Cuando comenzamos a hacer estudios más y más exactos sobre la prensa, mucho depende de la hipótesis que tenemos. Si suponemos con Sinclair, y la mayoría de sus opositores, que las noticias y la verdad son dos palabras que dicen una misma cosa, creo que no llegaremos a ningún lado. Probaremos que, sobre tal punto, el periódico mintió, que, sobre tal otro, quien mintió fue Sinclair en su relato. Demostraremos que Sinclair mintió al decir que alguien mentía y que alguien mintió al decir que mentía Sinclair. Daremos salida a nuestros sentimientos, pero éstos se perderán en el aire.
La hipótesis que me parece más fecunda es que las noticias y la verdad no son una misma cosa, y deben ser claramente distinguidas. La función de las noticias es señalar un hecho, la de la verdad es iluminar hechos ocultos, ordenarlos en relación los unos con los otros, y hacer una imagen de la realidad según la cual puedan actuar los hombres. Sólo en esos puntos, donde las condiciones sociales adoptan formas reconocibles y mensurables, coincide la verdad con las noticias. Pero eso representa una parte comparativamente pequeña del campo entero de interés humano. En este sector, y sólo en este sector, las pruebas a que se someten las noticias son lo suficientemente exactas como para hacer que los cargos de perversión o supresión sean algo más que juicios partidarios. No hay defensa, atenuante o excusa para el hecho de afirmar seis veces que Lenin ha muerto, cuando toda la información que posee el periódico al respecto es un comunicado de su muerte que proviene de una fuente que se ha mostrado, en repetidas ocasiones, poco digna de confianza. La noticia, en ese caso, no es "Lenin ha muerto", sino "Helsinfors dice que Lenin ha muerto". Y se le puede pedir a un periódico que asuma la responsabilidad de no dar por más segura la muerte de Lenin que la seriedad de la fuente de noticias. Si existe un tema sobre el cual los editores deben mostrarse más responsables, es el juzgar la seriedad de la fuente. Pero cuando se tienen que manejar, por ejemplo, informes sobre lo que desea el pueblo ruso, no existe dicha posibilidad de prueba.
Creo que la ausencia de esas pruebas exactas explica el carácter de la profesión como no lo hace ninguna otra explicación. Hay una cantidad muy reducida de conocimientos exactos que, para ser manejados, no requieren ninguna habilidad ni entrenamiento extraordinarios. El resto se deja a la discreción del propio periodista. Una vez que sale de la región donde el hecho que John Smith ha quebrado está definitivamente registrado en la oficina del Registro Civil, todas las reglas fijas desaparecen. La historia de por qué fracasó John Smith, de sus debilidades humanas, el análisis de las condiciones económicas que determinaron su caída, todo esto puede ser contado de cien maneras diferentes. No existe una disciplina en psicología aplicada, como en medicina, ingeniería y aun en abogacía, que tenga autoridad para dirigir la mente del periodista cuando pasa de las noticias al vago reino de la verdad. No existen cánones para dirigir su mente, como tampoco cánones que fuercen el juicio del lector o editor. Su versión de la verdad será tan sólo su versión. ¿Cómo demostrar la verdad tal como él la ve? No puede hacerlo, como tampoco puede demostrar Sinclair Lewis haber dicho toda la verdad sobre Main Street. Y cuanto más comprenda sus propias debilidades, más fácilmente admitirá que, donde no hay una prueba objetiva, su propia opinión, en cierta medida vital, es construida con sus propios estereotipos, de acuerdo con su propio código, y por la urgencia de su propio interés. El sabe que ve el mundo a través de lentes subjetivos. No puede negar que él es también, como notó Shelley, una cúpula de vidrios multicolores que tiñen el blanco resplandor de la eternidad.
Y, al conocer esto, su seguridad se atenúa. Podrá tener grandes dosis de coraje moral, y a veces las tiene, pero carece de esa convicción reconfortante dada por cierta técnica particular que liberó finalmente a las ciencias físicas del control teologal. El desarrollo gradual de un método incontestable dio al físico su libertad intelectual respecto de los poderes del mundo. Sus pruebas eran tan claras, su evidencia tan agudamente superior a la tradición, que finalmente se liberó de todo control. Pero el periodista no tiene un apoyo así, ni en su conciencia, ni en la realidad. El control ejercido sobre él por las opiniones de sus empleadores y de sus lectores, no es el control de la verdad por el prejuicio, sino de una opinión por otra opinión que no puede demostrarse que sen menos cierta. Entre la afirmación del juez Gary, de que los gremios destruírán las instituciones norteamericanas, y la afirmación del señor Gomper, de que son órganos de los derechos del hombre, la elección, en gran medida, debe ser guiada por el deseo de creer.
La tarea de reducir estas controversias a un punto en donde puedan ser transmitidas como noticias no es una tarea que pueda realizar el reportero. Es posible y necesario que los periodistas hagan tomar conciencia a la gente del carácter inseguro de la verdad sobre la cual se fundan sus opiniones y que, mediante críticas y agitación, impulsen a la sociología a formular los hechos sociales de manera más utilizable y a los hombres de Estado a fundar instituciones más visibles. En otras palabras, la prensa puede luchar por la extensión de la verdad relatable. Pero tal como hoy está organizada la verdad social, la prensa no está hecha para ofrecer, entre una y otra edición, la cantidad de conocimientos que pide la teoría democrática de la opinión pública. Esto no se debe al "cheque deleznable", como lo demuestra la calidad de la información en los periódicos radicales, sino al hecho de que la prensa trata con una sociedad en la cual se lleva tan mal el registro de las fuerzas gobernantes. La teoría de que la misma prensa puede registrar esas fuerzas es falsa. Normalmente, sólo puede registrar lo que ya ha sido registrado para ella por el trabajo de las instituciones. Todo lo demás es disputa y opinión, y fluctúa con las vicisitudes, el coraje y la conciencia que tiene de sí misma la mente humana.
Si bien la prensa no es tan universalmente perversa ni tan profundamente conspiradora como nos ha querido hacer creer Sinclair, es mucho más frágil de lo que hasta ahora ha admitido la teoría democrática. Es demasiado frágil para hacerse cargo de de todo el peso de la soberanía popular, para proveer espontáneamente la verdad que los demócratas pretendían innata, y cuando pretendemos que así lo haga, empleamos una norma errónea para establecer el juicio. No comprendemos la naturaleza limitada de las informaciones, la ilimitada complejidad de la sociedad, y estimamos en exceso nuestra propia resistencia, nuestro espíritu público y nuestra competencia general. Suponemos un apetito por las verdades insípidas que no demuestra un análisis de nuestros propios gustos.
Si se atribuye, entonces, a los periódicos el deber de transmitir toda la vida pública a la humanidad, de manera que cada adulto pueda llegar a tener una opinión sobre cada tema discutible, fracasarán y continuarán fracasando en todo futuro que podamos imaginar. No es posible suponer que un mundo, organizado según la división del trabajo y la distribución de la autoridad, pueda ser gobernado con las opiniones universales de la población entera. De manera inconsciente, la teoría presenta al lector individual como un ser teóricamente "omnicompetente", y carga a la prensa con la responsabilidad de lograr lo que no han sabido lograr el gobierno representativo, la organización industrial y la diplomacia. Se le pide a la prensa, que ejerce su influencia sobre la gente durante treinta minutos de las veinticuatro horas, que origine una fuerza mística, llamada Opinión Pública, para tomar la iniciativa en las instituciones públicas. A menudo, la prensa ha pretendido erróneamente que podía hacer eso mismo. Perjudicándose mucho moralmente, ha incitado a una democracia, aún ligada a sus premisas originales, a esperar que los periódicos suministren espontáneamente para cada órgano del gobierno y para cada problema social la maquinaria informativa que éstos normalmente no se suministran a sí mismos. Las instituciones, al no haber logrado equiparse con instrumentos de conocimiento, se han convertido en una masa de "problemas", y se supone que la población entera, al leer la totalidad de la prensa, tiene que resolverlos.
En otras palabras, se ha llegado a considerar la prensa como un órgano de democracia directa, encargada, día a día y en mayor escala, de las funciones atribuidas a menudo a la iniciativa, al referéndum y a la memoria. Se supone que la Corte de la Opinión Pública, abierta día y noche, ha de dictar leyes referentes a todas las cosas y para todos los tiempos. Esto no es posible, y cuando se considera la naturaleza de las informaciones, ni siquiera pensable. Como hemos visto, la precisión de las noticias es proporcional a la precisión con la cual se registra el hecho. A menos que a éste pueda dársele un nombre, una medida, una forma y un valor específico, no llega a tener carácter de noticia, o está sujeto a los accidentes y prejuicios de la observación.
Por lo tanto, en general, la calidad de las noticias sobre la sociedad moderna es un índice de su organización social. Cuanto mejores sean las instituciones, y más numerosos los intereses en juego que estén formalmente representados, las cuestiones de principio que se resuelvan, y los criterios objetivos que se introduzcan, tanto más perfectamente un asunto será presentado como información. En el mejor de los casos, la prensa es sirviente y guardián de las instituciones; en el peor, es un medio gracias al cual unos pocos explotan la desorganización social para fines propios. En la medida en que las instituciones no logran funcionar, el periodista sin escrúpulos puede pescar en rio revuelto y el periodista consciente ha de aventurarse con incertidumbres.
La prensa no sustituye a las instituciones. Es como el rayo de un proyector que se mueve de aquí para allí, haciendo emerger un episodio y luego otro de la oscuridad al campo de la visión. Pero los hombres no pueden hacer el trabajo del mundo sólo con esta luz, no pueden gobernar a la sociedad por episodios, incidentes y erupciones. Es tan sólo cuando trabajan con una luz firme y propia que la prensa, al tornarse hacia ellos, revela una situación lo suficientemente inteligible para una decisión popular. El problema está más allá de la prensa, como también el remedio. Este último se encuentra en la organización social basada en un sistema de análisis y registro, y en todos los corolarios de ese principio; en el abandono de la teoría del ciudadano "omnicompetente", en la descentralización de la decisión, en la coordinación de la misma mediante registros y análisis comparables. Si en los centros de dirección hay una compulsión permanente, que hace que el trabajo sea más inteligible para quienes lo hacen y quienes lo supervisan, las cuestiones de principio cuando surgen no serán simples choques a ciegas. Asimismo, en ese caso, las noticias son suministradas a la prensa por un sistema de información que actúa también como freno de la misma.
Es ésta una manera radical de actuar. Los problemas de la prensa, como los problemas del gobierno representativo, ya sea territorial o funcional, como los problemas de la industria, ya sea capitalista, cooperativa o comunista, remontan a un origen común: el fracaso de los pueblos autogobernantes, que no lograron superar sus experiencias casuales y sus prejuicios, con la invención, creación y organización de una maquinaria del conocimiento. Por estar obligados a obrar sin una imagen del mundo digna de confianza, los gobiernos, escuelas, periódicos e iglesias progresan muy poco contra las deficiencias más evidentes de la democracia, contra los prejuicios violentos, la apatía, la preferencia por lo curioso y trivial más que por lo importante y aburrido, y la avidez por las exhibiciones sensacionalistas. Este es el primer defecto del gobierno popular, un defecto inherente a sus tradiciones, y del cual creo que surgen todos los demás defectos de este gobierno.
Walter Lippmann - 1949




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