En una comunidad bien ordenada, la riqueza debe ser producida en cantidad suficiente y distribuida de modo que asegure un decoroso término de comodidad. Todo el que puede trabajar, debe trabajar; pero ninguno excesivamente. Todo trabajador honrado debe tener lo bastante; ninguno debe ser extraordinariamente rico. Es preciso convenir en que aún falta mucho camino para llegar al ideal. Producimos gran cantidad de riqueza; pero aun nos toca quejarnos por la pobreza y el vicio. Antes de estudiar las causas de este estado de cosas, es necesario establecer varios principios generales, que forman la base de toda economía política sana.
Ley de población
El hombre, á semejanza de otros animales, tiende á multiplicarse más allá de sus medios de subsistencia. No obstante, á diferencia de los otros animales, puede emanciparse de esta tendencia con previsión y dominio de sí mismo, cuidando de no casarse ni tener hijos hasta no estar en condiciones de sostenerlos. Para desgracia de todos, la previsión y el dominio de sí mismo no son generales; las personas más pobres son las menos cuidadosas en asuntos de matrimonio y paternidad. He aquí la razón de que haya muchos pobres, aun en comarcas ricas. Esta consideración constituye el fundamento de la doctrina de Malthus. Ella es tan sencilla y tan cierta, que para combatirla se necesita salirse de la cuestión como han hecho de varias maneras autores distinguidos. Algunos suponen que Malthus ha dicho que la población va por necesidad más allá de los medios de subsistencia. Pero para el hombre no hay necesidad en esto. El matrimonio es un acto voluntario.
Otros afirman que la tierra produciría abundantemente para todos si supiéramos distribuir con más igualdad la riqueza. Mas cabe responder á esto que el hombre tiene que vivir de la riqueza que posee, no de la que podría poseer en circunstancias más favorables. Supóngase que Irlanda, cultivada debidamente, puede sostener doble de su población actual. ¿Qué influye esto en la cuestión de si un campesino debe casarse con la sola esperanza de heredar media fanega de tierra? Supóngase que, en efecto, la riqueza de Londres está absorbida injustamente por capitalistas y fuertes propietarios... ¿Signifia esto algo para que un obrero pueda casarse á los diez y ocho años con tres pesetas de jornal?
Algunos dicen que Dios, que dió la boca, dió el alimento para hartarla, ó le daría, si no fuese interceptada por propietarios capitalistas y malos gobiernos. Pero el hecho es que Dios creó millones de bocas sin señalar á cada una el alimento; y que esto sucede con el hombre como con todo el reino animal. Ignoramos por qué las cosas son así; ello constituye parte del misterio del dolor y del mal, que la inteligencia humana no penetra. Sin embargo, el hecho es suficientemente claro para todos los efectos prácticos.
El interés personal y
la independencia
La riqueza que necesita una comunidad civilizada, exige gran cantidad de trabajos duros y desagradables. Hay hombres que trabajan duramente por amor al trabajo ó por deseo de ser útiles á sus semejantes. Mas estos hombres son excepcionales; en tesis general, no se trabaja sino por la esperanza del provecho ó el temor á la necesidad. Dedúcese de aquí que si se priva al hombre totalmente de esa esperanza ó se le libra enteramente de ese miedo, la producción se resiente y el nivel general de la modidad baja.
He aquí la doctrina del interés personal, del que se ha hablado con dureza tan extremada. Los economistas han considerado á veces dicho interés como un principio, pero es más exacto considerarle como un hecho. Quizá no han tenido el suficiente cuidado de observar que el interés personal, por indispensable que sea, contiene siempre un elemento peligroso. Hay hombres para quienes la esperanza de provecho se aguza con la avaricia; hay otros sobre los que el miedo pesa siempre, haciéndoles esclavos del apetito y de la necesidad. Reconocido el interés personal como un hecho, reconozcamos también que es uno de los hechos que deben ser reformados.
En el criterio de un buen ciudadano, el interés personal afecta la forma elevada que denominamos sentimiento de independencia. El hombre debe ser activo para trabajar y cuidadoso para obtener su pago si quiere vivir honradamente, sin sujeción á la comunidad ni á los conocidos.
Propiedad
La propiedad privada y la libre contratación son los fundamentos de la distribución actual de la riqueza. Debemos, pues, examinar estos principios antes de acometer su estudio más profundo.Un particular puede poseer muebles ó inmuebles en cantidad indefinida, y nadie está obligado á dar ó prestar lo que le pertenece, salvo cuando le convenga. Esto depende, en parte, de nuestro instintivo amor á la propiedad. Quienes la poseen, gustan de conservarla, y aun los que nada tienen piensan hacer, en su día, lo que gusten con su propiedad, cuando la adquieran. Pero, además, la ley protege la propiedad privada por otras razones: por responder á muchos fines sociales importantes.
En primer lugar, es una base poderosa de la independencia de la familia. Quien tiene propiedad en dinero ó fincas, puede evitar á su mujer y á sus hijos el peligro de la necesidad. Sin propiedad, la familia perdería la mitad de lo que significa como unidad moral de una sociedad bien ordenada. La familia es para el hombre, en general, un motivo desinteresado para cumplir su deber. Pocos son capaces de trabajar mucho por simple filantropía; pero casi todos podemos trabajar por aquéllos que tienen derechos naturales sobre nosotros.
Además, hay muchas cosas relacionadas con la administración de la tierra y del capital que los particulares, realizan mejor, por su propio riesgo y por su utilidad. Antiguamente, cuando la tierra se cultivaba en común, bajo reglas estrictamente consuetudinarias, se cultivaba mal; y, como hemos visto, los buenos agricultores no quisieron que su tierra pasase á otras manos y dieron origen á la propiedad privada. Por otra parte, para volver ahora al sistema de derechos comunes, no adoptaríamos reglas consuetudinarias, sino políticas, establecidas por el estado é impuestas por sus funcionarios; todos sabemos que los funcionarios son hoy menos activos, menos frugales y menos amantes del progreso que cualquier industrial.
Si un comerciante no cubre sus gastos y descubre algo que otros necesitan adquirir, lo publica en la prensa. Pero un secretario de Estado puede tener cincuenta empleados innecesarios y despedir á todos los que no necesita sin temor á ser avergonzado en la prensa. Algunos hablan del Estado como si pudiera hacerlo todo; pero hay operaciones sencillas que es casi incapaz de realizar. Veamos algunos ejemplos:
1.º Ahorro y colocación del capital.-Hay una gran disipación constante del capital; pero esta pérdida se repara por la acción de los individuos que ahorran parte de sus ingresos para emplearlos provechosamente. Si la renta y el interés se suprimieran, se acabaría el ahorro, y el Estado tendría que economizar una parte de sus ingresos para las reparaciones del capital fijo, etc. Pero el Estado no puede ahorrar; y los gobiernos populares, sobre todo, no pueden atender fácilmente á esto. Hay muchas necesidades apremiantes que un gobierno debe satisfacer urgentemente; en cuanto tiene dinero en sus cajas, ó necesita desarrollar un plan nuevo ó pagar los gastos de alguna guerra anterior ú otra deuda extraordinaria, ó aliviar á sus súbditos del peso de los impuestos. No puede, por consiguiente, confiársele el enorme capital que la industria de cualquier nación civilizada ha menester para su evolución.
2.° Inventos y experiencia.-Las mejoras que producen algún beneficio material derivan generalmente de enormes sacrificios de capital y de tiempo. Quien desea conseguir una máquina ó un procedimiento nuevos, necesita emplear su propiedad ó la que otros le faciliten: esto constituye una fortísima garantía contra el abandono de sus proyectos. Mas si el Estado intentase experimentos industriales, lo haría de un modo oficial, cayendo sobre la Tesorería todos sus errores y persiguiéndose sus proyectos mucho después de resultar inútiles.
3. Valoración.-En la actualidad, los hombres obtienen de sus servicios ó productos justamente lo que los demás dan por ellos; regla sencilla que soluciona infinitos problemas. Pero la libre compra y venta exige que las cosas vendidas y el precio pagado sean propiedad de los que compran y venden. Sin propiedad, es difícil comprender cómo se dirigirían los complicados cambios de la vida civilizada. Hay quien dice que la propiedad sería innecesaria si todos los hombres trabajaran en proporción de sus facultades y disfrutaran con arreglo á sus necesidades. Esta fórmula sería aceptable en una comunidad donde todos desearan trabajar mucho y consumir solamente lo necesario. Creemos que ninguna de las que existen en la actualidad corresponde á esta descripción.
La libre contratación
y la necesidad
Donde existe la propiedad privada, los que la tienen están sujetos á la censura de sus conciudadanos más pobres y de los políticos que abogan por el menesteroso, porque la propiedad permite obtener una utilidad con independencia de las necesidades de los demás. Realmente, si los propietarios ejercen con rigor sus derechos, obran mal. Pero es imposible establecer ley alguna que lo impida. Si, bajo pretexto de la necesidad, un hombre pudiera pretender tierras, alimentos ó préstamos de capital, fuera de los términos de la libre contratación, las reclamaciones se llevarían presto toda la riqueza de los propietarios.
Estas necesidades no son inevitables, sino creadas por los actos de los hombres. Considérese, por ejemplo, de qué modo se hace á veces indigente una población en Inglaterra. De pronto surge una repentina demanda de mercancías que se producen en cierta ciudad. Los capitales se lanzan á nuevos riesgos; los obreros abandonan sus colocaciones acudiendo allí al anuncio de altos salarios; y, mientras esto dura, los jóvenes dan en casarse prematuramente. Pasa después el periodo de prosperidad; los capitalistas pequeños comienzan á tropezar con dificultades; una turba de obreros queda entonces sin trabajo y en la mayor indigencia. Estos males se deben á la ambición insaciable de los capitalistas por hacer dinero y á la de los trabajadores por disfrutar altos salarios. Mientras no se consiga que unos y otros sean más sufridos y prudentes, la reforma del derecho de propiedad no reportará muchos beneficios. Suponed la industria de una ciudad como la descrita, gobernada por un Consejo, para la administración del bien común: ¿se resolvería así el problema social? Creemos que no. El capitalista avaricioso procuraría ser elegido miembro del Consejo y buscaría medios de conseguir secretamente una fortuna, como los miembros de Juntas revolucionarias lo han verificado en muchas ocasiones. El obrero poco culto votaría para miembros del Consejo á los que ofreciesen el mayor dividendo inmediato. Entre tanto, los dividendos crecidos fomentarían los matrimonios prematuros, y algunos harían á sus amigos y conocidos participar de la prosperidad de la ciudad. Entonces, si el Consejo tenía algunos años malos, el problema social resurgiría en proporciones alarmantes.
La ventaja de nuestro sistema de propiedad y libre contratación, es que hace al hombre responsable de sus necesidades. Cada cual tiene que pensar para qué sirve y cuánto puede ganar por ello. La regla es dura, pero al que puede vivir bajo ella, le va mejor que si su trabajo le fuera determinado y su utilidad repartida por un poder superior.
Los que pretenden destruir el derecho de propiedad bajo pretexto de la necesidad, se equivocan con harta frecuencia por la atención exagerada que prestan á los grandes propietarios. Es duro que un hombre carezca de medios de vida mientras su vecino posee mucha más tierra y capital de lo necesario. No obstante, debe considerarse que la mayor parte de los propietarios no son ricos, sino simplemente bien acomodados. Los pequeños propietarios, no los grandes, son los protectores más eficaces y decididos de la propiedad. Si un obrero se hace dueño de una hacienda que no quiere cultivar, no creerá muy justa una ley que reduzca o confisque la renta. Si ahorra dinero para invertirlo, tampoco querrá sujetarse á un Banco Nacional que le diga: «Nosotros tenemos el gusto de tomar vuestro dinero para prestarlo á un virtuoso irlandés que desea consagrarse á la agricultura. Cuando queráis vuestro dinero, confiamos poder devolvéroslo. Pero sin interés alguno, porque hay una ley nueva que dice que la usura es perjudicial».
Cómo se distribuye la
riqueza
Examinando cómo se distribuye la riqueza en una comunidad, se advierte que los ingresos que los individuos disfrutan pueden ser clasificados en grupos: 1. Renta é interés; pagos por el uso de la propiedad. 2.° Sueldos, honorarios y jornales; pagos por servicios prestados. 3.° Utilidades del cambio y especulación.
Renta
Renta es lo que se paga á los propietarios de la tierra y del capital fijo por su ocupación y disfrute. La cantidad del pago se determina principalmente, según hemos visto ya, por la competencia. El total de la renta que se paga en un país civilizado, aumenta con la prosperidad del mismo. Inglaterra pagaba hace 200 años á los propietarios diez millones de libras; hoy paga sesenta. Sólo que, como la industria es más variada y más poderosa, sus ingresos crecen más rápidamente que la renta, y ésta es cada vez una porción más pequeña del total. Así, hace 200 años la renta era la cuarta parte de los ingresos nacionales; hoy es menos de la vigésima.
Las personas que reciben y tienen interés en la renta, forman varias clases: los propietarios de la tierra, grandes y pequeños; los que disfrutan ingresos á cargo de la tierra, y los que invierten el capital con garantía de la misma. En algunos casos, la renta se divide y en cierto modo se disfraza por pactos especiales. Así, la renta de un colono irlandés comprende generalmente: 1.° La renta que se paga por su propiedad al propietario. 2.° El interés del capital pagado al poseedor saliente por la suya.
¿Qué beneficio del total de la renta debe ser percibido por la comunidad? Esta cuestión ha sido contestada, en parte, bajo el epígrafe general «Propiedad». Muchos propietarios rurales acostumbran á prestar la atención precisa á sus deberes públicos. Los hay, sin duda, que se consagran por completo á la caza y otros entretenimientos, pero otros dedican con laudable diligencia á los negocios del gobierno local. Nuestros magistrados sin sueldo son objeto de muchas críticas, pero son quizá más eficaces y menos costosos que casi todos los funcionarios con sueldo.
Interés
Interés es lo que se paga por el uso del capital. Su tipo depende de varias circunstancias. Cuando el prestamista corre el riesgo de perder el capital, lo aumenta en muchas ocasiones para asegurarse contra el riesgo; he aquí por qué los hombres pobres tienen que pagar intereses crecidos cuando piden préstamos. Cuando los que prestan capital son muchos y los que le necesitan son relativamente pocos, el tipo del interés decae. De aquí que en antiguas comarcas ricas en que el capital abunda y la seguridad es corriente, el tipo del interés es bajo. Sin embargo, aunque el tipo decaiga, el capital crece con tanta rapidez y se coloca tan pronto, que el total del interés pagado va siempre en aumento.
En lo que se refiere al beneficio del total de interés pagado percibido por la comunidad, nos remitimos una vez más á lo afirmado bajo el epígrafe Propiedad. Respecto á las personas que reciben el interés, hay varias clases, desde los grandes capitalistas, que sólo prestan fuertes sumas, hasta los pequeños, que sólo economizan é invierten pequeñas cantidades.
Sueldos y honorarios
Hemos visto que la renta y el interés son cantidades pagadas por el uso de la propiedad. Las que se pagan por servicios prestados pueden ser clasificadas según la naturaleza del trabajo. Los servicios de índole intelectual 6 administrativa se pagan por sueldos anuales ó por honorarios. En general, todos sabemos cómo se determina el tipo de estos pagos.Si se necesita un director de un Banco, se busca un hombre de educación y conocimientos congruentes, colocado entre las primeras figuras del mundo comercial; y su salario se fija con arreglo al modo general de vivir de su clase. Si consultamos á un médico, le pagamos los honorarios exigidos por las reglas de su profesión. Cuando uno posee gran reputación de capacidad, ó sus obligaciones son muy importantes, su sueldo ó sus honorarios han de ser también de igual importancia.
El número de personas dedicadas á una profesión y el de los funcionarios públicos en los países civilizados es, en tesis general, proporcional, y cada vez más, á la población total. Nuestros actos filantrópicos, por ejemplo, y nuestras experiencias de legislación popular producen casi siempre la creación de nuevas plazas; y la difusión de la educación amplía el número de jóvenes que se hallan sin colocación ó corriendo el riesgo de las profesiones.
Salarios
La mayoría de los obreros de cada país vive de jornales, pagados quincenal, semanalmente ó en intervalos más cortos. El total de empleo concedido y de salario pagado está en relación de la cantidad de capital sin empleo y de las ocasiones ofrecidas para invertirlo en forma de obtener un buen tipo de interés y provecho. El tipo del salario, ó en otros términos, el valor cambial del trabajo, depende de varias causas que merecen atención especialísima.
Depende, en primer término, del número de personas que pretenden colocación. Cuando los trabajadores son pocos en relación con los trabajos por hacer, el jornal es crecido. En las regiones antiguas, el número de obreros está completo en demasía por el aumento de población: la competencia rebaja entonces considerablemente los jornales.
En segundo lugar, el tipo de los salarios varía según las facultades del obrero. El hombre fuerte, activo y capaz es muy útil al que le emplea; aquél sabe lo que trabaja y éste lo que vale; el salario es, en este caso, naturalmente más elevado. Conviene anotar que el trabajo barato, respecto del que emplea al obrero, no significa trabajo mal pagado. Por ejemplo: A un contratista de un ferrocarril en Italia le es más barato emplear ingleses con altos salarios que italianos por poco precio. Los obreros, por consiguiente, están interesados en mejorar la eficacia de su trabajo. Y si intentan ceder á quien les emplea lo poco que pueden de su dinero, deben recordar que toda regla ó costumbre que hace menos estimable su trabajo, tiende á la largo á disminuir el salario.
Tercero. El tipo del salario no depende sólo de las condiciones de capacidad del obrero, sino también de sus costumbres y modo de vivir. Quien está acostumbrado á buenos alimentos, á casas elegantes y á otras comodidades, quiere ponerse en condiciones de disfrutar el confort más exquisito, desarrollando su independencia y su poder de combinación para obtener una posición poderosa respecto de sus jefes. En los últimos cincuenta años se ha iniciado una notable mejora en los gustos y en las aficiones del pueblo obrero; esta mejora ha asegurado á los trabajadores una porción considerable de la riqueza producida por los modernos métodos de producción. Desgraciadamente, siempre hay obreros que viven miserablemente, que se contentan con la suciedad y el abandono del hogar doméstico y con que sus hijos sean lo mismo que ellos. Si á éstos se les eleva los salarios, viven igual que antes y se embriagan ó juegan parte de su jornal. Gentes de esta índole suelen decir que no tienen más enemigos que ellos mismos. No obstante, en realidad de verdad, son enemigos de todos los obreros, porque rebajan la condición y retrasan la prosperidad de todas las clases trabajadoras.
Cuarto. El tipo del salario depende, en cierto modo, del estado general de la sociedad. Allí donde el trabajo está despreciado, como en los países que tienen esclavos, los obreros sufren depresión. Allí donde el trabajo se admite con igualdad social, la tendencia es á tratar al obrero como se trata á un comerciante ó un funcionario cuya amistad nos halaga. Nótese que el sentido práctico obliga tanto como la amistad á tratar bien al obrero; el buen tratamiento, con tal de que no debilite la independencia, robustece la dignidad personal del hombre y aumenta la eficacia de su trabajo.
Ahora bien, la cantidad distribuida en salarios retribuye debidamente los servicios prestados? He aquí una cuestión dificilísima, en la que conviene guardarse de aceptar la respuesta dada comúnmente a primera vista. Algunos dicen que los salarios son justos porque se fijan por libre contratación. Mas cuando hay propiedad de una parte y necesidad de otra, la libre contratación no es siempre justa. Hay casos en que la ley dice, é indiscutiblemente debe decir: «Esto es un contrato, las partes lo regularán». Mientras que el juicio moral dice: «El contrato puede ser legal, pero no es justo».
Hay otros que sostienen que el salario es siempre, 6 casi siempre, injusto. Dicen que la riqueza se produce por el trabajo, y que, por consiguiente, toda la riqueza de un país pertenece de derecho á los trabajadores. Este argumento procede de un sentido totalmente erróneo de la producción. Donde la libre contratación existe, la producción significa hacer y ofrecer, para uso ó venta, algo que ciertas personas necesitan y están dispuestas á pagar. El productor es quien estudia las necesidades y el poder de comprar de la comunidad y quien se dedica á satisfacerlas. Estas funciones generalmente no son realizadas por los obreros en nuestras grandes industrias. Los obreros que trabajan en un ferrocarril no lo producen limítanse á prestar un servicio mecánico por el que son retribuidos, tenga ó no éxito la línea. El ferrocarril es producido por los que descubren le necesidad de su explotación y emprenden su construcción, pensando explotarle provechosamente en competencia con otras líneas. Si la empresa sale bien, es difícil comprender cómo los obreros pretenderían una parte de las utilidades. El aspecto débil de la cuestión moderna de la mejora del salario, es que el obrero no es productor, sino agente mecánico de la producción. Las empresas cooperativas tienden á mejorar la situación de los obreros, permitiéndoles realizar las funciones que los capitalistas y los contratistas ejercen generalmente hoy, y haciéndoles participar del provecho tanto como del salario.
Utilidades
Hemos definido anteriormente la utilidad como la suma en que el valor de una cosa excede á su coste. El coste de un artículo para el industrial comprende otros muchos: el precio de los materiales y del combustible, gasto y destrucción de plantas, interés del capital, renta y salarios. El coste de un artículo para el comerciante, comprende el precio que paga por él y los gastos ocasionados para ofrecerle en venta. Todos los industriales y comerciantes desean obtener un precio suficiente para cubrir el coste del articulo y dejarles gran utilidad. Pero tienen enfrente muchos competidores dispuestos á venderlo más barato; esto les obliga á reducir al mínimum su utilidad. La competencia impide obtener grandes utilidades en las condiciones ordinarias del comercio.
Para lograrlas, en estos tiempos, es preciso tener empresas, capacidad ó suerte excepcionales. El hombre puede llevar sus mercancías á nuevos mercados, en el África central ó en otra parte. Puede comprar y explotar algún invento nuevo. Puede dedicarse á la especulación, confiando su capacidad ó á su fortuna el éxito del negocio. Últimamente, puede emprender en grande escala negocios en los que, aun siendo reducida proporcionalmente la utilidad, pueda resultar grande por la cantidad. Los comerciantes modernos conocen muy bien esta necesidad de obtener amplios negocios; por eso constituyen grupos y círculos, y destruyen el capital, vendiendo bajo precio para arruinar á sus contrarios.
Es difícil contestar á esta otra pregunta: ¿Cuál es la justa utilidad? Nosotros entendemos que la utilidad es justa cuando produce al comerciante una remuneración adecuada al servicio que presta la comunidad. Así, por ejemplo, el que tiene un gran establecimiento bien montado, donde muchas personas encuentran lo que necesitan, puede merecer un ingreso igual al del director de un Banco ó al de un funcionario de regular categoría. El provecho de cada transacción debe representar el servicio que hace á sus parroquianos proporcionando la venta del artículo.
La suma total distribuida en utilidades, ¿debe ser mayor que la justa recompensa de la utilidad proporcionada por comerciantes y hacendados? Esta es otra de las cuestiones difíciles á que se suele contestar con mucha confianza al primer golpe de vista. Algunos afirman que la competencia produce, en el comercio y en otros órdenes de la vida, una distribución exacta de las recompensas del mérito.
Ante los indudables perjuicios que la especulación y la rivalidad comercial producen, no cabe sostener esta tesis. Otros consideran á los traficantes como una clase, teniendo en cuenta el hecho de que el comercio es necesario para el libre cambio de productos entre hombre y hombre, ciudad y ciudad, nación y nación. El ingreso ordinario de los comerciantes no es, probablemente, mayor que el que habríamos de pagar á nuestros agentes compradores y vendedores, si el cambio estuviera organizado en cualquier forma cooperativa. Si los perjuicios del sistema de utilidades han de ser removidos, hay que ampliar los métodos cooperativos, por los que la recompensa podría ser distribuida con arreglo al mérito, y se debilitarían todas las formas de especulación mercantil. Se necesita al mismo tiempo difundir opiniones sociales verdaderas respecto á la riqueza y á sus poseedores. Según están hoy las cosas, un hombre que consigue, una gran fortuna llega á ser un poder político y social, cualquiera que sea su carácter; el amor al poder se combina con el cariño á la comodidad para estimular la ansiedad febril de los comerciantes por ser ricos.
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