Además
del mundo o agregado de las cosas finitas, hay algún ser único que gobierna,
sólo como el alma en mí, o, más bien, como el yo mismo en mi cuerpo, sino con
una razón mucho más elevada. Este ser , único soberano del universo, no rige
sólo al mundo , sino que lo crea y lo forma, es superior a él , y , , por
decirlo , así extramundano ,y, por lo mismo, la última razón de las cosas.
Porque la razón suficiente de la existencia no se encuentra en ninguna cosa
particular, ni en todo el agregado o conjunto de ellas. Supongamos que hubiera
habido un libro eterno de los elementos de geometría, y que todos los demás
libros se hubiesen copiado sucesivamente de ese; es evidente que, si bien puede
darse razón del libro presente por otro que le haya servido de modelo, jamás se
podrá, por más que se retroceda de libro en libro tanto como se quiera, llegar
a preguntar por qué han existido en todo tiempo semejantes libros , es decir ,
el por qué de estos libros y por qué están escritos de esta manera. Lo que es
cierto de los libros , lo es también de los diversos estados del mundo, porque,
a pesar de ciertas leyes de transformación, es estado posterior no es en cierta
manera más que una copia del precedente, y cualquiera que sea el estado
anterior a que os remontéis, nunca hallareis la razón perfecta de él, es decir,
por qué existe cierto mundo y por qué este mundo más bien que tal otro. Podrías
suponer un mundo eterno; mas como sólo suponéis una sucesión de estados, en
cada uno de los cuales no encontrareis su razón suficiente, y no un número
cualquiera de mundos os serviría de nada para hallar esta razón, evidentemente
es preciso buscarla en otra parte. Porque en las cosas eternas es necesario
tener entendido, que , aun faltando una causa, hay una razón, que , respecto de
las cosas inmutables , es la necesidad misma o la esencia; y en cuanto a la
serie de las cosas contingentes , suponiendo que se suceden eternamente , será
, como veremos muy pronto, el predominio de las inclinaciones , que consisten,
no en razones necesitantes , es decir , de una necesidad absoluta y metafísica
, cuyo opuesto implique contradicción, sino en razones inclinadoras. De aquí se
sigue evidentemente que , suponiendo la eternidad del mundo , no es posible
desembarazarse de la razón ultima ultramundana de las cosas , es decir , de
Dios.
Las
razones del mundo están , por consiguiente , ocultas en algo extramundano,
diferente del encadenamiento de los
estados o de la serie de las cosas , cuyo agregado constituye el mundo. Es
preciso , pues , pasar de la necesidad física o hipotética , que determina el
estado posterior del mundo a seguida de un estado anterior, a algo que
constituya la necesidad absoluta o metafísica, de que no se puede dar razón. El
mundo actual es necesario física o hipotéticamente , pero no absoluta o
metafísicamente. En efecto , dado que el mundo sea lo que es , se sigue que las
cosas deben ser tales como ellas son. Pero como la raíz última debe estar en
alguna cosa que sea de una necesidad metafísica , y la razón de la existencia sólo
puede salir de algo existente , es preciso que exista un ser único, de una
necesidad metafísica , o cuya esencia sea la existencia, y por lo tanto , que
exista alguna cosa que difiera de la pluralidad de los seres o del mundo , el
cual , como hemos reconocido y demostrado , no es una necesidad metafísica.
Mas,
para explicar con mayor claridad cómo de las verdades eternas o esenciales y
metafísicas nacen las verdades temporales, contingente o físicas , debemos
sentar y reconocer que , por lo mismo que existe alguna cosa y no la nada, hay
en las cosas posibles , es decir, en la posibilidad misma o en la esencia , una
cierta necesidad de existencia , y por decirlo así , una aspiración a la
existencia , en una palabra , que la esencia tiende por si misma a la
existencia. De aquí se sigue , que todas las cosas posibles, es decir , que
expresan la esencia o la realidad posible , tienden con un derecho igual a la
existencia , según su cantidad de esencia real, o según el grado de perfección
que encierran; porque la perfección no es otra cosa que la cantidad de esencia.
Con
esto se comprende de la manera más evidente, que entre las combinaciones
infinitas de los posibles y las series posibles, existe una , mediante la cual
la mayor cantidad de esencia o de posibilidad es llevada a la existencia. En
efecto, siempre hay en las cosas un principio de determinación que debe salir
de lo más grande y de lo más pequeño , o de manera que el efecto más grande se
obtenga con el menor dispendio o el menor gasto. Y en el presente caso , el
lugar , el tiempo, en una palabra , la receptividad o capacidad del mundo
pueden considerarse como el gasto o la materia más propia para la construcción
del mundo , mientras que las variedades de las formas corresponden a la
comodidad del edificio, a la multitud y a la elegancia de las habitaciones. Y
en este punto sucede lo que con ciertos juegos, en los que hay que llenar todos
los espacios de un tablero conforme a leyes determinadas. Si no se tiene cierta
habilidad , puede uno verse entorpecido por espacios desfavorables y obligado a
dejar muchos más vacios que los que se podían o se querían dejar. Pero hay un
medio seguro y muy fácil de llenar en este tablero todos los espacios posibles.
Así como cuando se quiere formar un triangulo, que no esté determinado por
ningún otro dato, resultara uno equilátero, o si se trata de ir de un punto a
otro sin ninguna determinación de la línea, se escogerá naturalmente el camino
más fácil y más corto ; en igual forma, una vez sentado que el ser sobrepuja al
no ser , es decir, que haya una razón para que exista una cosa con preferencia
a la nada, o que es preciso pasar de la posibilidad al acto, se sigue de aquí
forzosamente que , a falta de otra determinación , la cantidad de existencia es
todo lo grande que es posible, respecto a la capacidad del tiempo y del lugar
(o al orden posible de existencia) , absolutamente lo mismo que las baldosas
están dispuestas y colocadas en una área dada de manera que contenga esta el
mayor número posible de ellas. Por este medio se comprende de una manera
maravillosa como , en la formación originaria de las cosas, puede emplearse una
especie de arte divino o mecanismo metafísico, y como tiene lugar la
determinación de la mayor cantidad de existencia. Por esto, ente todos los
ángulos , el Angulo determinado en geometría es el recto, y los líquidos
colocados en medios heterogéneos toman la forma que tiene más capacidad o la
forma esférica ; o , más bien , por esto en la mecánica ordinaria , cuando
muchos cuerpos graves luchan entre sí, el movimiento que resulta constituye en
resumen el mayor descenso. Porque, así como todos los posibles tienden con un
derecho igual a existir en proporción de su realidad , de igual modo todos los
pesos tienden con igual derecho a descender en proporción de la gravedad ; y
así como , en un caso , se produce un movimiento que contiene el mayor descenso
de los graves, en el otro se produce un mundo , en el que se encuentra
realizada la mayor parte de los posibles.
Así
vemos que la necesidad física resulta de la necesidad metafísica, porque si
bien el mundo no es metafísicamente necesario, en el sentido de que su
contrario implique una contradicción o un absurdo lógico, es, sin embargo,
físicamente necesario, o está determinado de manera que su contrario implica
una imperfección o un absurdo moral. Y como la posibilidad es el principio de
la esencia , en igual forma la perfección o el grado de la esencia, que
consiste en la posibilidad común del mayor número de cosas, es el principio de
la existencia. Por este medio se ve al mismo tiempo y claramente, cómo el autor
del mundo es libre, por más que lo haga todo con determinación, porque obra
conforme a un principio de sabiduría o de perfección. Porque efectivamente la
indiferencia nace de la ignorancia , y cuanto más sabio se es, tanto más uno se
resuelve y determina por el más alto grado de perfección.
Pero
me diréis, que por ingeniosa que pueda ser esta comparación de un cierto
mecanismo metafísico determinante con el de los cuerpos graves, falla, sin embargo,
porque los cuerpos graves ejercen una acción real, mientras que las
posibilidades y las esencias anteriores a la existencia o extrañas a ella , no
son más que ideas fantásticas o ficciones en las que no se puede encontrar la
razón de la existencia. A esto respondo, que ni estas esencias ni estas
verdades eternas de que se trata, son ficciones , sino que existen en cierta
región de las ideas, si puedo decirlo así; esto es, en Dios mismo, origen de
toda esencia y de la existencia de todos los seres. Y la existencia de la serie
actual de las cosas demuestra suficientemente por si misma que mi aserción no
es gratuita. Porque no contiene su razón de ser, según lo hemos demostrado más
arriba, sino que es preciso buscarla en las necesidades metafísicas o verdades
eternas , y no pudiendo lo que existe proceder sino de lo que ya existía, como
también hemos observado antes, es preciso que las verdades eternas tengan su
existencia en un cierto sujeto absoluta y metafísicamente necesario , es decir
, en Dios, en quien reside la virtud de realizar este mundo, que de otra manera
seria imaginario.
En
efecto, nosotros vemos que todo se realiza en el mundo según las leyes no solo
geométricas , sino también metafísicas, de las verdades eternas; es decir , no
sólo según las necesidades materiales, sino también según las necesidades
formales ; y esto es cierto, no sólo por la razón que acabamos de dar de u
mundo existente más bien que no existente, y que existe así y no de otra manera
(razón que sólo puede encontrarse en la tendencia de lo posible a la
existencia) ; sino que, si descendemos a las disposiciones especiales, vemos
las leyes metafísicas de causa, de poder, de acción, aplicarse con un orden
admirable a toda la naturaleza, y prevalecer sobre las leyes puramente geométricas
de la materia, como lo he hecho ver al dar razón de las leyes del movimiento;
lo cual de tal manera me sorprendió, que , según he explicado más por extenso
en otra parte, me vi precisado a abandonar la ley de la composición de las
fuerzas, que había defendido en mi juventud, cuando era más materialista.
Por
consiguiente, encontramos la última razón de la realidad, tanto de las esencias
como de las existencias , en un ser único que debe ser, de toda necesidad, más
grande , más elevado y más antiguo que el mundo mismo, puesto que de él reciben
su realidad, no sólo las existencias que encierra este mundo, sino las posibles
mismas. Y esta razón de las cosas solo puede buscarse en un origen único, a
causa de la conexión que todas ellas tienen entre si.
Ahora
bien, es evidente que de este origen emanan continuamente todas las cosas
existentes , las cuales son y han sido producciones suyas, porque no puede
comprenderse como tal estado del mundo más bien que tal otro, el estado de hoy
más bien que el de mañana, procedan del mundo mismo.
Con
la misma evidencia se ve como Dios obra física y libremente, como esta en él la
causa eficiente y final de las cosas, y como manifiesta, no solo su grandeza y
su poder en la construcción de la maquina del mundo, sino también su bondad y
su sabiduría en el plan de la creación. Y para que no se crea que nosotros
confundimos aquí la perfección moral o la bondad con la perfección metafísica o
la grandeza , o que se desecha la primera al conceder la segunda, es preciso
tener entendido, que de lo que acabamos de exponer resulta, que el mundo es
perfectísimo, no solo físicamente , o , si se prefiere , metafísicamente,
porque la serie de cosas producidas es aquella en la que hay mas realidad en
acto, sino que es también perfectísimo moralmente; en cuanto la perfección
moral es una perfección física para las almas mismas. Y así el mundo no es solo la maquina más
admirable, sino que, en tanto que se compone de almas, es también la mejor
república, provista de toda la felicidad o de todo el goce posible que
constituye la perfección física de aquellas.
Pero,
diréis ; nosotros vemos que sucede todo lo contrario en el mundo; los hombres
de bien son, con frecuencia, los más desgraciados; y, dejando a un lado los
animales, hay inocentes que se ven abrumados de males, y hasta condenados a
muerte en medio de tormentos; en fin, el mundo, si nos fijamos sobre todo en el
gobierno del género humano, se parece más bien a una especie de caos confuso,
que a la obra bien ordenada de una suprema sabiduría. Esto podrá parecer así a
primer golpe de vista, lo confieso; pero si se examinan las cosas de cerca, resulta
evidentemente , a priori, de las razones que hemos expuesto, que debe creerse
todo lo contrario; es decir , que todas las cosas, y, por consiguiente , las
almas alcanzan el más alto grado de perfección posible.
En
efecto, como dicen los jurisconsultos, no es conveniente juzgar antes de haber
examinado toda la ley. Nosotros solo conocemos una pequeñas parte de la
eternidad que se extiende en la inmensidad, pues son b bien poca cosa esos
cuantos millares de años, cuya memoria nos transmite la historia. Y, sin
embargo, en vista de tan corta experiencia, nos atrevemos a juzgar de lo
inmenso y de lo eterno, lo cual es lo mismo que si aquellos hombres que,
nacidos y criados en una prisión, o, si se quiere, en las salinas subterráneas
de los Sármatas, creyeran que en el mundo no había mas luz que la arroja la
lámpara, cuyo débil resplandor apenas basta para que puedan dirigir sus pasos.
Fijémonos en un precioso cuadro, y cubrámosle de manera que sólo percibamos una
pequeña parte de él; ¿veremos, aunque le miremos atentamente y tan cerca como
sea posible, otra cosa que una cierta masa confusa de colores, arrojados allí
sin deliberación y sin arte? Pero si quitamos el velo , y le miramos desde un
punto de vista conveniente, veremos que , lo que parecía echado al azar sobre
el lienzo, ha sido ejecutado con gran arte por el autor de la obra. Lo que
sucede con el ojo en la pintura, sucede igualmente en la música con el oído.
Compositores de gran talento mezclan frecuentemente disonancias con sus acordes
, para excitar y provocar, por decirlo así, al oyente, el cual , después de una
especie de inquietud, ve con el mayor placer que todo entra en orden. Así nos
regocijamos de haber corrido ligeros peligros y experimentado pequeños males,
ya porque tenemos conciencia de nuestro poder o de nuestra felicidad , o ya por
un sentimiento de amor propio; lo mismo que cuando experimentamos placer al ver
los simulacros aterradores que producen el baile en la cuerda floja o los
saltos peligrosos; o cuando , por vía de diversión, soltamos nuestros manos a
los niños como en ademan de arrojarlos lejos de nosotros ; como se cuenta de
aquel mono, que , habiendo agarrado a
Cristierno, rey de Dinamarca, cuando era niño y estaba envuelto en pañales, lo
llevó a lo más alto del tejado ,y , en medio del temor de todo el mundo, el
mono, riéndose, lo volvió sano y salvo a su cuna. Conforme al mismo principio
que dejamos sentado, es insípido comer siempre manjares dulces; antes es
preciso mezclar con ellos otros acres, ácidos y hasta amargos, que exciten el
apetito. El que no ha gustado las cosas amargas, no merece las dulces, y ni
siquiera hará aprecio de ellas. Es una ley de la alegría, que el placer no sea
uniforme, porque produce el disgusto, y nos hace inertes y no alegres.
En
cuanto a lo que hemos dicho de que cabe que sea perturbada una parte, sin
prejuicio de la armonía general, no quiere decir esto que nos desentendamos de
las partes , y que baste que el mundo entero sea perfecto en sí mismo, bien que
pueda suceder que el género humano sea desgraciado, y que no se tome en el
universo cuidado alguno por justicias, ni se tenga inquietud por nuestra
suerte, como creen algunos que no juzgan sanamente del conjunto de las cosas.
Porque es preciso tener entendido que , al modo que una república bien ordenada
se procura, cuanto es posible , el bienestar de los particulares , en igual
forma no puede ser perfecto el mundo si , aunque se conservara la armonía
universal, no se atendiera a los intereses particulares. En este concepto no
cabe una regla mejor que la ley que quiere que cada uno sea participe en la
perfección del universo, mediante su propia felicidad proporcionada a su virtud
y a la buena voluntad de que este animado por el bien común, es decir ,
mediante la realización de lo que llamamos caridad y amor de Dios, o de lo que
, según el juicio de los más sabios teólogos, constituye la fuerza y el poder
de la misma religión cristiana. Y no hay que extrañar que se dé y se
proporcione tan crecida parte de felicidad a las almas en el universo, puesto
que son la imagen más fiel del Autor Supremo; hay entre aquellas y este, no
solo la relación común a todo lo demás, que se da entre la maquina y el obrero,
sino también la que se da entre el ciudadano y el príncipe; deben durar tanto
como el universo; y expresan en cierta manera y concentran el todo en sí
mismas, de suerte que puede decirse de las almas que son partes totales.
Con
respecto a las aflicciones de los hombres honrados, debe tenerse por cosa
cierta, que les resulta de ellas un gran bien, y esto es exacto, no sólo
física, sino también teológicamente. El grano arrojado en la tierra se corrompe
antes de producir su fruto. Pues podemos afirmar, que las aflicciones,
temporalmente malas, son buenas por el resultado, en cuanto son caminos breves
que conducen hacia la perfección. Lo mismo sucede en física ; los licores que
fermentan más lentamente, gastan más tiempo en mejorarse, mientras que los que
experimentan mayor ebullición, se deshacen de ciertas partes con más fuerza y
se mejoran más pronto. Puede decirse de estos, que retroceden para saltar
mejor.
Deben
estimarse estas consideraciones, no solo agradables y consoladoras , sino
también muy verdaderas. Y, en general , creo que no hay cosa más verdadera que
la felicidad, ni cosa más dichosa ni más dulce que la verdad.
Y
como complemento de la belleza y de la perfección general de las obras de Dios
, es preciso reconocer que se opera en todo el universo un cierto progreso
continuo y muy libre que mejora su estado más y más. Así vemos, que una gran parte
de nuestro globo tiene hoy una cultura que aumentara de día en día. Y aunque es
verdad que a veces ciertas partes de aquel se hacen salvajes o experimentan
trastornos y humillaciones, es preciso entender esto conforme lo hicimos al
interpretar antes las aflicciones , es decir, que este trastorno y estas
humillaciones contribuyen a algún fin más grande, de manera que nos
aprovechamos en cierto modo del daño mismo.
En
cuanto a la objeción que podría hacerse, diciendo que , si fuera cierto este
progreso, ha largo tiempo que el mundo debería ser un paraíso, la respuesta es
fácil. Aunque un gran número de sustancias hayan llegado ya a la
perfección, sin embargo, de la división
de lo continuo hasta lo infinito resulta que siempre quedan en el abismo de las
cosas partes adormecidas que deben despertarse, desenvolverse , mejorarse, y
elevarse, por decirlo así, a un grado de cultura perfecta.


.png)
.png)


.png)