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La política, sin embargo, no le ocupó tanto que le impidiera dedicar su pensamiento a cosas de mayor importancia.
Comentario de SAMUEL JOHNSON sobre GEORGE LYTTELTON.
Observamos actualmente que la "cultura" atrae la atención de los políticos; no que los políticos sean siempre "hombres cultos", sino que la "cultura" está considerada tanto como un instrumento de política, y como algo socialmente conveniente cuya promoción concierne al Estado. No sólo oímos, en las altas esferas políticas, que las "relaciones culturales" entre las naciones son de gran importancia, también vemos que se fundan organismos y se nombran funcionarios especialmente para atender a dichas relaciones, que se supone fomentan la concordia internacional. El hecho de que la cultura haya llegado a ser, en cierto sentido, un departamento de la política, no debe hacernos olvidar el hecho de que en otros períodos la política ha sido una actividad realizada dentro de una cultura, y entre representantes de diferentes culturas. Por tanto, no es impertinente el intentar señalar el lugar de la política dentro de una cultura unida y dividida de acuerdo con la clase de unidad y división que hemos estado considerando. Podemos suponer, creo, que en una sociedad así constituida el ejercicio de la política y un interés activo en los asuntos públicos no serían actividades comunes a todos los individuos, o a todos en la misma proporción; y que no todos deberían interesarse, excepto en los momentos de crisis, en la dirección de la nación como conjunto. En una sociedad saludablemente regional, los asuntos públicos interesarían a todos, o a la gran mayoría, sólo dentro de unidades sociales muy pequeñas; y sería la ocupación de un progresivamente menor número de hombres en las unidades mayores dentro de las cuales la menor estaría comprendida. En una sociedad saludablemente estratificada, los asuntos públicos serían una responsabilidad desigualmente repartida; una mayor responsabilidad sería heredada por aquellos que heredaran yentajas especiales, y en quienes el interés propio, y el interés por mor de sus familias, debería combinarse con el espíritu público. La élite gobernante, de la nación como conjunto, consistiría en aquellos cuya responsabilidad fuera heredada con su bienestar material y su posición, y cuyas fuerzas fueran constantemente aumentadas, y frecuentemente dirigidas, por el surgimiento de individuos de talento excepcional. Pero cuando hablamos de una élite gobernante, debemos ponernos en guardia para no pensar en una élite bruscamente separada de las otras élites de la sociedad.
La relación de la élite política - con lo que queremos significar los miembros dirigentes de todos los grupos políticos efectivos y reconocidos; pues la supervivencia de un sistema parlamentario requiere un constante comer con la oposición 1 con las otras élites sería expuesta en forma grosera si se la describiera como la comunicación entre hombres de acción y hombres de pensamiento. Una división señalada entre el pensamiento y la acción no es más apropiada para la vida política que para la religiosa, donde el contemplativo debe tener su propia actividad, y el sacerdote secular no debe ser completamente ajeno a la meditación. No hay plano de la vida activa en que pueda omitirse el pensamiento, excepto en el de la meramente automática ejecución de órdenes; y no hay especie alguna de pensamiento que carezca completamente de efectos sobre la acción.
He mencionado en otra parte que una sociedad está en peligro de desintegrarse cuando hay falta de contacto entre personas de diferentes esferas de actividad, entre las mentes políticas, científicas, artísticas, filosóficas y religiosas. Esta separación no puede ser reparada simplemente por la organización pública. No es cuestión de reunir en comisiones a los representantes de diferentes tipos de conocimiento y experiencia, de llamar a todos para aconsejar a los demás. La élite debe ser algo diferente, algo compuesto en forma mucho más orgánica que un jurado de bonzos, caciques y tycoons. Los hombres que se reúnen únicamente para determinados fines serios, y en ocasiones oficiales, no llegan a conocerse enteramente. Pueden estar sinceramente preocupados por algún problema común; pueden llegar, en el curso de contactos repetidos, a compartir un vocabulario y un idioma que parecen comunicar todas las inflexiones de significado necesarias para su fin común, pero continuarán retirándose de estos encuentros cada uno hacia su particular mundo social y, asimismo, a su mundo solitario. Todos han observado que las posibilidades del silencio satisfecho de una mutua y feliz consciencia cuando se está ocupado en una tarea común, o la profunda seriedad y significación al disfrutar de un chiste tonto, son características de toda estrecha intimidad personal; y la congenialidad de cualquier círculo de amigos depende de una convención social común, un ritual común, y los placeres comunes de la informalidad. Estos auxiliares para la intimidad no son menos importantes para la comunicación del significado en palabras, que la posesión de un tema común sobre el que están informadas las distintas personas. Es lamentable para un hombre que sus amigos y las personas con quienes está relacionado comercialmente pertenezcan a dos grupos inconexos; es también limitador cuando forman un mismo grupo.
Tales observaciones acerca de la intimidad personal no pretenden ser originales; la única novedad posible está en llamar la atención sobre ellas en este contexto. Señalan la conveniencia de una sociedad donde las personas de cada actividad superior puedan encontrarse sin hablar meramente de asuntos de su especialidad, o preocuparse cada uno de hablar de la especialidad propia. Para poder estimar correctamente a un hombre de acción debemos conocerlo; o, por lo menos, tenemos que haber conocido un número suficiente de hombres de ocupación similar para poder opinar acertadamente sobre una persona que no conocemos. Y el conocer a un hombre de pensamientos y formar una impresión de su personalidad puede ser muy útil para juzgar sus ideas. Esto no es enteramente inadecuado ni siquiera en la esfera del arte, aunque con reservas importantes, y aun cuando las impresiones de la personalidad de un artista frecuentemente afectan la opinión sobre su trabajo en forma bastante impropia; pues todo artista debe haber observado, que aunque un reducido número de personas no gusta de su trabajo en forma más intensa después de conocerlo, también hay muchos que tienen una actitud más amistosa hacia su trabajo si les resulta persona simpática. Esta ventaja persiste no importa cuánto pueda ofender la razón, y a pesar de que en las sociedades modernas de grandes poblaciones es imposible que todos se conozcan entre sí.
En nuestra época, leemos demasiados libros nuevos o nos oprime la idea de los libros nuevos que dejamos de leer; leemos muchos libros, porque no podemos conocer a suficientes personas; no podemos conocer a todos aquellos que nos convendría conocer, porque son demasiados. Por consiguiente, si tenemos la facilidad de poder formar palabras ý la fortuna de verlas impresas, nos comunicamos escribiendo más libros. Con frecuencia es a aquellos escritores que tenemos que conocer, cuyos libros podemos ignorar, y cuanto mejor los conozcamos personalmente, menos necesidad tendremos de leer lo que escriben. No sólo estamos coartados por el exceso de libros nuevos; nos molesta además el exceso de periódicos, informes y panfletos de circulación privada. En el intento de mantenernos enterados de las más inteligentes de estas publicaciones podemos sacrificar las tres razones permanentes para la lectura: la adquisición del saber, el placer del arte y el goce de la diversión. Mientras tanto, el político profesional está demasiado ocupado para disponer de tiempo para la lectura seria, aun la que se refiere a política. Su tiempo es demasiado reducido para el intercambio de ideas e informaciones con hombres que se distinguen en otras esferas de la vida. En una sociedad más pequeña (una sociedad, por tanto, que está menos febrilmente ocupada) podría haber más conversación y menos libros, y hallaríamos la tendencia de la que es un ejemplo este ensayo propia de aquellos que han adquirido alguna reputación, a escribir libros que están fuera de la materia en la que han ganado dicha reputación.
Es improbable, entre toda la masa de material impreso, que las obras más profundas y originales lleguen al conocimiento o provoquen la atención de un público grande, o, siquiera, de un número considerable entre los lectores que están en condiciones de apreciarlas. Las ideas que adulan una tendencia o actitud emocional corrientes son las que llegarán más lejos; y otras serán falseadas para adaptarse a lo que ya está aceptado. El residuo que queda en la mente del público difícilmente será una destilación de lo mejor y lo más sabio; es mucho más probable que represente os prejuicios comunes de la mayoría de los editores y comentadores. De esta manera se forman las idées reçues -más exactamente los mots reçus que, debido a su influencia emocional sobre aquella parte del público que es influído por el material impreso, deben ser tomadas en cuenta por el político profesional, y tratadas con respeto en sus discursos públicos. Es innecesario, para la recepción simultánea de estas "ideas", que sean consistentes entre sí; y, no importa cuánto se contradigan unas a otras, el político práctico debe manejarlas con tanta deferencia como si fueran las obras de una sagacidad informada, las intuiciones del genio, o la sabiduría acumulada por el tiempo. Por regla general, no ha inhalado la fragancia que pueden haber tenido cuando estaban frescas; sólo las huele cuando ya hieden.
En una sociedad graduada en tal forma que tenga varios niveles de cultura, y varios niveles de poderes y autoridad, el político podría estar restringido, por lo menos, en su uso del lenguaje, por su respeto hacia el criterio, y su temor al ridículo, de un público más reducido y más crítico, entre el cual se mantuviera alguna norma de estilo en la prosa. Si también fuera una sociedad descentralizada, una sociedad en que las culturas locales continuaran floreciendo, y donde la mayoría de los problemas fueron problemas locales que permitieran que las poblaciones locales se formaran una opinión mediante su propia experiencia y la conversación con sus vecinos, las expresiones políticas también tenderían, quizá, a manifestar una mayor claridad y serían susceptibles de menos variaciones de interpretación. Un discurso local sobre un asunto local tiene más probabilidades de ser inteligible que un discurso dirigido a toda una nación; y observamos que la mayor mezcolanza de ambigüedades y obscuras generalizaciones se encuentra, generalmente, en los discursos dirigidos al mundo entero.
Es siempre conveniente que parte de la educación de aquellas personas que, ya nazcan dentro de los grados políticos de la sociedad, o estén calificadas por su capacidad para entrar en ellos, sea la instrucción en la historia, y que una parte del estudio de la historia sea la historia de la teoría política griega. La ventaja del estudio de la historia griega y de la teoría política griega, como preliminar al estudio de otra historia y otra teoría, es su manejabilidad; se ocupan en una zona pequeña, con hombres más que con masas, y con las pasiones humanas de los individuos más que con aquellas vastas fuerzas impersonales que en nuestra sociedad moderna son una conveniencia necesaria del pensamiento, y cuyo estudio tiende a obscurecer los estudios de los seres humanos. Más aún, el lector de la filosofía griega tiene pocas probabilidades de ser demasiado optimista acerca de los efectos de la teoría política; pues observará que el estudio de las formas políticas parece haberse originado del fracaso de los sistemas políticos; y que ni Platón ni Aristóteles se interesaban mucho por los pronósticos, ni eran muy optimistas con respecto al porvenir.
La clase de teoría política que se ha originado en épocas bastante recientes se interesa menos por la naturaleza humana, a la que se inclina a tratar como algo que siempre puede ser plasmado nuevamente para adaptarse a la forma política que se considere más conveniente. Sus verdaderos datos son fuerzas impersonales que pueden haberse originado en el conflicto y combinación de las voluntades humanas pero que han llegado a reemplazarlas. Como parte de la disciplina escolar para los jóvenes, sufre de varios defectos. Tiende, por supuesto, a formar mentes que estarán reguladas para pensar sólo en términos de fuerza impersonales e inhumanos, y, con ello, a deshumanizar a los estudiantes. Por ocuparse en la humanidad solamente como masa, tiende a separarse de la ética; por ocuparse solamente en aquel período reciente de historia durante el cual puede mostrarse más fácilmente que la humanidad ha sido dominada por fuerzas impersonales, reduce el apropiado estudio de la humanidad a los últimos doscientos o trescientos años. Con demasiada frecuencia inculca una creencia en un porvenir inflexiblemente determinado y al mismo tiempo en un porvenir que estamos enteramente libres de plasmar como se nos antoje. El pensamiento político moderno, inextricablemente ligado con la economía y la sociología, se otorga a sí mismo la posición de reina de las ciencias. Porque las ciencias exactas y experimentales se estiman de acuerdo con su utilidad, y se valoran mientras produzcan resultados; ya sea para hacer la vida más cómoda y menos laboriosa, ya sea para tornarla más precaria y terminar con ella más rápidamente. La cultura misma se considera ya como un producto secundario insignificante, que puede ser dejado solo, o como un sector de la vida que debe organizarse de acuerdo con el plan determinado que goza de nuestro favor. No estoy pensando solamente en las filosofías más dogmáticas y totalitarias de la actualidad, sino en las concepciones que informan el pensamiento de cada país y que tienden a ser compartidas por los partidos más opuestos.
Un documento importante en la historia de la dirección política de la cultura será un ensayo de León Trotsky, Literature and Revolution, del que apareció una traducción inglesa en 1925 ¹. La convicción, que parece estar profundamente arraigada en la mente moscovita, de que el papel de la Madre Rusia sea el de contribuir no solamente. con ideas en formas políticas, sino con una manera total de vida para el resto del mundo, ha hecho mucho para que seamos más conscientes de la cultura en el sentido político. Pero ha habido otras causas fuera de la Revolución Rusa para esta consciencia. Las investigaciones y teorías de los antropólogos han desempeñado su papel, y nos han conducido a estudiar las relaciones de las potencias imperiales y los pueblos sometidos, con una atención nueva. Los gobiernos son más conscientes de la necesidad de tomar en cuenta las diferencias culturales; y en el grado en que la administración colonial es controlada desde el centro imperial, estas diferencias llegan a ser de importancia cada vez mayor. Un pueblo aislado no tiene consciencia de poseer "cultura" alguna. Las diferencias entre las diversas naciones europeas en lo pasado no eran lo suficientemente amplias como para que sus pueblos vieran sus culturas como diferentes hasta el punto del conflicto y la incompatibilidad; la consciencia cultural como medio de unir una nación contra otras naciones fué explotada primero por los últimos gobernantes de Alemania. Hoy, hemos llegado a ser culturalmente conscientes en una forma que alimenta al nazismo, comunismo y nacionalismo, todos juntos; en una forma que subraya la separación sin ayudarnos a vencerla.
1´´ Publicado por International Publishers, Nueva York. Es un libro que merece la reedición. No da la impresión de que Trotsky fuera muy sensible a la literatura; pero era, desde su propio punto de vista, muy inteligente en lo que a ello se refiere. Como en todos sus escritos, el libro está recargado con la discusión de personalidades rusas menores, a las que el extranjero ignora y en las que no tiene interés; pero este exceso de detalles, aun cuando contribuyan a dar un sabor regional, da a la obra mayor apariencia de autenticidad, como si hubiera sido escrita más para emitir sus propias opiniones que teniendo en cuenta un auditorio extranjero.
Aquella permanente lucidez que nos impide conformarnos de un modo demasiado rápido y ligero con situaciones aparentemente inevitables no concierne sólo a aquellas cosas inevitables que resultan insoportables y dolorosas, sino también a aquellas otras que aceptamos sin resistencia y que por el momento son satisfactorias.
Pues y esto es también una verdad trivial, confirmada por múltiples experiencias las situaciones satisfactorias se vuelven con frecuencia insoportables debido simplemente a su larga duración, ya que el sentimiento del sentido de la vida es tanto más intenso cuanto más contamos con el cambio de destino, cuanto más razones tenemos para esperar algo inesperado, cuanto menos previsible es, por tanto, el destino individual en su curso aún no cumplido.
No busquemos ahora las causas de esa ley. Tan sólo queremos registrarla como un fenómeno de psicología social. Tal ley no se halla en contradicción con la regla anterior de la limitación de lo reconocidamente inevitable, como pudiera parecer al tener en cuenta el hecho de que lo inesperado tampoco depende de nosotros. En efecto, la afirmación de lo inevitable sólo tiene sentido en relación con situaciones conocidas; y cuando se sobrevalora el destino futuro precisamente porque es desconocido y porque aún no tiene rostro, esto no significa en modo alguno que se acepten como necesarias todas las situaciones futuras. El deseo de cambios no significa una predisposición a entregarse abúlicamente al destino, sino el deseo de una materia nueva que uno mismo pueda configurar. La vida claramente previsible, la vida manifiesta en todas sus perspectivas futuras, se convierte también en algo triste, ya que nos preserva de todos los grandes golpes del destino. Por ello las épocas que no prometen cambios y que colocan a los individuos en una situación de calma son las que suscitan casi siempre actitudes escapistas y, con ellas, la tendencia a buscar esperanzas imaginarias y emociones ficticias cuya finalidad consista en llenar con algo la deficiente existencia real. El reflejo psíquico del estancamiento es el aburrimiento, el fantasma de Baudelaire, la fuerza poderosa de la desintegración vital, que lleva a preferir las modificaciones negativas a la permanente inmovilidad:
Nous voulons, tant ce feu nous brûle le cerveau, Plonger au fond du grouffe, Enfer ou Ciel -qu'importe? Au fond de l'Inconnu pour trouver du nouveau!
Todo esto no significa, naturalmente, que la búsqueda apasionada de lo desconocido, la pecaminosa libido novi (con cuya condenación comienza la famosa encíclica de León XIII Rerum novarum), representa una actitud universalmente extendida y que sean pocos los que consideren como un ideal atrayente y sugestivo precisamente la monotonía atascada en ritmos constantes, el mundo cerrado y petrificado de la vida diaria (la cual se repite una y otra vez de idéntica manera, embotada en sus reacciones y asustada ante toda nueva sorpresa), y piensen, en cambio, que la vida abierta constituye un abismo de las tentaciones demoníacas.
Tampoco preguntamos cuál de estas orientaciones vitales, objetivamente consideradas en sí mismas, es mejor. El sentimiento de plenitud de sentido de la vida se puede encontrar también en la perseverancia de sus situaciones. En lo que respecta a la jerarquía de los valores, acaso éste no sea peor que otros sentimientos, pero es más pobre y siempre menos intenso y creador en sus efectos que el sentimiento de plenitud de una vida vivida siempre tan sólo como provisional, expuesta a la crítica por parte de los nuevos valores y amenazada en todo momento por la negación.
Desde el punto de vista de la aspiración a una «vida con sentido», esta contraposición entre la actitud pequeño-burguesa y la actitud revolucionaria, entre el modo cerrado y el modo abierto de asimilar la vida exterior, entre la tendencia a la fijación y a la afirmación de la situación vigente y el espíritu de negación y de crítica, constituye la expresión de un antagonismo universal que actúa en cada época y en cada esfera de la vida social: es el antagonismo entre las fuerzas de la conservación y de la inercia, por un lado, y las fuerzas de la creación eruptiva, por otro; cada una de las cuales engendra sus propios ideales éticos y sus propias formas socialmente fijadas, en los cuales viven los hombres su existencia individual. Para el hombre particular, la previsión total o casi total del futuro constituye una especie de muerte y, en verdad, una de las muertes más reales. Y el que contempla su ideal de vida en esa previsión (y ése es precisamente el aspecto que ofrece la imagen cristiana popular del Paraíso celestial), padece la muerte más dolorosa y suicida, pues se ha privado a sí mismo del futuro. Lo inevitable, que no debemos aceptar ni por hábito social ni por la fuerza de los hechos, aparece, de todos modos, en múltiples formas, muchas de las cuales son consecuencia de los azares que le sobrevienen al hombre en su vida individual. Cuando su peso se torna demasiado oprimente y cuando la posibilidad de influir sobre el propio destino resulta demasiado limitada, surge la tendencia natural a buscar el sentido de la vida en cualquier cosa, si es que la vida ha de ser en absoluto proseguida. De esta manera, un hombre a quien una enfermedad incurable atenaza al lecho pasa sus últimos años entretenido con cálculos acerca de cómo construir un reloj de sol de bolsillo exacto; una historia, ciertamente, no poco triste, pero tampoco demasiado pesimista. Una pasión, aunque socialmente inútil, se vuelve valiosa por el mero hecho de que otorga un sentido a la vida de un individuo impedido por una enfermedad física incurable, la cual no ofrece ya, aparentemente, ninguna perspectiva. Pero también conocemos casos en que grandes pasiones han llevado a cabo una lucha socialmente creadora contra golpes del destino que aparentemente imposibilitan toda actividad al hombre: Beethoven, Nicolás Ostrovski. Esto nos hace pensar que existen medios para «<llenar de sentido» incluso una vida tan torturada por las contrariedades del destino, aunque, por desgracia, eso no se puede alcanzar con ayuda de sermones morales ni en ausencia de alguna inspiración espontánea y viva que se oculte en tal hombre.
Lo que le arrebata al ser humano llevar una vida llena de sentido son aquellas circunstancias de la existencia social que, con toda evidencia, nos. hacen tener una insoportable conciencia de nuestra propia impotencia frente al destino, el cual se nos aparece como una fuerza irracional y ciega: las épocas sin esperanza, los tiempos de una tiranía prolongada o de un gran terror. También estas épocas crean con frecuencia valores estables: la desesperanza de la vida en la Rusia zarista suscitó los talentos volcánicos de SaltikovShchedrin, de Gogol y de Dostoievski. Sin embargo, consideradas las cosas a un nivel social amplio, el sentimiento de impotencia frente a las circunstancias de la vida social crea naturalmente en los hombres diversas formas de actitud fatalista, les impone una visión del mundo como un absurdo siniestro, engendra una vida que es percibida como carente de sentido o, al revés, hace que los hombres sucumban con facilidad a consignas engañosas y falsas. Si la pregunta de Fallada: «Pobre hombre, ¿y ahora qué?», se convierte en una fuerza social, entonces el hombre puede sucumbir fácilmente a ideologías fascistas que, entre otras cosas, han creado la técnica para calmar, con mitología y con crímenes, el hambre socialmente viva de esperanza. Cuando la realidad del imperialismo mostró el rostro irracional, estúpido y amenazador de un monstruo grotesco, esa misma realidad creó la visión del mundo como una broma macabra y sin sentido, la visión del mundo de Kafka y de Céline, y engendró una conciencia sin ilusiones ni esperanza, una vida absurda.
En una sociedad capitalista realmente competitiva, la publicidad tendría un papel muy limitado. Tal como lo destacaran Sweezy y Baran en su ensayo sobre el capital monopolista: "Bajo condiciones de competencia atomista cuando una industria comprende a una multitud de vendedores, ofreciendo cada uno sólo una pequeña fracción de una producción homogénea, hay poco lugar para la publicidad de la empresa individual. Ésta puede vender al precio del mercado cualquier cantidad que produzca; si aumenta su producción, una pequeña reducción del precio le permitirá vender el incremento, y hasta un pequeño aumento en el precio la sacaría de los negocios, incitando a los compradores a buscar a sus competidores que siguen ofreciendo un producto idéntico a un precio inalterado."
En cambio, en una sociedad monopólica, sea ésta una metrópoli o un país dependiente, la situación es radicalmente diferente: el número de vendedores de cada producto es pequeño y cada uno de ellos domina una gran porción del mercado. Estas empresas están en una posición económica privilegiada que les permite ejercer gran influencia sobre el público mediante el establecimiento y mantenimiento de una diferencia marcada entre sus productos y los de sus competidores. Esta diferencia se obtiene, en tal caso, a través de la publicidad.
Pero, los efectos de la publicidad no se limitan a diferenciar los productos que satisfacen necesidades o hábitos preexistentes. Según los economistas citados "la publicidad afecta a la demanda... alterando las propias necesidades de consumidor', Los mensajes publicitarios no son informativos, son manipulantes. Crean nuevos esquemas de necesidades cambiando el orden de sus motivos'. Aunque no podemos aceptar sin reservas las opiniones un tanto exageradas de ciertos técnicos en marketing que sostienen que la publicidad ejerce un efecto hipnótico sobre los sujetos, es evidente que ésta no apela a la racionalidad del consumidor sino al subconsciente procurando influenciarlo de tal manera que los individuos no pueden darse cuenta cabal de cómo han sido manipulados en sus hábitos de consumo.
Por otra parte, la publicidad es un componente del precio de los productos que, a la larga, termina pagando el consumidor. La diferenciación entre marcas permite a las empresas oligopólicas aumentar sus precios por encima de la competencia menos poderosa (aun de productos de calidad poco variable) sin temer por ello una baja sustancial en sus volúmenes de ventas. Debido a esto, Chamberlain calificaba a la publicidad como un medio de creación de una especie de monopolio subjetivo que, como cualquier otro monopolio, afecta a la elasticidad de la demanda en beneficio del empresario.
En síntesis: la publicidad conspira contra el bienestar de los consumidores incrementando los precios de sus productos básicos, o bien creando nuevas necesidades que deben incorporarse al presupuesto familiar y, a largo plazo, inhibiendo la competencia de precios y calidades para reemplazar ésta por una lucha de mensajes publicitarios.
Podemos afirmar que para muchos de los productos existentes en el mercado argentino los gastos publicitarios insumen porcentajes sustanciales de su precio. Los especialistas de las agencias de publicidad estiman que en algunos rubros tales como la cosmética femenina la publicidad insume no menos de un 40 % de su precio final al público.
En un país dependiente como la Argentina, las empresas que cuentan con los recursos necesarios para hacer grandes campañas de publicidad suelen ser habitualmente extranjeras o nacionales asociadas a grupos extranjeros, De tal manera el conjunto del aparato publicitario promueve el fortalecimiento de la dependencia económica desplazando del mercado a los fabricantes nacionales dependientes, a las llamadas "'marcas locales', en beneficio de los trusts extranjeros propietarios de "marcas nacionales" Al respecto es un fenómeno bien ilustrativo la caída secular de las ventas de algunas bebidas argentinas fabricadas con la base de derivados de la caña de azúcar y su reemplazo por el whisky, una bebida cuyo mercado está hoy totalmente monopolizado por sólo dos marcas lideres, ambas fabricadas por empresas extranjeras radicadas en el país (Hiram Walkers & Sons y Seagram's). Fenómenos similares han ocurrido en el mercado de las bebidas sin alcohol o de la ropa de trabaja y sport: un número grande de marcas locales elaboradas por una multitud de pequeñas plantas son reemplazadas en menos de dos décadas por un puñado de grandes empresas extranjeras propietarias de marcas con distribución nacional.
Debemos reconocer que estas empresas monopolistas encontraron su caldo de cultivo en una cualidad característica de nuestra cultura "nacional": orientada desde sus orígenes hacia Europa y los países metropolitanos, los productos importados y, más tarde los productos locales fabricados bajo licencia de empresas extranjeras, siempre han gozado en nuestro país de un gran prestigio. En este sentido la publicidad no sólo beneficia a las empresas extranjeras; a largo plazo, contribuye sensiblemente a modificar nuestros hábitos de vida imponiéndonos valores culturales y necesidades que, más allá del juicio moral o estético que nos merezcan. son incompatibles con la situación económica global del país sin relación a lo antes dicho conviene tener en cuenta que las grandes empresas fabricantes de productos masivos, y de cualquier otro tipo de bienes, suelen aplicar una tecnología más adelantada que la del resto de la industria nacional. Por ende, emplean una menor cantidad de mano de obra y también insumen menores volúmenes de materias primas. El resultado de este proceso es que la sustitución de los fabricantes locales por las corporaciones extranjeras tiende, a largo plazo, a generar desocupación y no incrementa el producto bruto interno. Sencillamente se reemplaza una multiplicidad de unidades fabriles menores por un número reducido de grandes plantas creándose así las condiciones para la aparición de uno de los fenómenos más curiosos de la economía neocolonial : la irrupción de una tecnología avanzada en diferentes ramas de la producción y la rápida "modernización" del consumo de las masas, acompañada del estancamiento del crecimiento económico y la creciente dependencia con respecto al mercado internacional
Otro aspecto importante del gasto publicitario es que éste no es "reproductivo". A diferencia de las inversiones en bienes de capital o en educación, los gastos en publicidad son, desde el punto de vista de la sociedad global (no así desde el punto de vista del empresario individual que necesita de la publicidad para mantener o incrementar sus ventas), un verdadero derroche institucionalizado.
Adoptando un enfoque comparativo relativamente "razonable' (dentro de la l6gica del sistema monopólico) que en los EE.UU. las inversiones publicitarias lleguen a ser del orden del 2,11 % de su producto bruto interno. Este país es una metrópoli que se beneficia de la situación subordinada en que permanece aún el Tercer Mundo y, por otra parte, su economía padece de un estancamiento crónico que le obliga a derrochar su excedente económico de manera sistemática so pena de sufrir severas crisis económicas en gastos militares, campañas publicitarias, exploraciones espaciales una burocracia estatal y privada cada vez más frondosa.
El caso de la Argentina es, por el contrario, claramente patológico. De acuerdo a una encuesta realizada por la revista "Advertising Age, durante el año 1971 nuestro país invirtió en publicidad una porción de su producto bruto interno (1,28 %) relativamente mayor que otros más adelantados tales como Francia, Inglaterra y Canadá y, por supuesto, que cualquier otro país latinoamericano. Tal como 1o demuestra el cuadro anterior, que por desgracia sólo llega hasta el año 1969. la Argentina derrochó en publicidad desde 1966 más del 1 % de su Pro ducto bruto interno, cifra que equivale a un poco menos de lo que el Estado federal invierte regularmente en salud pública.
La distribución de estos volúmenes de inversión publicitaria entre los diferentes medios demuestra que la porción de la "torta' capturada en la TV ha tenido siempre una importancia considerable a partir del "boom' del año 1960. Tal como puede observarse en el cuadro siguiente, en 1959 ésta era de sólo el 97 % de la inversión publicitaria total; en 1960 salta súbita. mente al 18,9 % y, a partir de esta fecha se mantiene hasta el año 1971 por encima del 15 %.
E1 medio relativamente más perjudicado por el crecimiento de las inversiones en la TV fue, indudablemente, la radio, cuyas ventas de "tiempos publicitarios descendieron uniformemente desde un 28,6 %o registrado en 1959 a sólo 9,1 % en 1971. Sin embargo el crecimiento de las inversiones en la TV está muy lejos de ser constante; este medio no fue el único en expansión durante los últimos 14 años. Durante este período las empresas incorporaron también a sus presupuestos de publicidad a la llamada propaganda directa, es decir, a la promoción de productos en los "puntos de venta". Esta técnica publicitaria recibió sólo el 6 % de la inversión publicitaria en el año 1959. pasando al 10,6 % en 1960 y al 12,2 % en 1961. Desde el año 1962 hasta 1971 ha permanecido siempre por encima del 15 %. También es evidente que los medios gráficos, cuya inversión descendió violentamente entre 1959 (41.5 %) y 1963 (22,2 %) se recuperaron más tarde.
El resultado de estas interacciones comerciales por debajo de las cuales yacen complejas relaciones de precios, cambios en el alcance de los diferentes medios y variaciones en las disponibilidades presupuestarias de las empresas anunciantes es una curva de inversión en TV que dista mucho de seguir un curso regular. Por el contrario, a simple vista se observan en el período analizado dos grandes ciclos : el primero, con su cúspide en el año 1963 (33,3 %) v el secundo con su máximo en el año 1962 26.5 %). Advirtamos de paso, que hasta, 1971 la industria de la TV no ha logrado superar su marca del año 1963, fecha en la que llegó a absorber un tercio de la inversión publicitaria del país.
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Además
del mundo o agregado de las cosas finitas, hay algún ser único que gobierna,
sólo como el alma en mí, o, más bien, como el yo mismo en mi cuerpo, sino con
una razón mucho más elevada. Este ser , único soberano del universo, no rige
sólo al mundo , sino que lo crea y lo forma, es superior a él , y , , por
decirlo , así extramundano ,y, por lo mismo, la última razón de las cosas.
Porque la razón suficiente de la existencia no se encuentra en ninguna cosa
particular, ni en todo el agregado o conjunto de ellas. Supongamos que hubiera
habido un libro eterno de los elementos de geometría, y que todos los demás
libros se hubiesen copiado sucesivamente de ese; es evidente que, si bien puede
darse razón del libro presente por otro que le haya servido de modelo, jamás se
podrá, por más que se retroceda de libro en libro tanto como se quiera, llegar
a preguntar por qué han existido en todo tiempo semejantes libros , es decir ,
el por qué de estos libros y por qué están escritos de esta manera. Lo que es
cierto de los libros , lo es también de los diversos estados del mundo, porque,
a pesar de ciertas leyes de transformación, es estado posterior no es en cierta
manera más que una copia del precedente, y cualquiera que sea el estado
anterior a que os remontéis, nunca hallareis la razón perfecta de él, es decir,
por qué existe cierto mundo y por qué este mundo más bien que tal otro. Podrías
suponer un mundo eterno; mas como sólo suponéis una sucesión de estados, en
cada uno de los cuales no encontrareis su razón suficiente, y no un número
cualquiera de mundos os serviría de nada para hallar esta razón, evidentemente
es preciso buscarla en otra parte. Porque en las cosas eternas es necesario
tener entendido, que , aun faltando una causa, hay una razón, que , respecto de
las cosas inmutables , es la necesidad misma o la esencia; y en cuanto a la
serie de las cosas contingentes , suponiendo que se suceden eternamente , será
, como veremos muy pronto, el predominio de las inclinaciones , que consisten,
no en razones necesitantes , es decir , de una necesidad absoluta y metafísica
, cuyo opuesto implique contradicción, sino en razones inclinadoras. De aquí se
sigue evidentemente que , suponiendo la eternidad del mundo , no es posible
desembarazarse de la razón ultima ultramundana de las cosas , es decir , de
Dios.
Las
razones del mundo están , por consiguiente , ocultas en algo extramundano,
diferente del encadenamiento de los
estados o de la serie de las cosas , cuyo agregado constituye el mundo. Es
preciso , pues , pasar de la necesidad física o hipotética , que determina el
estado posterior del mundo a seguida de un estado anterior, a algo que
constituya la necesidad absoluta o metafísica, de que no se puede dar razón. El
mundo actual es necesario física o hipotéticamente , pero no absoluta o
metafísicamente. En efecto , dado que el mundo sea lo que es , se sigue que las
cosas deben ser tales como ellas son. Pero como la raíz última debe estar en
alguna cosa que sea de una necesidad metafísica , y la razón de la existencia sólo
puede salir de algo existente , es preciso que exista un ser único, de una
necesidad metafísica , o cuya esencia sea la existencia, y por lo tanto , que
exista alguna cosa que difiera de la pluralidad de los seres o del mundo , el
cual , como hemos reconocido y demostrado , no es una necesidad metafísica.
Mas,
para explicar con mayor claridad cómo de las verdades eternas o esenciales y
metafísicas nacen las verdades temporales, contingente o físicas , debemos
sentar y reconocer que , por lo mismo que existe alguna cosa y no la nada, hay
en las cosas posibles , es decir, en la posibilidad misma o en la esencia , una
cierta necesidad de existencia , y por decirlo así , una aspiración a la
existencia , en una palabra , que la esencia tiende por si misma a la
existencia. De aquí se sigue , que todas las cosas posibles, es decir , que
expresan la esencia o la realidad posible , tienden con un derecho igual a la
existencia , según su cantidad de esencia real, o según el grado de perfección
que encierran; porque la perfección no es otra cosa que la cantidad de esencia.
Con
esto se comprende de la manera más evidente, que entre las combinaciones
infinitas de los posibles y las series posibles, existe una , mediante la cual
la mayor cantidad de esencia o de posibilidad es llevada a la existencia. En
efecto, siempre hay en las cosas un principio de determinación que debe salir
de lo más grande y de lo más pequeño , o de manera que el efecto más grande se
obtenga con el menor dispendio o el menor gasto. Y en el presente caso , el
lugar , el tiempo, en una palabra , la receptividad o capacidad del mundo
pueden considerarse como el gasto o la materia más propia para la construcción
del mundo , mientras que las variedades de las formas corresponden a la
comodidad del edificio, a la multitud y a la elegancia de las habitaciones. Y
en este punto sucede lo que con ciertos juegos, en los que hay que llenar todos
los espacios de un tablero conforme a leyes determinadas. Si no se tiene cierta
habilidad , puede uno verse entorpecido por espacios desfavorables y obligado a
dejar muchos más vacios que los que se podían o se querían dejar. Pero hay un
medio seguro y muy fácil de llenar en este tablero todos los espacios posibles.
Así como cuando se quiere formar un triangulo, que no esté determinado por
ningún otro dato, resultara uno equilátero, o si se trata de ir de un punto a
otro sin ninguna determinación de la línea, se escogerá naturalmente el camino
más fácil y más corto ; en igual forma, una vez sentado que el ser sobrepuja al
no ser , es decir, que haya una razón para que exista una cosa con preferencia
a la nada, o que es preciso pasar de la posibilidad al acto, se sigue de aquí
forzosamente que , a falta de otra determinación , la cantidad de existencia es
todo lo grande que es posible, respecto a la capacidad del tiempo y del lugar
(o al orden posible de existencia) , absolutamente lo mismo que las baldosas
están dispuestas y colocadas en una área dada de manera que contenga esta el
mayor número posible de ellas. Por este medio se comprende de una manera
maravillosa como , en la formación originaria de las cosas, puede emplearse una
especie de arte divino o mecanismo metafísico, y como tiene lugar la
determinación de la mayor cantidad de existencia. Por esto, ente todos los
ángulos , el Angulo determinado en geometría es el recto, y los líquidos
colocados en medios heterogéneos toman la forma que tiene más capacidad o la
forma esférica ; o , más bien , por esto en la mecánica ordinaria , cuando
muchos cuerpos graves luchan entre sí, el movimiento que resulta constituye en
resumen el mayor descenso. Porque, así como todos los posibles tienden con un
derecho igual a existir en proporción de su realidad , de igual modo todos los
pesos tienden con igual derecho a descender en proporción de la gravedad ; y
así como , en un caso , se produce un movimiento que contiene el mayor descenso
de los graves, en el otro se produce un mundo , en el que se encuentra
realizada la mayor parte de los posibles.
Así
vemos que la necesidad física resulta de la necesidad metafísica, porque si
bien el mundo no es metafísicamente necesario, en el sentido de que su
contrario implique una contradicción o un absurdo lógico, es, sin embargo,
físicamente necesario, o está determinado de manera que su contrario implica
una imperfección o un absurdo moral. Y como la posibilidad es el principio de
la esencia , en igual forma la perfección o el grado de la esencia, que
consiste en la posibilidad común del mayor número de cosas, es el principio de
la existencia. Por este medio se ve al mismo tiempo y claramente, cómo el autor
del mundo es libre, por más que lo haga todo con determinación, porque obra
conforme a un principio de sabiduría o de perfección. Porque efectivamente la
indiferencia nace de la ignorancia , y cuanto más sabio se es, tanto más uno se
resuelve y determina por el más alto grado de perfección.
Pero
me diréis, que por ingeniosa que pueda ser esta comparación de un cierto
mecanismo metafísico determinante con el de los cuerpos graves, falla, sin embargo,
porque los cuerpos graves ejercen una acción real, mientras que las
posibilidades y las esencias anteriores a la existencia o extrañas a ella , no
son más que ideas fantásticas o ficciones en las que no se puede encontrar la
razón de la existencia. A esto respondo, que ni estas esencias ni estas
verdades eternas de que se trata, son ficciones , sino que existen en cierta
región de las ideas, si puedo decirlo así; esto es, en Dios mismo, origen de
toda esencia y de la existencia de todos los seres. Y la existencia de la serie
actual de las cosas demuestra suficientemente por si misma que mi aserción no
es gratuita. Porque no contiene su razón de ser, según lo hemos demostrado más
arriba, sino que es preciso buscarla en las necesidades metafísicas o verdades
eternas , y no pudiendo lo que existe proceder sino de lo que ya existía, como
también hemos observado antes, es preciso que las verdades eternas tengan su
existencia en un cierto sujeto absoluta y metafísicamente necesario , es decir
, en Dios, en quien reside la virtud de realizar este mundo, que de otra manera
seria imaginario.
En
efecto, nosotros vemos que todo se realiza en el mundo según las leyes no solo
geométricas , sino también metafísicas, de las verdades eternas; es decir , no
sólo según las necesidades materiales, sino también según las necesidades
formales ; y esto es cierto, no sólo por la razón que acabamos de dar de u
mundo existente más bien que no existente, y que existe así y no de otra manera
(razón que sólo puede encontrarse en la tendencia de lo posible a la
existencia) ; sino que, si descendemos a las disposiciones especiales, vemos
las leyes metafísicas de causa, de poder, de acción, aplicarse con un orden
admirable a toda la naturaleza, y prevalecer sobre las leyes puramente geométricas
de la materia, como lo he hecho ver al dar razón de las leyes del movimiento;
lo cual de tal manera me sorprendió, que , según he explicado más por extenso
en otra parte, me vi precisado a abandonar la ley de la composición de las
fuerzas, que había defendido en mi juventud, cuando era más materialista.
Por
consiguiente, encontramos la última razón de la realidad, tanto de las esencias
como de las existencias , en un ser único que debe ser, de toda necesidad, más
grande , más elevado y más antiguo que el mundo mismo, puesto que de él reciben
su realidad, no sólo las existencias que encierra este mundo, sino las posibles
mismas. Y esta razón de las cosas solo puede buscarse en un origen único, a
causa de la conexión que todas ellas tienen entre si.
Ahora
bien, es evidente que de este origen emanan continuamente todas las cosas
existentes , las cuales son y han sido producciones suyas, porque no puede
comprenderse como tal estado del mundo más bien que tal otro, el estado de hoy
más bien que el de mañana, procedan del mundo mismo.
Con
la misma evidencia se ve como Dios obra física y libremente, como esta en él la
causa eficiente y final de las cosas, y como manifiesta, no solo su grandeza y
su poder en la construcción de la maquina del mundo, sino también su bondad y
su sabiduría en el plan de la creación. Y para que no se crea que nosotros
confundimos aquí la perfección moral o la bondad con la perfección metafísica o
la grandeza , o que se desecha la primera al conceder la segunda, es preciso
tener entendido, que de lo que acabamos de exponer resulta, que el mundo es
perfectísimo, no solo físicamente , o , si se prefiere , metafísicamente,
porque la serie de cosas producidas es aquella en la que hay mas realidad en
acto, sino que es también perfectísimo moralmente; en cuanto la perfección
moral es una perfección física para las almas mismas. Y así el mundo no es solo la maquina más
admirable, sino que, en tanto que se compone de almas, es también la mejor
república, provista de toda la felicidad o de todo el goce posible que
constituye la perfección física de aquellas.
Pero,
diréis ; nosotros vemos que sucede todo lo contrario en el mundo; los hombres
de bien son, con frecuencia, los más desgraciados; y, dejando a un lado los
animales, hay inocentes que se ven abrumados de males, y hasta condenados a
muerte en medio de tormentos; en fin, el mundo, si nos fijamos sobre todo en el
gobierno del género humano, se parece más bien a una especie de caos confuso,
que a la obra bien ordenada de una suprema sabiduría. Esto podrá parecer así a
primer golpe de vista, lo confieso; pero si se examinan las cosas de cerca, resulta
evidentemente , a priori, de las razones que hemos expuesto, que debe creerse
todo lo contrario; es decir , que todas las cosas, y, por consiguiente , las
almas alcanzan el más alto grado de perfección posible.
En
efecto, como dicen los jurisconsultos, no es conveniente juzgar antes de haber
examinado toda la ley. Nosotros solo conocemos una pequeñas parte de la
eternidad que se extiende en la inmensidad, pues son b bien poca cosa esos
cuantos millares de años, cuya memoria nos transmite la historia. Y, sin
embargo, en vista de tan corta experiencia, nos atrevemos a juzgar de lo
inmenso y de lo eterno, lo cual es lo mismo que si aquellos hombres que,
nacidos y criados en una prisión, o, si se quiere, en las salinas subterráneas
de los Sármatas, creyeran que en el mundo no había mas luz que la arroja la
lámpara, cuyo débil resplandor apenas basta para que puedan dirigir sus pasos.
Fijémonos en un precioso cuadro, y cubrámosle de manera que sólo percibamos una
pequeña parte de él; ¿veremos, aunque le miremos atentamente y tan cerca como
sea posible, otra cosa que una cierta masa confusa de colores, arrojados allí
sin deliberación y sin arte? Pero si quitamos el velo , y le miramos desde un
punto de vista conveniente, veremos que , lo que parecía echado al azar sobre
el lienzo, ha sido ejecutado con gran arte por el autor de la obra. Lo que
sucede con el ojo en la pintura, sucede igualmente en la música con el oído.
Compositores de gran talento mezclan frecuentemente disonancias con sus acordes
, para excitar y provocar, por decirlo así, al oyente, el cual , después de una
especie de inquietud, ve con el mayor placer que todo entra en orden. Así nos
regocijamos de haber corrido ligeros peligros y experimentado pequeños males,
ya porque tenemos conciencia de nuestro poder o de nuestra felicidad , o ya por
un sentimiento de amor propio; lo mismo que cuando experimentamos placer al ver
los simulacros aterradores que producen el baile en la cuerda floja o los
saltos peligrosos; o cuando , por vía de diversión, soltamos nuestros manos a
los niños como en ademan de arrojarlos lejos de nosotros ; como se cuenta de
aquel mono, que , habiendo agarrado a
Cristierno, rey de Dinamarca, cuando era niño y estaba envuelto en pañales, lo
llevó a lo más alto del tejado ,y , en medio del temor de todo el mundo, el
mono, riéndose, lo volvió sano y salvo a su cuna. Conforme al mismo principio
que dejamos sentado, es insípido comer siempre manjares dulces; antes es
preciso mezclar con ellos otros acres, ácidos y hasta amargos, que exciten el
apetito. El que no ha gustado las cosas amargas, no merece las dulces, y ni
siquiera hará aprecio de ellas. Es una ley de la alegría, que el placer no sea
uniforme, porque produce el disgusto, y nos hace inertes y no alegres.
En
cuanto a lo que hemos dicho de que cabe que sea perturbada una parte, sin
prejuicio de la armonía general, no quiere decir esto que nos desentendamos de
las partes , y que baste que el mundo entero sea perfecto en sí mismo, bien que
pueda suceder que el género humano sea desgraciado, y que no se tome en el
universo cuidado alguno por justicias, ni se tenga inquietud por nuestra
suerte, como creen algunos que no juzgan sanamente del conjunto de las cosas.
Porque es preciso tener entendido que , al modo que una república bien ordenada
se procura, cuanto es posible , el bienestar de los particulares , en igual
forma no puede ser perfecto el mundo si , aunque se conservara la armonía
universal, no se atendiera a los intereses particulares. En este concepto no
cabe una regla mejor que la ley que quiere que cada uno sea participe en la
perfección del universo, mediante su propia felicidad proporcionada a su virtud
y a la buena voluntad de que este animado por el bien común, es decir ,
mediante la realización de lo que llamamos caridad y amor de Dios, o de lo que
, según el juicio de los más sabios teólogos, constituye la fuerza y el poder
de la misma religión cristiana. Y no hay que extrañar que se dé y se
proporcione tan crecida parte de felicidad a las almas en el universo, puesto
que son la imagen más fiel del Autor Supremo; hay entre aquellas y este, no
solo la relación común a todo lo demás, que se da entre la maquina y el obrero,
sino también la que se da entre el ciudadano y el príncipe; deben durar tanto
como el universo; y expresan en cierta manera y concentran el todo en sí
mismas, de suerte que puede decirse de las almas que son partes totales.
Con
respecto a las aflicciones de los hombres honrados, debe tenerse por cosa
cierta, que les resulta de ellas un gran bien, y esto es exacto, no sólo
física, sino también teológicamente. El grano arrojado en la tierra se corrompe
antes de producir su fruto. Pues podemos afirmar, que las aflicciones,
temporalmente malas, son buenas por el resultado, en cuanto son caminos breves
que conducen hacia la perfección. Lo mismo sucede en física ; los licores que
fermentan más lentamente, gastan más tiempo en mejorarse, mientras que los que
experimentan mayor ebullición, se deshacen de ciertas partes con más fuerza y
se mejoran más pronto. Puede decirse de estos, que retroceden para saltar
mejor.
Deben
estimarse estas consideraciones, no solo agradables y consoladoras , sino
también muy verdaderas. Y, en general , creo que no hay cosa más verdadera que
la felicidad, ni cosa más dichosa ni más dulce que la verdad.
Y
como complemento de la belleza y de la perfección general de las obras de Dios
, es preciso reconocer que se opera en todo el universo un cierto progreso
continuo y muy libre que mejora su estado más y más. Así vemos, que una gran parte
de nuestro globo tiene hoy una cultura que aumentara de día en día. Y aunque es
verdad que a veces ciertas partes de aquel se hacen salvajes o experimentan
trastornos y humillaciones, es preciso entender esto conforme lo hicimos al
interpretar antes las aflicciones , es decir, que este trastorno y estas
humillaciones contribuyen a algún fin más grande, de manera que nos
aprovechamos en cierto modo del daño mismo.
En
cuanto a la objeción que podría hacerse, diciendo que , si fuera cierto este
progreso, ha largo tiempo que el mundo debería ser un paraíso, la respuesta es
fácil. Aunque un gran número de sustancias hayan llegado ya a la
perfección, sin embargo, de la división
de lo continuo hasta lo infinito resulta que siempre quedan en el abismo de las
cosas partes adormecidas que deben despertarse, desenvolverse , mejorarse, y
elevarse, por decirlo así, a un grado de cultura perfecta.