PRIMERA PARTE: ORIGEN DE LA INFLACION
1. LA INFLACION EN EL PASADO
Fueron necesarios todos los siglos de penoso avance de la humanidad hasta 1914 para conseguir un autogobierno democrático y representativo, el sufragio universal y la libertad personal. En menos de medio siglo, desde 1914, a pesar del fenomenal progreso material que eliminó la pobreza de las sociedades occidentales, aquel logro iba de retirada en todo el mundo, amenazado por un regimiento monstruoso de funcionarios estatales. La regla de la ley había sufrido un colapso, minada en su interior por los funcionarios estatales y violada por fuera por unos ciudadanos sobrecargados de impuestos y desobedientes a los organismos y a la autoridad del Estado. Quedaba así relegada hasta la misma democracia. Las naciones nuevas e independientes de otros continentes, distintos a aquel que promovió la democracia y la libertad, volvían ahora su espalda a éstas. En Europa, en la Francia de tradición revolucionaria, se abandonaba la democracia. Todas las instituciones sociales que permitían presumir a Europa occidental y a América del Norte de ejercer una gran humanidad en su larga lucha para eliminar la pobreza y la ley del más fuerte, comenzaron a resquebrajarse en cuanto se alcanzó la prosperidad y la regla de la ley para proteger al más débil. Precisamente cuando parecía asegurada la supremacía del hombre sobre las fuerzas ciegas de la naturaleza, cuando el bien ganado descanso y las libertades personales parecían prometer una vida más completa y sana, los hombres restablecieron de pronto cierto grado de autoridad estatal sobre todas sus actividades, que no encontraba parecido desde hace más de un siglo.
El restablecimiento de la autoridad omnipotente y omnicompetente del Estado en el mundo moderno es más peligrosa para la libertad personal que ninguna otra anterior. La supremacía del hombre sobre las fuerzas de la naturaleza proviene de sus logros técnicos. Todos éstos-poderes inimaginables hace una generación o poco más se prestan de forma adecuada y fácil al ejercicio de la autoridad estatal centralizada, a través de sus extremidades más distantes situadas en la burocracia local. El hombre y la mujer, individualmente como productor y consumidor, como ciudadano y unidad de una familia-, quedan enterrados bajo las nuevas normas y regulaciones de la autoridad central. Por consiguiente, se produce un estrechamiento de los límites del desarrollo de la persona, precisamente cuando los logros del hombre debían haberlos ampliado, una estereotipia del comportamiento individual cuando las nuevas potencialidades debieran haber conducido a mayores variaciones, y una banalidad que se denomina ya (equivocadamente) vulgaridad y materialismo. La humanidad corre ahora mayor riesgo de ver su libertad desgarrada por la generalización de las formas y medios económicos, de pequeña apariencia, de la vida diaria del Estado moderno que por un ataque abierto contra ella. Y de todos los instrumentos que subvierten las libertades personales el peor es la inflación.
Un incremento rápido y continuado de precios es la más clara «<manifestación» de una inflación progresiva. Se ha presentado ya a lo largo de la historia en muchos países y en civilizaciones enteras; entre otras en la antigua Grecia, en la República romana y en el caso clásico del Imperio romano, en la Europa del Renacimiento y (en la época de las guerras mundiales) durante las guerras napoleónicas y en la primera y segunda guerras mundiales.
Surge con el crecimiento de las ciudades en los úl timos tiempos de la Europa medieval, después de la peste negra de 1348 y el incremento consiguiente de los salarios y la caída en la oferta disponible de mano de obra rural y urbana. Se observa de nuevo en la Península Ibérica (y después en toda Europa) tras la afluencia de oro y plata del Nuevo Mundo en el siglo XVI. En casos de Estados dispendiosos y próximos a la bancarrota, como la Alemania posterior a 1921 6 1945, o Hungría después de 1944, se observa siempre cómo la producción de dinero excede desenfrenadamente a la producción de bienes y servicios. Se da en todo el mundo del comercio cuando la oferta del dinero internacional (por ejemplo, el oro) se amplía, como en ciertas épocas del siglo XIX, al descubrirse nuevos campos auríferos. Y siempre que circunstancias locales impulsan a cualquier Gobierno a inflar, rebajar, recortar, devaluar o de cualquier otra forma corromper el patrón de valor empleado como dinero (por ejemplo, las rebajas regulares que introducían los emperadores romanos, los monarcas anglosajones anteriores a Guillermo el Conquistador, los reyes de la dinastía Plantagenet y Tudor, los Borbones franceses, así como los modernos gobiernos democráticos y los totalitarios), la inflación surge de forma obvia y automática. Pero la inflación progresiva más larga experimentada por una moneda de patrón monometálico fue la del Imperio romano.
La inflación del Imperio romano produjo claros efectos sobre la sociedad romana. Los efectos perduraron más que la sociedad. Sin duda, la inflación imperial caracterizó mucho a las comunidades locales, feudales y agrarias, sobre las que se fundaron más tarde las naciones europeas bárbaras. Los efectos de la inflación romana, al hacer sucumbir las ciudades y el comercio de gran escala, siguieron siendo soportados durante las épocas oscuras de la Francia mero vingia, carolingia y de los Capetos; durante las épocas feudales de la Europa occidental, e incluso en la Inglaterra de los normandos y de los angevinos, y no digamos nada en la Italia de los lombardos. Estos efectos de una inflación ocurrida mucho antes a una moneda internacional de reconocido prestigio pudieron sentirse todavía durante el penoso período de los primeros tiempos del Renacimiento, cuando las modernas ciudades europeas surgieron de una primitiva sociedad feudal, con una agricultura de autosuficiencia, y aparecieron nuevas formas de comercio y de transporte. A pesar de la evidencia de algún comercio internacional, aducida por historiadores tales como Dopsch y Pirenne, está claro que la sociedad feudal europea de la Edad Media estaba anquilosada localmente, atada a tierras y señores locales, donde circulaba muy poco dinero (si acaso alguno). Sin duda, la teoría estatal del dinero nunca fue más cierta que en las sociedades pequeñas, soberanías insignificantes y pequeños mercados o áreas comerciales de la Europa medieval. «Legislaba el señor, aunque la última instancia correspondía al rey.» El poder de los reyes medievales era tan débil como su dinero y su comercio. Esta es la verdad de la sociedad feudal.
Los tiempos oscuros de la Edad Media vinieron por lo ocurrido entre las épocas de Augusto y Septimio Severo a la anterior sociedad organizada internacionalmente, dependiente en gran parte del comercio internacional, basado a su vez en una moneda-patrón principal, y operado bajo un sistema predominante de ley comercial internacional. Pueden examinarse las obras de Oertel, Brentano, Roztovtzeff, Vassiliev, Tenney Frank Walbank, A. H. Jones, Colin Clark y otros muchos investigadores sobre la caída del Imperio romano; pero al final llega uno a tres conclusiones principales sobre las causas y efectos de la inflación monetaria imperial, desde Augusto a Honorio.
El Estado centralizado
En primer lugar, el gasto estatal del Imperio llegó a ser intolerable e ineficazmente gravoso con el aumento de los impuestos. Estos tuvieron que elevarse desmesuradamente, porque la mayor parte del comercio masivo, transporte, defensa, leyes, finanzas y administración civil se convirtieron, sin remordimiento alguno de conciencia, en empresas estatales monolíticas. Las excepciones que permitieron el comercio privado fueron pocas, y fueron progresivamente reduciéndose y haciéndose más locales. El clásico advenedizo, el emancipado Trimalchio en el Satiricón de Petronio estaba «haciéndolo muy bien» con los monopolios imperiales. Los trabajadores urbanos y rurales tenían que «eternizarse» en sus profesiones, que pronto se hicieron hereditarias otra proyección del feudalismo-. Los mercaderes y comerciantes en la esfera económica, al igual que las legiones en la militar, solo podían progresar como funcionarios estatales y con frecuencia su status se hizo hereditario. Mucho antes de que llegara a ser cierta la afirmación de Plinio de que «los latifundios perdieron a Roma», alguna causa había originado ya las grandes propiedades, los latifundios, así como una proliferación sorprendentemente rápida de rigideces, controles y supervisores. Esta causa fue la imposición rápidamente creciente sobre los comerciantes y agricultores principalmente, hasta ahora independientes, hombres modestos, para que soportaran el gasto creciente de la veloz expansión de la maquinaria estatal.
Ello condujo a la eliminación de la independencia de los pequeños terratenientes y comerciantes. Llevó a los pequeños agricultores a depender de otros, mediante su notoria «huida» a la esclavitud o vasallaje, o por el método más decoroso de la amalgama con sus colegas agrícolas vecinos, más poderosos, de gran escala y, por consiguiente, más privilegiados. Impulsó también a los pequeños artesanos y comerciantes a similares dependencias, bien como esclavos urbanos o, con mayor frecuencia, como miembros de grandes <<colectividades» o «colegios» de ocupaciones, es decir, el prototipo de los gremios y sindicatos.
La imposición se elevó también tanto, que llegó a ser casi suntuaria, es decir, que casi eliminó la capacidad de la gente para poseer bienes. Nerón, verdadero psicópata, había dicho: «Procuremos que nadie posea cosa alguna» 1. Pero Calígula llevó la imposición a magnitudes ilimitadas: «No hubo ninguna clase de bienes o de personas sobre los que no estableciera algún impuesto... Sobre todos los comestibles vendidos en cualquier parte de la ciudad establecía un gravamen fijo y definitivo; sobre todas las acciones judiciales y procesos legales que tuvieran lugar, se gravaba una cuarta parte de la suma en litigio, imponiendo una sanción a quien se declarara culpable de avenencia o de abandono de una acción; gravaba también, con una octava parte, los salarios diarios de un porteador; sobre los ingresos de las prostitutas, una suma equivalente a la que recibía cada una por un abrazo; y se añadía una cláusula a este capítulo de la ley por la que aquellas que hubieran sido alguna vez prostitutas o actuado como alcahuetas deberían ser sometidas al impuesto público, y que incluso el matrimonio no debía quedar exento»> 2.
El juicio clásico de Gibbon sobre el declive y caída, fue que «el enorme aparato cedió ante la presión de su propio peso». Pero el proceso había comenzado muy pronto, cuando el aparato parecía estar todavía fuerte. Cuando las peticiones de los votantes proletarios para el panem et circenses y los del ejército para mayores ingresos, elevaron aún más los impuestos, comenzó una especie de «subasta holandesa» de votos. Terminó convirtiendo al ejército en el único elector de emperadores, y el asesino de la mayoría de ellos. Lo convirtió también en el destructor de ciudades y de ciudadanos.
La despoblación del agro acompañó a la urbanización de los primeros tiempos del Imperio. Pero a medida que languidecía el comercio internacional con la progresiva inflación, el paro llegó a ser elevado en las ciudades, que ahora se replegaban detrás de sus nuevas murallas defensivas. Cuando el dinero perdió valor, y se multiplicaron los soldados y los burócratas, convirtiéndose en la clase privilegiada del Estado, las masas urbanas, constituidas por parados en su mayor parte, tenían que ser compradas «en especie»> mediante un Estado benefactor, con suministros gratuitos de pan, carne de cerdo y diversiones. La anterior clase gobernante de las ciudades -la clase senatorial-, se retiró a latifundios, cada vez mayores, en el campo, a medida que crecieron los poderes estatales en el centro y en las ciudades.
El Estado-los emperadores, naturalmente―llegó a depender cada vez más del favor de las legiones y de los votos de una chusma ociosa, compradas ambas mediante mayores depredaciones de las debilitadas clases de contribuyentes. Cuando el unitario territorio económico, defensivo, administrativo y legal del Imperio comenzó a desintegrarse en civitates feudales autosuficientes, alrededor de las ciudades recién amuralladas, se desintegró con ello toda una civilización. Se dispersó, a partir del terrible siglo tercero, en los ambiguos contornos de las naciones europeas modernas, y en nuestras actuales diócesis eclesiásticas de la Europa occidental y Oriente Medio. La misma palabra «<diócesis» data de aquella época. Este proceso de dispersión duró lo menos dos siglos, y hay quien dice que llegaron a tres.
Este proceso no se detuvo nunca, y se vio acelerado y acompañado por la presión progresiva de la imposición sobre los individuos-, más allá de lo que podían soportar sus «juicios de valor», a través de un Estado cada vez más centralizador. Al final, el Estado y la civilización se desperdigaron en fragmentos, pero no por las invasiones bárbaras-los bárbaros intentaron incluso mantener la civilización que admiraban-, sino porque no había quien defendiera su integridad. Esta integridad se vio inflada de tal forma que desapareció, siendo de todo punto imposible su defensa.
La política de favoritismo
En segundo lugar, tras la centralización sin conciencia de toda la vida económica y administrativa, existía una causa política antecedente. La política se ocupa, en última instancia, del ejercicio del poder sobre seres humanos organizados en sociedad por el propio poder. La centralización del poder estatal-en casi todos los aspectos de la vida-prosiguió desde los tiempos de Augusto hasta el colapso, que ocurrió en el siglo quinto. Podía mantenerse centralizado únicamente mediante un continuo proceso de favorecimiento fiscal y financiero al poder que había elevado al trono a los emperadores, los había mantenido en él y echado después bruscamente; es decir, el ejército. Los gravosos impuestos que recaían sobre una minoría de contribuyentes, además de producir el envilecimiento de la moneda, ofreció a las legiones y a la burocracia una ventaja sobre todas las demás clases, hasta que hicieron saltar en pedazos el Imperio. Solamente una pequeña clase privilegiada-la senatorial-mantuvo sus anteriores ventajas pari passu, desprendiéndose de su tradicional tarea de gobierno y «volviendo a la tierra». Fue así la antecesora de los señores feudales.
La mayoría de los contribuyentes vivían en las ciudades. Todos ellos constituían una minoría pequeña, pero económicamente importante y productiva. Al aumentar sus cargas, los corps d'élite de los decuriones preferían sencillamente la esclavitud, la huida o la llegada de los bárbaros. Esto asestó un golpe mortal al tráfico, al comercio, al capital y a las ciudades. Fuera de las ciudades, en el campo, los legionarios en sus campamentos y los mayores terratenientes senatoriales en sus latifundios, quedaban exentos de impuestos. De esta forma, el progresivo envilecimiento de la moneda y la imposición penalizadora para asegurar el poder y el apoyo político, terminaron en la degradación y desintegración del Estado. Fue una gran paradoja. El mismo poder, en definitiva, desertó del Estado, el centro, y se fue a las pequeñas localidades. Así surgieron los tiempos oscuros de la Edad Media, de servidumbre y de clases.
Gobierno de conveniencia
Pero hay un tercer factor, raras veces mencionado por los historiadores de economía. Es la paradoja inherente a este proceso inflacionista: el «comportamiento contradictorio» de gobiernos que incurren persistentemente en la inflación. Se puede decir-del Imperio romano y de otros muchos gobiernos inflacionistas que tales gobiernos deshacían con la misma rapidez con su mano izquierda lo que estaban tratando de hacer con la derecha. Atacaban siempre -en realidad siguen haciéndolo desde hace siglos— los síntomas superficiales en lugar del mal. Tal fue el conocido Edictum de Pretiis, del año 301 de nuestra era, de Diocleciano, que proclamaba como crimen capital elevar los precios en cualquier lugar del Imperio, y nos dejó (puede consultarse en el reciente ejemplar de Tenney Frank) una sobria normalización de todos los bienes de consumo y de capital (desde los carruajes y caballos hasta la ropa interior femenina), sus calidades y precios, en todo el mundo civilizado entonces conocido. No obstante, aquel decreto fue abandonado al cabo de dos años, como algo fracasado e inaplicable. No todos los burócratas, soldados y policías bajo dos Augustos y dos Césares, pudieron cortar el número de cabezas que tenían que haber caído. Las leyes económicas y la naturaleza humana derrotaron incluso a Diocleciano.
Hacia el año 365 de nuestra era el emperador Valentiniano I se enfrentó incluso con peores problemas económicos, fiscales y administrativos que los de su gran predecesor Diocleciano. La carga de los impuestos sobre los decuriones de las ciudades se había hecho tan pesada que civitates completas-es decir, no sólo la ciudad amurallada, sino la amplia área suministradora de su alrededor-quedaron rápida y crecientemente sin curiae o gobierno local alguno. La razón fue, naturalmente, que los decuriones de las curiae eran responsables legal y personalmente de recaudar los impuestos. Como es lógico, a medida que crecieron las enormes cargas fiscales del Estado, altamente centralizado, los decuriones «huyeron». Es decir, ellos realizaron las primeras commendationes reales o servicios voluntarios personales de las épocas feudales. Huyeron hacia los ricos terratenientes de las grandes fincas rurales. Llegaron a ser sus colonos o sus esclavos. Huyeron incluso hacia los bárbaros; y se formó una fuerte quinta columna―como diríamos ahora-con la élite educada de la ciudad, correspondiente a la clase de los decuriones, ya que intrigaron para que entraran los bárbaros en las ciudades occidentales sucesivamente y en sus distritos.
El breve epílogo sobre El declive económico del mundo romano, basado en las dos últimas conferencias de Tenney Frank, a principios de 1939, en Oxford y Londres, y que cierra el quinto volumen de su Economic Survey of Ancient Rome, contiene cuestiones dolorosamente familiares para la experiencia contemporánea:
*El gobernante cuyas innovaciones económicas fueron en definitiva más desastrosas para el Imperio fue Septimio Severo... El hecho importante es que los derechos de los ciudadanos a la independencia y a la propiedad quedaron en entredicho, y se inculcaron hábitos de autocracia... La devastación descrita no fue debida a una revolución comunista enfrentada con una cultura antigua; fue debida a la falta de un gobierno eficiente como centro del Estado... No era posible recuperación alguna a no ser me diante el absolutismo de Diocleciano... Típico de su régimen es la imposición de un límite máximo, tanto sobre el precio de todas las mercancías en venta como sobre la cuantía de todos los salarios, con objeto de mantener los salarios tan bajos como fuera posible y controlar los ingresos de la industria. El propósito manifiesto era el de cortar la especulación cuando el Estado inflaba la moneda, pero Diocleciano atacó al resultado inevitable, no a la causa, de la inflación... Estado que salvó en condiciones tales que es discutible si merecía la pena salvarlo. Al menos, cuando llegaron los bárbaros los habitantes del Imperio dudaban en este sentido, y muchos de ellos estaban contentos de rendirse, en la creencia de que cualquier régimen nuevo no podría ser peor que el que habían soportado.>>
Desesperado, Valentiniano I-que en modo alguno fue tonto, y sí un bravo emperador, sin duda-decretó que los lictores habrían de traerle tres cabezas de decuriones de cada «curia», de toda una provincia, para que sirviera de ejemplo (volviendo al decreto de Diocleciano sobre los precios, como venganza). Cierto prefecto de la provincia, llamado Florentius, se dice que replicó a esto: «¿Quiere su clemencia tener la bondad de ordenar qué hemos de hacer en los casos de aquellas «curias» en las que ya no quedan ni tres decuriones? La respuesta fue sencilla y, de acuerdo con el cronista, concisa. La orden del emperador fue revocada-como el edicto de Diocleciano sesenta años antes-. Pero para estas fechas, el mayor Imperio de la historia europea se encontraba ya en la mayor ruina, quedándole solo cincuenta años de vida hasta su colapso total. Después de más de milenio y medio, las reverberaciones de este hecho aún no han desaparecido.