca cambia, al que se le puede dar forma de lingotes, o de barras, o de monedas; que no tiene nacionalidad y que es eterna y universalmente aceptado como inalterable valor fiduciario por excelencia”.
Todo indica que seguirá habiendo muy poco oro. En primer lugar, porque se conoce que la existencia del metal bajo tierra es muy limitada, aun careciendo de estimaciones precisas. Y en segundo orden, porque la extracción de las minas es extremadamente difícil y costosa. El oro se encuentra a profundidades considerables, y para extraer apenas unos gramos se requiere movilizar y luego procesar miles de kilos de roca. Por ejemplo, el grado de pureza de las minas de Sudáfrica -el primer productor mundial― es de apenas cinco gramos por tonelada de roca, lo cual equivale a decir que es necesario excavar doscientos mil kilos de piedra para obtener un kilo de oro.
En el siglo I antes de Cristo, el historiador Diodoro describió el sufrimiento increíble que padecían quienes extraían el oro en los yacimientos en las antiguas civilizaciones de Egipto y Roma: "No hay piedad alguna, ni descanso, para el enfermo o el mutilado, para el anciano o la mujer débil. Todos son forzados a trabajar en sus tareas hasta la muerte, agotados por el dolor en medio de sus fatigas”.
Es poco lo que cambió en dos mil años de civilización. La explotación y la muerte siguen siendo cotidianas desde Sudáfrica hasta el Brasil. Las condiciones laborales de los mineros recién comenzaron a mejorar algo en la década del 70, cuando las empresas dejaron de procurar la reducción de costos sólo a partir del factor trabajo, e iniciaron un período de incorporación de tecnología. Recién entonces se hizo a un lado el criterio por el cual resultaba más conveniente contratar gente dispuesta a trabajar por un salario lo suficientemente bajo como para no reemplazarla por máquinas.
Sin embargo, la productividad no ha aumentado significativamente, y la actividad de extracción continúa siendo tan ardua como poco rendidora. Un ejemplo ilustrativo es lo que sucedió en el Brasil a comienzos de los años 80: el ejército de aproximadamente veinte mil garimpeiros que se lanzó a la inhumana aventura de excavar la montaña de Serra Pelada en el Amazonas pudo extraer en los primeros doce meses de trabajo nada más que diez toneladas de oro.
Paradójicamente, lo que tanto cuesta desenterrar es, en buena medida, vuelto a guardar bajo tierra. El mayor atesoramiento del mundo está celosamente vigilado en el quinto subsuelo de la Reserva Federal de Nueva York. Quien lo ignore y transite por la vereda de la calle Liberty en Wall Street jamás puede imaginarse que en las profundidades de ese edificio están almacenadas algo más de diez mil toneladas de oro, es decir cerca del 8,5 por ciento de todo el metal extraído en la historia de la humanidad.
Pero tan pronto se ingresa en la sede de ese Banco Central, las medidas de seguridad impuestas son acordes a la existencia del oro, por un valor que supera los 100.000 millones de dólares. Un sofisticado ascensor desciende hasta el subsuelo E donde, tras una reja, un custodio armado y algunos empleados trabajan con la naturalidad que sólo puede adoptar alguien acostumbrado a lo que lo rodea. El espectáculo está del otro lado de la puerta de acero giratoria. Miles de lingotes se apilan en un centenar de compartimentos enrejados e identificados con el nombre de países, que guardan ahí gran parte de sus tenencias oficiales de oro. Al salir de ese recinto, la mujer que guía a las visitas explica en detalle cómo funciona el principal elemento de seguridad. Lo hace siempre con las mismas palabras y con la convicción de que provocarán asombro: “Esa puerta giratoria que acaban de atravesar pesa casi cien toneladas, y tiene una forma cónica que permite que pueda ser hundida unos centímetros mediante un mecanismo electrónico, para que actúe como un tapón imposible de mover. Así empotrada, el recinto donde se almacena el oro queda cerrado herméticamente, de manera que si alguien permanece adentro, muere asfixiado en pocos minutos".
En su libro Primitive money, el economista Paul Einzing ridiculizó el camino circular que recorre el oro, que con tremendo sacrificio y mucho gasto es extraído de las minas subterráneas para ser depositado nuevamente bajo tierra en los subsuelos de Manhattan, escondido en el Tesoro que los Estados Unidos disponen en Fort Knox, Kentucky, o guardado en miles de cajas de seguridad que alquilan en los bancos ahorristas de todo el mundo. Asimismo, Einzing escribió que "la producción de conchas en el Pacífico con la finalidad de amontonarlas, no es ni más ni menos trivial que el trabajo de extraer oro de las minas para poder enterrarlo de nuevo". Varias sociedades primitivas que habitaron en islas del Pacífico adoptaban como patrón monetario elementos tales como conchas, colmillos de jabalí o dientes de ballena.
En el capitalismo moderno, el rol de fetiche ha sido acaparado por el oro, y los países, sin excepción, acumulan reservas de dicho metal para sustentar la confiabilidad en sus respectivas monedas, cuando no lo adoptan directamente como patrón monetario. De las aproximadamente 120.000 toneladas producidas a lo largo de la historia, entre 30.000 y 35.000 son propiedad de los distintos Estados, que por supuesto están distribuidas tan desigualmente como la riqueza en general: tres cuartas partes le pertenecen al puñado de naciones de alto desarrollo. La Argentina posee actualmente algo menos de cien toneladas, que equivalen a alrededor de 1.000 millones de dólares.
Si bien el volumen de la producción minera mundial es ahora el doble que hace quince años, en 1995 fue de tan sólo 2270 toneladas, y se mantiene en esos niveles desde el inicio de la década. Los primeros seis países productores son, en el siguiente orden, Sudáfrica, Estados Unidos, Australia, Canadá, Rusia y China, que en conjunto aportan dos tercios del producido que se agrega anualmente a la oferta mundial.
La Argentina ha sido hasta ahora un productor insignificante. En 1995 extrajo una tonelada, que provino casi en su totalidad de las minas que explota en Catamarca la empresa Yacimientos Mineros Aguas de Dionisio (YMAD). Se espera que en la segunda mitad de 1997 se concrete el despegue de la minería aurífera con el comienzo de la producción de oro y cobre de Bajo la Alumbrera. Un megaproyecto ubicado en Catamarca que está en manos de capitales australianos y canadienses, con una inversión inicial de 900 millones de dólares. Cuando la mina se halle en plena producción será una de las quince más importantes del mundo. Así y todo, la producción estimada de oro es de unas exiguas veinte toneladas por año.
Igualmente, años antes de disponer de una producción propia, la Argentina exportó manufacturas de dicho metal por cifras elevadísimas. Desde enero de 1993 hasta junio de 1995, se vendieron al exterior más de 1.000 millones de dólares de medallas, contactos, joyas y otros artículos fabricados con oro. Durante esos treinta meses, los únicos rubros que aportaron más que el oro a la balanza comercial del país fueron cereales, petróleo, carne, petroquímica, siderurgia y cueros. El boom tuvo tal dimensión, que las tres firmas que más intervención tuvieron en su comercialización —Talami, Rodhio y Casa Piana― aparecen entre las primeras cien del ranking de exportadores de 1995; las seis que más oro exportaron se ubicaron entre las primeras doscientas de esa lista, y once, entre las primeras cuatrocientas. Se trataba de un fenómeno sorprendente: mientras Talami precedía en el ranking de exportadores argentinos a una compañía láctea del tamaño de Sancor y nada menos que a IBM, Rodhio y Casa Piana figuraban por encima de monstruos tales como Atanor, Shell y La Serenísima.
Resulta todavía más llamativo que ninguna de las aproximadamente cuarenta y cinco empresas que participaron del negocio tuviera trayectoria exportadora o produjera cantidades de oro significativas para el mercado interno. En el caso de Talami, ni siquiera era una empresa del ramo, sino que se dedicaba a la actividad textil. Otras que sí tenían antecedentes, eran pequeños talleres, como Casa Piana y Rodhio, e incluso varias se formaron nada más que para aprovechar la ocasión.
La abrupta escalada de embarques de manufacturas de oro en Ezeiza fue excepcional por su volumen pero también por el tipo de artículos. Se llegó al extremo de exportar las cajas de oro que cubren la maquinaria de los relojes pulsera, y el destino fue Suiza. Nada menos.
No se trataba, por supuesto, de proezas logradas a fuerza de espíritus emprendedores ávidos de conquistar mercados en otros países. Todo fue una gran maniobra urdida alrededor de las operaciones de venta al exterior de manufacturas de oro, que en teoría se elaboraban con materia prima que proveían básicamente tres bancos -Galicia, Baires y Velox-, que vendieron a aquellas cuarenta y cinco empresas los lingotes importados en carácter de “oro monetario", es decir en las mismas condiciones que los bancos ingresan al país los dólares, los marcos o cualquier otra divisa. En los treinta meses que transcurrieron a partir de enero de 1993, se trajeron casi sesenta toneladas de barras de oro, cantidad treinta veces superior a la demanda de oro por año en la Argentina para fines de joyería, industriales o decorativos.
El eje de toda esta aventura de negocios no fueron las exportaciones de bienes industriales, ni tampoco el fin era el lucro de esas operaciones. La venta al exterior de más de 1.000 millones de dólares de manufacturas de oro fue nada más que el pretexto para lograr otros propósitos. En primer lugar, para poder aprovechar dos beneficios impositivos servidos en bandeja: en la punta compradora, una materia prima que no pagaba arancel de importación. porque ingresaba como “oro monetario", y que, además, estaba exenta de pagar IVA al momento de ser comprada; en el otro extremo, el Estado premiaba con un considerable reintegro aduanero a quienes intervenían en su comercialización.
Sin los ingredientes de complicidad y negligencia de altísimos funcionarios del gobierno menemista, resultaría imposible explicar que esta maniobra fuera realidad, y menos aún que perdurara por dos años y medio.
Pero no era suficiente. Hubo también estafas, contrabando, evasión y lavado de dinero.

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