miércoles, 23 de septiembre de 2026

La inflación en el pasado - Graham Hutton - Inflación y Sociedad

 

By Marinus Van Reymerswale 1540,


«Es el juicio, no el conocimiento, lo que distingue al hombre.»

                                                                 Michel de Montaigne

«El que conoce sólo su propia posición, poco conoce de ella.»

John Stuart Mill


“Hay dos clases de verdades: las verdades triviales, cuyo opuesto es absurdo, y las verdades profundas, cuyo opuesto también es una verdad profunda.”

— Niels Bohr,


La inflación en el pasado - Graham Hutton - Inflación y Sociedad 


"No hay forma más sutil y segura de trastrocar la base existente de una sociedad que la de corromper la moneda. El proceso comprende todas las fuerzas ocultas de las leyes económicas del lado de la destrucción y lo hace de una manera que no hay entre un millón una persona capaz de diagnosticarlo."

The Economic Consequences of the Peace, por J. M. Keynes; Londres, Macmillan, 1919, página 220.

El tema de este libro es el de cómo ha surgido la inflación como política en las modernas democracias, cómo funciona, cómo evitarla y a costa de qué. No ha sido escrito para economistas-interesados principalmente en la naturaleza del proceso mismo de la inflación-, sino para las personas que son profanas en economía. Sin embargo, la economía es, ciertamente, un estudio complicado; por ello ofrezco a mis lectores, de vez en cuando, alguna repetición -principalmente de ejemplos o definiciones-en diferentes pasajes del libro.

Mi preocupación principal es la salvaguardia del proceso democrático, como garantía para la más amplia realización de las potencialidades de cada individuo en una sociedad. Mi interés preponderante aquí es, por consiguiente, el de exponer en términos no técnicos lo que la inflación hace, tanto a la sociedad como a sus elementos aislados, para debilitar y obstaculizar la democracia. Por tal razón he comenzado por la más larga inflación de que se tiene noticia en una sociedad: la del Imperio romano.

PRIMERA PARTE: ORIGEN DE LA INFLACION

1. LA INFLACION EN EL PASADO

Fueron necesarios todos los siglos de penoso avance de la humanidad hasta 1914 para conseguir un autogobierno democrático y representativo, el sufragio universal y la libertad personal. En menos de medio siglo, desde 1914, a pesar del fenomenal progreso material que eliminó la pobreza de las sociedades occidentales, aquel logro iba de retirada en todo el mundo, amenazado por un regimiento monstruoso de funcionarios estatales. La regla de la ley había sufrido un colapso, minada en su interior por los funcionarios estatales y violada por fuera por unos ciudadanos sobrecargados de impuestos y desobedientes a los organismos y a la autoridad del Estado. Quedaba así relegada hasta la misma democracia. Las naciones nuevas e independientes de otros continentes, distintos a aquel que promovió la democracia y la libertad, volvían ahora su espalda a éstas. En Europa, en la Francia de tradición revolucionaria, se abandonaba la democracia. Todas las instituciones sociales que permitían presumir a Europa occidental y a América del Norte de ejercer una gran humanidad en su larga lucha para eliminar la pobreza y la ley del más fuerte, comenzaron a resquebrajarse en cuanto se alcanzó la prosperidad y la regla de la ley para proteger al más débil. Precisamente cuando parecía asegurada la supremacía del hombre sobre las fuerzas ciegas de la naturaleza, cuando el bien ganado descanso y las libertades personales parecían prometer una vida más completa y sana, los hombres restablecieron de pronto cierto grado de autoridad estatal sobre todas sus actividades, que no encontraba parecido desde hace más de un siglo.

El restablecimiento de la autoridad omnipotente y omnicompetente del Estado en el mundo moderno es más peligrosa para la libertad personal que ninguna otra anterior. La supremacía del hombre sobre las fuerzas de la naturaleza proviene de sus logros técnicos. Todos éstos-poderes inimaginables hace una generación o poco más se prestan de forma adecuada y fácil al ejercicio de la autoridad estatal centralizada, a través de sus extremidades más distantes situadas en la burocracia local. El hombre y la mujer, individualmente como productor y consumidor, como ciudadano y unidad de una familia-, quedan enterrados bajo las nuevas normas y regulaciones de la autoridad central. Por consiguiente, se produce un estrechamiento de los límites del desarrollo de la persona, precisamente cuando los logros del hombre debían haberlos ampliado, una estereotipia del comportamiento individual cuando las nuevas potencialidades debieran haber conducido a mayores variaciones, y una banalidad que se denomina ya (equivocadamente) vulgaridad y materialismo. La humanidad corre ahora mayor riesgo de ver su libertad desgarrada por la generalización de las formas y medios económicos, de pequeña apariencia, de la vida diaria del Estado moderno que por un ataque abierto contra ella. Y de todos los instrumentos que subvierten las libertades personales el peor es la inflación.

Un incremento rápido y continuado de precios es la más clara «<manifestación» de una inflación progresiva. Se ha presentado ya a lo largo de la historia en muchos países y en civilizaciones enteras; entre otras en la antigua Grecia, en la República romana y en el caso clásico del Imperio romano, en la Europa del Renacimiento y (en la época de las guerras mundiales) durante las guerras napoleónicas y en la primera y segunda guerras mundiales.

Surge con el crecimiento de las ciudades en los úl timos tiempos de la Europa medieval, después de la peste negra de 1348 y el incremento consiguiente de los salarios y la caída en la oferta disponible de mano de obra rural y urbana. Se observa de nuevo en la Península Ibérica (y después en toda Europa) tras la afluencia de oro y plata del Nuevo Mundo en el siglo XVI. En casos de Estados dispendiosos y próximos a la bancarrota, como la Alemania posterior a 1921 6 1945, o Hungría después de 1944, se observa siempre cómo la producción de dinero excede desenfrenadamente a la producción de bienes y servicios. Se da en todo el mundo del comercio cuando la oferta del dinero internacional (por ejemplo, el oro) se amplía, como en ciertas épocas del siglo XIX, al descubrirse nuevos campos auríferos. Y siempre que circunstancias locales impulsan a cualquier Gobierno a inflar, rebajar, recortar, devaluar o de cualquier otra forma corromper el patrón de valor empleado como dinero (por ejemplo, las rebajas regulares que introducían los emperadores romanos, los monarcas anglosajones anteriores a Guillermo el Conquistador, los reyes de la dinastía Plantagenet y Tudor, los Borbones franceses, así como los modernos gobiernos democráticos y los totalitarios), la inflación surge de forma obvia y automática. Pero la inflación progresiva más larga experimentada por una moneda de patrón monometálico fue la del Imperio romano.

La inflación del Imperio romano produjo claros efectos sobre la sociedad romana. Los efectos perduraron más que la sociedad. Sin duda, la inflación imperial caracterizó mucho a las comunidades locales, feudales y agrarias, sobre las que se fundaron más tarde las naciones europeas bárbaras. Los efectos de la inflación romana, al hacer sucumbir las ciudades y el comercio de gran escala, siguieron siendo soportados durante las épocas oscuras de la Francia mero vingia, carolingia y de los Capetos; durante las épocas feudales de la Europa occidental, e incluso en la Inglaterra de los normandos y de los angevinos, y no digamos nada en la Italia de los lombardos. Estos efectos de una inflación ocurrida mucho antes a una moneda internacional de reconocido prestigio pudieron sentirse todavía durante el penoso período de los primeros tiempos del Renacimiento, cuando las modernas ciudades europeas surgieron de una primitiva sociedad feudal, con una agricultura de autosuficiencia, y aparecieron nuevas formas de comercio y de transporte. A pesar de la evidencia de algún comercio internacional, aducida por historiadores tales como Dopsch y Pirenne, está claro que la sociedad feudal europea de la Edad Media estaba anquilosada localmente, atada a tierras y señores locales, donde circulaba muy poco dinero (si acaso alguno). Sin duda, la teoría estatal del dinero nunca fue más cierta que en las sociedades pequeñas, soberanías insignificantes y pequeños mercados o áreas comerciales de la Europa medieval. «Legislaba el señor, aunque la última instancia correspondía al rey.» El poder de los reyes medievales era tan débil como su dinero y su comercio. Esta es la verdad de la sociedad feudal.

Los tiempos oscuros de la Edad Media vinieron por lo ocurrido entre las épocas de Augusto y Septimio Severo a la anterior sociedad organizada internacionalmente, dependiente en gran parte del comercio internacional, basado a su vez en una moneda-patrón principal, y operado bajo un sistema predominante de ley comercial internacional. Pueden examinarse las obras de Oertel, Brentano, Roztovtzeff, Vassiliev, Tenney Frank Walbank, A. H. Jones, Colin Clark y otros muchos investigadores sobre la caída del Imperio romano; pero al final llega uno a tres conclusiones principales sobre las causas y efectos de la inflación monetaria imperial, desde Augusto a Honorio.

El Estado centralizado

En primer lugar, el gasto estatal del Imperio llegó a ser intolerable e ineficazmente gravoso con el aumento de los impuestos. Estos tuvieron que elevarse desmesuradamente, porque la mayor parte del comercio masivo, transporte, defensa, leyes, finanzas y administración civil se convirtieron, sin remordimiento alguno de conciencia, en empresas estatales monolíticas. Las excepciones que permitieron el comercio privado fueron pocas, y fueron progresivamente reduciéndose y haciéndose más locales. El clásico advenedizo, el emancipado Trimalchio en el Satiricón de Petronio estaba «haciéndolo muy bien» con los monopolios imperiales. Los trabajadores urbanos y rurales tenían que «eternizarse» en sus profesiones, que pronto se hicieron hereditarias otra proyección del feudalismo-. Los mercaderes y comerciantes en la esfera económica, al igual que las legiones en la militar, solo podían progresar como funcionarios estatales y con frecuencia su status se hizo hereditario. Mucho antes de que llegara a ser cierta la afirmación de Plinio de que «los latifundios perdieron a Roma», alguna causa había originado ya las grandes propiedades, los latifundios, así como una proliferación sorprendentemente rápida de rigideces, controles y supervisores. Esta causa fue la imposición rápidamente creciente sobre los comerciantes y agricultores principalmente, hasta ahora independientes, hombres modestos, para que soportaran el gasto creciente de la veloz expansión de la maquinaria estatal.

Ello condujo a la eliminación de la independencia de los pequeños terratenientes y comerciantes. Llevó a los pequeños agricultores a depender de otros, mediante su notoria «huida» a la esclavitud o vasallaje, o por el método más decoroso de la amalgama con sus colegas agrícolas vecinos, más poderosos, de gran escala y, por consiguiente, más privilegiados. Impulsó también a los pequeños artesanos y comerciantes a similares dependencias, bien como esclavos urbanos o, con mayor frecuencia, como miembros de grandes <<colectividades» o «colegios» de ocupaciones, es decir, el prototipo de los gremios y sindicatos.

La imposición se elevó también tanto, que llegó a ser casi suntuaria, es decir, que casi eliminó la capacidad de la gente para poseer bienes. Nerón, verdadero psicópata, había dicho: «Procuremos que nadie posea cosa alguna» 1. Pero Calígula llevó la imposición a magnitudes ilimitadas: «No hubo ninguna clase de bienes o de personas sobre los que no estableciera algún impuesto... Sobre todos los comestibles vendidos en cualquier parte de la ciudad establecía un gravamen fijo y definitivo; sobre todas las acciones judiciales y procesos legales que tuvieran lugar, se gravaba una cuarta parte de la suma en litigio, imponiendo una sanción a quien se declarara culpable de avenencia o de abandono de una acción; gravaba también, con una octava parte, los salarios diarios de un porteador; sobre los ingresos de las prostitutas, una suma equivalente a la que recibía cada una por un abrazo; y se añadía una cláusula a este capítulo de la ley por la que aquellas que hubieran sido alguna vez prostitutas o actuado como alcahuetas deberían ser sometidas al impuesto público, y que incluso el matrimonio no debía quedar exento»> 2.

El juicio clásico de Gibbon sobre el declive y caída, fue que «el enorme aparato cedió ante la presión de su propio peso». Pero el proceso había comenzado muy pronto, cuando el aparato parecía estar todavía fuerte. Cuando las peticiones de los votantes proletarios para el panem et circenses y los del ejército para mayores ingresos, elevaron aún más los impuestos, comenzó una especie de «subasta holandesa» de votos. Terminó convirtiendo al ejército en el único elector de emperadores, y el asesino de la mayoría de ellos. Lo convirtió también en el destructor de ciudades y de ciudadanos.

La despoblación del agro acompañó a la urbanización de los primeros tiempos del Imperio. Pero a medida que languidecía el comercio internacional con la progresiva inflación, el paro llegó a ser elevado en las ciudades, que ahora se replegaban detrás de sus nuevas murallas defensivas. Cuando el dinero perdió valor, y se multiplicaron los soldados y los burócratas, convirtiéndose en la clase privilegiada del Estado, las masas urbanas, constituidas por parados en su mayor parte, tenían que ser compradas «en especie»> mediante un Estado benefactor, con suministros gratuitos de pan, carne de cerdo y diversiones. La anterior clase gobernante de las ciudades -la clase senatorial-, se retiró a latifundios, cada vez mayores, en el campo, a medida que crecieron los poderes estatales en el centro y en las ciudades.

El Estado-los emperadores, naturalmente―llegó a depender cada vez más del favor de las legiones y de los votos de una chusma ociosa, compradas ambas mediante mayores depredaciones de las debilitadas clases de contribuyentes. Cuando el unitario territorio económico, defensivo, administrativo y legal del Imperio comenzó a desintegrarse en civitates feudales autosuficientes, alrededor de las ciudades recién amuralladas, se desintegró con ello toda una civilización. Se dispersó, a partir del terrible siglo tercero, en los ambiguos contornos de las naciones europeas modernas, y en nuestras actuales diócesis eclesiásticas de la Europa occidental y Oriente Medio. La misma palabra «<diócesis» data de aquella época. Este proceso de dispersión duró lo menos dos siglos, y hay quien dice que llegaron a tres.

Este proceso no se detuvo nunca, y se vio acelerado y acompañado por la presión progresiva de la imposición sobre los individuos-, más allá de lo que podían soportar sus «juicios de valor», a través de un Estado cada vez más centralizador. Al final, el Estado y la civilización se desperdigaron en fragmentos, pero no por las invasiones bárbaras-los bárbaros intentaron incluso mantener la civilización que admiraban-, sino porque no había quien defendiera su integridad. Esta integridad se vio inflada de tal forma que desapareció, siendo de todo punto imposible su defensa.

La política de favoritismo

En segundo lugar, tras la centralización sin conciencia de toda la vida económica y administrativa, existía una causa política antecedente. La política se ocupa, en última instancia, del ejercicio del poder sobre seres humanos organizados en sociedad por el propio poder. La centralización del poder estatal-en casi todos los aspectos de la vida-prosiguió desde los tiempos de Augusto hasta el colapso, que ocurrió en el siglo quinto. Podía mantenerse centralizado únicamente mediante un continuo proceso de favorecimiento fiscal y financiero al poder que había elevado al trono a los emperadores, los había mantenido en él y echado después bruscamente; es decir, el ejército. Los gravosos impuestos que recaían sobre una minoría de contribuyentes, además de producir el envilecimiento de la moneda, ofreció a las legiones y a la burocracia una ventaja sobre todas las demás clases, hasta que hicieron saltar en pedazos el Imperio. Solamente una pequeña clase privilegiada-la senatorial-mantuvo sus anteriores ventajas pari passu, desprendiéndose de su tradicional tarea de gobierno y «volviendo a la tierra». Fue así la antecesora de los señores feudales.

La mayoría de los contribuyentes vivían en las ciudades. Todos ellos constituían una minoría pequeña, pero económicamente importante y productiva. Al aumentar sus cargas, los corps d'élite de los decuriones preferían sencillamente la esclavitud, la huida o la llegada de los bárbaros. Esto asestó un golpe mortal al tráfico, al comercio, al capital y a las ciudades. Fuera de las ciudades, en el campo, los legionarios en sus campamentos y los mayores terratenientes senatoriales en sus latifundios, quedaban exentos de impuestos. De esta forma, el progresivo envilecimiento de la moneda y la imposición penalizadora para asegurar el poder y el apoyo político, terminaron en la degradación y desintegración del Estado. Fue una gran paradoja. El mismo poder, en definitiva, desertó del Estado, el centro, y se fue a las pequeñas localidades. Así surgieron los tiempos oscuros de la Edad Media, de servidumbre y de clases.

Gobierno de conveniencia

Pero hay un tercer factor, raras veces mencionado por los historiadores de economía. Es la paradoja inherente a este proceso inflacionista: el «comportamiento contradictorio» de gobiernos que incurren persistentemente en la inflación. Se puede decir-del Imperio romano y de otros muchos gobiernos inflacionistas que tales gobiernos deshacían con la misma rapidez con su mano izquierda lo que estaban tratando de hacer con la derecha. Atacaban siempre -en realidad siguen haciéndolo desde hace siglos— los síntomas superficiales en lugar del mal. Tal fue el conocido Edictum de Pretiis, del año 301 de nuestra era, de Diocleciano, que proclamaba como crimen capital elevar los precios en cualquier lugar del Imperio, y nos dejó (puede consultarse en el reciente ejemplar de Tenney Frank) una sobria normalización de todos los bienes de consumo y de capital (desde los carruajes y caballos hasta la ropa interior femenina), sus calidades y precios, en todo el mundo civilizado entonces conocido. No obstante, aquel decreto fue abandonado al cabo de dos años, como algo fracasado e inaplicable. No todos los burócratas, soldados y policías bajo dos Augustos y dos Césares, pudieron cortar el número de cabezas que tenían que haber caído. Las leyes económicas y la naturaleza humana derrotaron incluso a Diocleciano.

Hacia el año 365 de nuestra era el emperador Valentiniano I se enfrentó incluso con peores problemas económicos, fiscales y administrativos que los de su gran predecesor Diocleciano. La carga de los impuestos sobre los decuriones de las ciudades se había hecho tan pesada que civitates completas-es decir, no sólo la ciudad amurallada, sino la amplia área suministradora de su alrededor-quedaron rápida y crecientemente sin curiae o gobierno local alguno. La razón fue, naturalmente, que los decuriones de las curiae eran responsables legal y personalmente de recaudar los impuestos. Como es lógico, a medida que crecieron las enormes cargas fiscales del Estado, altamente centralizado, los decuriones «huyeron». Es decir, ellos realizaron las primeras commendationes reales o servicios voluntarios personales de las épocas feudales. Huyeron hacia los ricos terratenientes de las grandes fincas rurales. Llegaron a ser sus colonos o sus esclavos. Huyeron incluso hacia los bárbaros; y se formó una fuerte quinta columna―como diríamos ahora-con la élite educada de la ciudad, correspondiente a la clase de los decuriones, ya que intrigaron para que entraran los bárbaros en las ciudades occidentales sucesivamente y en sus distritos.

El breve epílogo sobre El declive económico del mundo romano, basado en las dos últimas conferencias de Tenney Frank, a principios de 1939, en Oxford y Londres, y que cierra el quinto volumen de su Economic Survey of Ancient Rome, contiene cuestiones dolorosamente familiares para la experiencia contemporánea:

*El gobernante cuyas innovaciones económicas fueron en definitiva más desastrosas para el Imperio fue Septimio Severo... El hecho importante es que los derechos de los ciudadanos a la independencia y a la propiedad quedaron en entredicho, y se inculcaron hábitos de autocracia... La devastación descrita no fue debida a una revolución comunista enfrentada con una cultura antigua; fue debida a la falta de un gobierno eficiente como centro del Estado... No era posible recuperación alguna a no ser me diante el absolutismo de Diocleciano... Típico de su régimen es la imposición de un límite máximo, tanto sobre el precio de todas las mercancías en venta como sobre la cuantía de todos los salarios, con objeto de mantener los salarios tan bajos como fuera posible y controlar los ingresos de la industria. El propósito manifiesto era el de cortar la especulación cuando el Estado inflaba la moneda, pero Diocleciano atacó al resultado inevitable, no a la causa, de la inflación... Estado que salvó en condiciones tales que es discutible si merecía la pena salvarlo. Al menos, cuando llegaron los bárbaros los habitantes del Imperio dudaban en este sentido, y muchos de ellos estaban contentos de rendirse, en la creencia de que cualquier régimen nuevo no podría ser peor que el que habían soportado.>>

Desesperado, Valentiniano I-que en modo alguno fue tonto, y sí un bravo emperador, sin duda-decretó que los lictores habrían de traerle tres cabezas de decuriones de cada «curia», de toda una provincia, para que sirviera de ejemplo (volviendo al decreto de Diocleciano sobre los precios, como venganza). Cierto prefecto de la provincia, llamado Florentius, se dice que replicó a esto: «¿Quiere su clemencia tener la bondad de ordenar qué hemos de hacer en los casos de aquellas «curias» en las que ya no quedan ni tres decuriones? La respuesta fue sencilla y, de acuerdo con el cronista, concisa. La orden del emperador fue revocada-como el edicto de Diocleciano sesenta años antes-. Pero para estas fechas, el mayor Imperio de la historia europea se encontraba ya en la mayor ruina, quedándole solo cincuenta años de vida hasta su colapso total. Después de más de milenio y medio, las reverberaciones de este hecho aún no han desaparecido.


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miércoles, 2 de septiembre de 2026

Una nota sobre la cultura y la política - Thomas Stearns Eliot -MHPLO



La política, sin embargo, no le ocupó tanto que le impidiera dedicar su pensamiento a cosas de mayor importancia.


Comentario de SAMUEL JOHNSON sobre GEORGE LYTTELTON.


Observamos actualmente que la "cultura" atrae la atención de los políticos; no que los políticos sean siempre "hombres cultos", sino que la "cultura" está considerada tanto como un instrumento de política, y como algo socialmente conveniente cuya promoción concierne al Estado. No sólo oímos, en las altas esferas políticas, que las "relaciones culturales" entre las naciones son de gran importancia, también vemos que se fundan organismos y se nombran funcionarios especialmente para atender a dichas relaciones, que se supone fomentan la concordia internacional. El hecho de que la cultura haya llegado a ser, en cierto sentido, un departamento de la política, no debe hacernos olvidar el hecho de que en otros períodos la política ha sido una actividad realizada dentro de una cultura, y entre representantes de diferentes culturas. Por tanto, no es impertinente el intentar señalar el lugar de la política dentro de una cultura unida y dividida de acuerdo con la clase de unidad y división que hemos estado considerando. Podemos suponer, creo, que en una sociedad así constituida el ejercicio de la política y un interés activo en los asuntos públicos no serían actividades comunes a todos los individuos, o a todos en la misma proporción; y que no todos deberían interesarse, excepto en los momentos de crisis, en la dirección de la nación como conjunto. En una sociedad saludablemente regional, los asuntos públicos interesarían a todos, o a la gran mayoría, sólo dentro de unidades sociales muy pequeñas; y sería la ocupación de un progresivamente menor número de hombres en las unidades mayores dentro de las cuales la menor estaría comprendida. En una sociedad saludablemente estratificada, los asuntos públicos serían una responsabilidad desigualmente repartida; una mayor responsabilidad sería heredada por aquellos que heredaran yentajas especiales, y en quienes el interés propio, y el interés por mor de sus familias, debería combinarse con el espíritu público. La élite gobernante, de la nación como conjunto, consistiría en aquellos cuya responsabilidad fuera heredada con su bienestar material y su posición, y cuyas fuerzas fueran constantemente aumentadas, y frecuentemente dirigidas, por el surgimiento de individuos de talento excepcional. Pero cuando hablamos de una élite gobernante, debemos ponernos en guardia para no pensar en una élite bruscamente separada de las otras élites de la sociedad.


La relación de la élite política - con lo que queremos significar los miembros dirigentes de todos los grupos políticos efectivos y reconocidos; pues la supervivencia de un sistema parlamentario requiere un constante comer con la oposición 1 con las otras élites sería expuesta en forma grosera si se la describiera como la comunicación entre hombres de acción y hombres de pensamiento. Una división señalada entre el pensamiento y la acción no es más apropiada para la vida política que para la religiosa, donde el contemplativo debe tener su propia actividad, y el sacerdote secular no debe ser completamente ajeno a la meditación. No hay plano de la vida activa en que pueda omitirse el pensamiento, excepto en el de la meramente automática ejecución de órdenes; y no hay especie alguna de pensamiento que carezca completamente de efectos sobre la acción.


He mencionado en otra parte que una sociedad está en peligro de desintegrarse cuando hay falta de contacto entre personas de diferentes esferas de actividad, entre las mentes políticas, científicas, artísticas, filosóficas y religiosas. Esta separación no puede ser reparada simplemente por la organización pública. No es cuestión de reunir en comisiones a los representantes de diferentes tipos de conocimiento y experiencia, de llamar a todos para aconsejar a los demás. La élite debe ser algo diferente, algo compuesto en forma mucho más orgánica que un jurado de bonzos, caciques y tycoons. Los hombres que se reúnen únicamente para determinados fines serios, y en ocasiones oficiales, no llegan a conocerse enteramente. Pueden estar sinceramente preocupados por algún problema común; pueden llegar, en el curso de contactos repetidos, a compartir un vocabulario y un idioma que parecen comunicar todas las inflexiones de significado necesarias para su fin común, pero continuarán retirándose de estos encuentros cada uno hacia su particular mundo social y, asimismo, a su mundo solitario. Todos han observado que las posibilidades del silencio satisfecho de una mutua y feliz consciencia cuando se está ocupado en una tarea común, o la profunda seriedad y significación al disfrutar de un chiste tonto, son características de toda estrecha intimidad personal; y la congenialidad de cualquier círculo de amigos depende de una convención social común, un ritual común, y los placeres comunes de la informalidad. Estos auxiliares para la intimidad no son menos importantes para la comunicación del significado en palabras, que la posesión de un tema común sobre el que están informadas las distintas personas. Es lamentable para un hombre que sus amigos y las personas con quienes está relacionado comercialmente pertenezcan a dos grupos inconexos; es también limitador cuando forman un mismo grupo.


Tales observaciones acerca de la intimidad personal no pretenden ser originales; la única novedad posible está en llamar la atención sobre ellas en este contexto. Señalan la conveniencia de una sociedad donde las personas de cada actividad superior puedan encontrarse sin hablar meramente de asuntos de su especialidad, o preocuparse cada uno de hablar de la especialidad propia. Para poder estimar correctamente a un hombre de acción debemos conocerlo; o, por lo menos, tenemos que haber conocido un número suficiente de hombres de ocupación similar para poder opinar acertadamente sobre una persona que no conocemos. Y el conocer a un hombre de pensamientos y formar una impresión de su personalidad puede ser muy útil para juzgar sus ideas. Esto no es enteramente inadecuado ni siquiera en la esfera del arte, aunque con reservas importantes, y aun cuando las impresiones de la personalidad de un artista frecuentemente afectan la opinión sobre su trabajo en forma bastante impropia; pues todo artista debe haber observado, que aunque un reducido número de personas no gusta de su trabajo en forma más intensa después de conocerlo, también hay muchos que tienen una actitud más amistosa hacia su trabajo si les resulta persona simpática. Esta ventaja persiste no importa cuánto pueda ofender la razón, y a pesar de que en las sociedades modernas de grandes poblaciones es imposible que todos se conozcan entre sí.


En nuestra época, leemos demasiados libros nuevos o nos oprime la idea de los libros nuevos que dejamos de leer; leemos muchos libros, porque no podemos conocer a suficientes personas; no podemos conocer a todos aquellos que nos convendría conocer, porque son demasiados. Por consiguiente, si tenemos la facilidad de poder formar palabras ý la fortuna de verlas impresas, nos comunicamos escribiendo más libros. Con frecuencia es a aquellos escritores que tenemos que conocer, cuyos libros podemos ignorar, y cuanto mejor los conozcamos personalmente, menos necesidad tendremos de leer lo que escriben. No sólo estamos coartados por el exceso de libros nuevos; nos molesta además el exceso de periódicos, informes y panfletos de circulación privada. En el intento de mantenernos enterados de las más inteligentes de estas publicaciones podemos sacrificar las tres razones permanentes para la lectura: la adquisición del saber, el placer del arte y el goce de la diversión. Mientras tanto, el político profesional está demasiado ocupado para disponer de tiempo para la lectura seria, aun la que se refiere a política. Su tiempo es demasiado reducido para el intercambio de ideas e informaciones con hombres que se distinguen en otras esferas de la vida. En una sociedad más pequeña (una sociedad, por tanto, que está menos febrilmente ocupada) podría haber más conversación y menos libros, y hallaríamos la tendencia de la que es un ejemplo este ensayo propia de aquellos que han adquirido alguna reputación, a escribir libros que están fuera de la materia en la que han ganado dicha reputación.


Es improbable, entre toda la masa de material impreso, que las obras más profundas y originales lleguen al conocimiento o provoquen la atención de un público grande, o, siquiera, de un número considerable entre los lectores que están en condiciones de apreciarlas. Las ideas que adulan una tendencia o actitud emocional corrientes son las que llegarán más lejos; y otras serán falseadas para adaptarse a lo que ya está aceptado. El residuo que queda en la mente del público difícilmente será una destilación de lo mejor y lo más sabio; es mucho más probable que represente os prejuicios comunes de la mayoría de los editores y comentadores. De esta manera se forman las idées reçues -más exactamente los mots reçus que, debido a su influencia emocional sobre aquella parte del público que es influído por el material impreso, deben ser tomadas en cuenta por el político profesional, y tratadas con respeto en sus discursos públicos. Es innecesario, para la recepción simultánea de estas "ideas", que sean consistentes entre sí; y, no importa cuánto se contradigan unas a otras, el político práctico debe manejarlas con tanta deferencia como si fueran las obras de una sagacidad informada, las intuiciones del genio, o la sabiduría acumulada por el tiempo. Por regla general, no ha inhalado la fragancia que pueden haber tenido cuando estaban frescas; sólo las huele cuando ya hieden.


En una sociedad graduada en tal forma que tenga varios niveles de cultura, y varios niveles de poderes y autoridad, el político podría estar restringido, por lo menos, en su uso del lenguaje, por su respeto hacia el criterio, y su temor al ridículo, de un público más reducido y más crítico, entre el cual se mantuviera alguna norma de estilo en la prosa. Si también fuera una sociedad descentralizada, una sociedad en que las culturas locales continuaran floreciendo, y donde la mayoría de los problemas fueron problemas locales que permitieran que las poblaciones locales se formaran una opinión mediante su propia experiencia y la conversación con sus vecinos, las expresiones políticas también tenderían, quizá, a manifestar una mayor claridad y serían susceptibles de menos variaciones de interpretación. Un discurso local sobre un asunto local tiene más probabilidades de ser inteligible que un discurso dirigido a toda una nación; y observamos que la mayor mezcolanza de ambigüedades y obscuras generalizaciones se encuentra, generalmente, en los discursos dirigidos al mundo entero.


Es siempre conveniente que parte de la educación de aquellas personas que, ya nazcan dentro de los grados políticos de la sociedad, o estén calificadas por su capacidad para entrar en ellos, sea la instrucción en la historia, y que una parte del estudio de la historia sea la historia de la teoría política griega. La ventaja del estudio de la historia griega y de la teoría política griega, como preliminar al estudio de otra historia y otra teoría, es su manejabilidad; se ocupan en una zona pequeña, con hombres más que con masas, y con las pasiones humanas de los individuos más que con aquellas vastas fuerzas impersonales que en nuestra sociedad moderna son una conveniencia necesaria del pensamiento, y cuyo estudio tiende a obscurecer los estudios de los seres humanos. Más aún, el lector de la filosofía griega tiene pocas probabilidades de ser demasiado optimista acerca de los efectos de la teoría política; pues observará que el estudio de las formas políticas parece haberse originado del fracaso de los sistemas políticos; y que ni Platón ni Aristóteles se interesaban mucho por los pronósticos, ni eran muy optimistas con respecto al porvenir.


La clase de teoría política que se ha originado en épocas bastante recientes se interesa menos por la naturaleza humana, a la que se inclina a tratar como algo que siempre puede ser plasmado nuevamente para adaptarse a la forma política que se considere más conveniente. Sus verdaderos datos son fuerzas impersonales que pueden haberse originado en el conflicto y combinación de las voluntades humanas pero que han llegado a reemplazarlas. Como parte de la disciplina escolar para los jóvenes, sufre de varios defectos. Tiende, por supuesto, a formar mentes que estarán reguladas para pensar sólo en términos de fuerza impersonales e inhumanos, y, con ello, a deshumanizar a los estudiantes. Por ocuparse en la humanidad solamente como masa, tiende a separarse de la ética; por ocuparse solamente en aquel período reciente de historia durante el cual puede mostrarse más fácilmente que la humanidad ha sido dominada por fuerzas impersonales, reduce el apropiado estudio de la humanidad a los últimos doscientos o trescientos años. Con demasiada frecuencia inculca una creencia en un porvenir inflexiblemente determinado y al mismo tiempo en un porvenir que estamos enteramente libres de plasmar como se nos antoje. El pensamiento político moderno, inextricablemente ligado con la economía y la sociología, se otorga a sí mismo la posición de reina de las ciencias. Porque las ciencias exactas y experimentales se estiman de acuerdo con su utilidad, y se valoran mientras produzcan resultados; ya sea para hacer la vida más cómoda y menos laboriosa, ya sea para tornarla más precaria y terminar con ella más rápidamente. La cultura misma se considera ya como un producto secundario insignificante, que puede ser dejado solo, o como un sector de la vida que debe organizarse de acuerdo con el plan determinado que goza de nuestro favor. No estoy pensando solamente en las filosofías más dogmáticas y totalitarias de la actualidad, sino en las concepciones que informan el pensamiento de cada país y que tienden a ser compartidas por los partidos más opuestos.


Un documento importante en la historia de la dirección política de la cultura será un ensayo de León Trotsky, Literature and Revolution, del que apareció una traducción inglesa en 1925 ¹. La convicción, que parece estar profundamente arraigada en la mente moscovita, de que el papel de la Madre Rusia sea el de contribuir no solamente. con ideas en formas políticas, sino con una manera total de vida para el resto del mundo, ha hecho mucho para que seamos más conscientes de la cultura en el sentido político. Pero ha habido otras causas fuera de la Revolución Rusa para esta consciencia. Las investigaciones y teorías de los antropólogos han desempeñado su papel, y nos han conducido a estudiar las relaciones de las potencias imperiales y los pueblos sometidos, con una atención nueva. Los gobiernos son más conscientes de la necesidad de tomar en cuenta las diferencias culturales; y en el grado en que la administración colonial es controlada desde el centro imperial, estas diferencias llegan a ser de importancia cada vez mayor. Un pueblo aislado no tiene consciencia de poseer "cultura" alguna. Las diferencias entre las diversas naciones europeas en lo pasado no eran lo suficientemente amplias como para que sus pueblos vieran sus culturas como diferentes hasta el punto del conflicto y la incompatibilidad; la consciencia cultural como medio de unir una nación contra otras naciones fué explotada primero por los últimos gobernantes de Alemania. Hoy, hemos llegado a ser culturalmente conscientes en una forma que alimenta al nazismo, comunismo y nacionalismo, todos juntos; en una forma que subraya la separación sin ayudarnos a vencerla. 


1´´  Publicado por International Publishers, Nueva York. Es un libro que merece la reedición. No da la impresión de que Trotsky fuera muy sensible a la literatura; pero era, desde su propio punto de vista, muy inteligente en lo que a ello se refiere. Como en todos sus escritos, el libro está recargado con la discusión de personalidades rusas menores, a las que el extranjero ignora y en las que no tiene interés; pero este exceso de detalles, aun cuando contribuyan a dar un sabor regional, da a la obra mayor apariencia de autenticidad, como si hubiera sido escrita más para emitir sus propias opiniones que teniendo en cuenta un auditorio extranjero.

miércoles, 26 de agosto de 2026

Sobre el valor de los cambios - Leszek Kolakovski -

 


Sobre el valor de los cambios - Leszek Kolakovski

Aquella permanente lucidez que nos impide conformarnos de un modo demasiado rápido y ligero con situaciones aparentemente inevitables no concierne sólo a aquellas cosas inevitables que resultan insoportables y dolorosas, sino también a aquellas otras que aceptamos sin resistencia y que por el momento son satisfactorias.

Pues y esto es también una verdad trivial, confirmada por múltiples experiencias las situaciones satisfactorias se vuelven con frecuencia insoportables debido simplemente a su larga duración, ya que el sentimiento del sentido de la vida es tanto más intenso cuanto más contamos con el cambio de destino, cuanto más razones tenemos para esperar algo inesperado, cuanto menos previsible es, por tanto, el destino individual en su curso aún no cumplido.

No busquemos ahora las causas de esa ley. Tan sólo queremos registrarla como un fenómeno de psicología social. Tal ley no se halla en contradicción con la regla anterior de la limitación de lo reconocidamente inevitable, como pudiera parecer al tener en cuenta el hecho de que lo inesperado tampoco depende de nosotros. En efecto, la afirmación de lo inevitable sólo tiene sentido en relación con situaciones conocidas; y cuando se sobrevalora el destino futuro precisamente porque es desconocido y porque aún no tiene rostro, esto no significa en modo alguno que se acepten como necesarias todas las situaciones futuras. El deseo de cambios no significa una predisposición a entregarse abúlicamente al destino, sino el deseo de una materia nueva que uno mismo pueda configurar. La vida claramente previsible, la vida manifiesta en todas sus perspectivas futuras, se convierte también en algo triste, ya que nos preserva de todos los grandes golpes del destino. Por ello las épocas que no prometen cambios y que colocan a los individuos en una situación de calma son las que suscitan casi siempre actitudes escapistas y, con ellas, la tendencia a buscar esperanzas imaginarias y emociones ficticias cuya finalidad consista en llenar con algo la deficiente existencia real. El reflejo psíquico del estancamiento es el aburrimiento, el fantasma de Baudelaire, la fuerza poderosa de la desintegración vital, que lleva a preferir las modificaciones negativas a la permanente inmovilidad:

Nous voulons, tant ce feu nous brûle le cerveau, Plonger au fond du grouffe, Enfer ou Ciel -qu'importe? Au fond de l'Inconnu pour trouver du nouveau!

Todo esto no significa, naturalmente, que la búsqueda apasionada de lo desconocido, la pecaminosa libido novi (con cuya condenación comienza la famosa encíclica de León XIII Rerum novarum), representa una actitud universalmente extendida y que sean pocos los que consideren como un ideal atrayente y sugestivo precisamente la monotonía atascada en ritmos constantes, el mundo cerrado y petrificado de la vida diaria (la cual se repite una y otra vez de idéntica manera, embotada en sus reacciones y asustada ante toda nueva sorpresa), y piensen, en cambio, que la vida abierta constituye un abismo de las tentaciones demoníacas.

Tampoco preguntamos cuál de estas orientaciones vitales, objetivamente consideradas en sí mismas, es mejor. El sentimiento de plenitud de sentido de la vida se puede encontrar también en la perseverancia de sus situaciones. En lo que respecta a la jerarquía de los valores, acaso éste no sea peor que otros sentimientos, pero es más pobre y siempre menos intenso y creador en sus efectos que el sentimiento de plenitud de una vida vivida siempre tan sólo como provisional, expuesta a la crítica por parte de los nuevos valores y amenazada en todo momento por la negación.

Desde el punto de vista de la aspiración a una «vida con sentido», esta contraposición entre la actitud pequeño-burguesa y la actitud revolucionaria, entre el modo cerrado y el modo abierto de asimilar la vida exterior, entre la tendencia a la fijación y a la afirmación de la situación vigente y el espíritu de negación y de crítica, constituye la expresión de un antagonismo universal que actúa en cada época y en cada esfera de la vida social: es el antagonismo entre las fuerzas de la conservación y de la inercia, por un lado, y las fuerzas de la creación eruptiva, por otro; cada una de las cuales engendra sus propios ideales éticos y sus propias formas socialmente fijadas, en los cuales viven los hombres su existencia individual. Para el hombre particular, la previsión total o casi total del futuro constituye una especie de muerte y, en verdad, una de las muertes más reales. Y el que contempla su ideal de vida en esa previsión (y ése es precisamente el aspecto que ofrece la imagen cristiana popular del Paraíso celestial), padece la muerte más dolorosa y suicida, pues se ha privado a sí mismo del futuro. Lo inevitable, que no debemos aceptar ni por hábito social ni por la fuerza de los hechos, aparece, de todos modos, en múltiples formas, muchas de las cuales son consecuencia de los azares que le sobrevienen al hombre en su vida individual. Cuando su peso se torna demasiado oprimente y cuando la posibilidad de influir sobre el propio destino resulta demasiado limitada, surge la tendencia natural a buscar el sentido de la vida en cualquier cosa, si es que la vida ha de ser en absoluto proseguida. De esta manera, un hombre a quien una enfermedad incurable atenaza al lecho pasa sus últimos años entretenido con cálculos acerca de cómo construir un reloj de sol de bolsillo exacto; una historia, ciertamente, no poco triste, pero tampoco demasiado pesimista. Una pasión, aunque socialmente inútil, se vuelve valiosa por el mero hecho de que otorga un sentido a la vida de un individuo impedido por una enfermedad física incurable, la cual no ofrece ya, aparentemente, ninguna perspectiva. Pero también conocemos casos en que grandes pasiones han llevado a cabo una lucha socialmente creadora contra golpes del destino que aparentemente imposibilitan toda actividad al hombre: Beethoven, Nicolás Ostrovski. Esto nos hace pensar que existen medios para «<llenar de sentido» incluso una vida tan torturada por las contrariedades del destino, aunque, por desgracia, eso no se puede alcanzar con ayuda de sermones morales ni en ausencia de alguna inspiración espontánea y viva que se oculte en tal hombre.

Lo que le arrebata al ser humano llevar una vida llena de sentido son aquellas circunstancias de la existencia social que, con toda evidencia, nos. hacen tener una insoportable conciencia de nuestra propia impotencia frente al destino, el cual se nos aparece como una fuerza irracional y ciega: las épocas sin esperanza, los tiempos de una tiranía prolongada o de un gran terror. También estas épocas crean con frecuencia valores estables: la desesperanza de la vida en la Rusia zarista suscitó los talentos volcánicos de SaltikovShchedrin, de Gogol y de Dostoievski. Sin embargo, consideradas las cosas a un nivel social amplio, el sentimiento de impotencia frente a las circunstancias de la vida social crea naturalmente en los hombres diversas formas de actitud fatalista, les impone una visión del mundo como un absurdo siniestro, engendra una vida que es percibida como carente de sentido o, al revés, hace que los hombres sucumban con facilidad a consignas engañosas y falsas. Si la pregunta de Fallada: «Pobre hombre, ¿y ahora qué?», se convierte en una fuerza social, entonces el hombre puede sucumbir fácilmente a ideologías fascistas que, entre otras cosas, han creado la técnica para calmar, con mitología y con crímenes, el hambre socialmente viva de esperanza. Cuando la realidad del imperialismo mostró el rostro irracional, estúpido y amenazador de un monstruo grotesco, esa misma realidad creó la visión del mundo como una broma macabra y sin sentido, la visión del mundo de Kafka y de Céline, y engendró una conciencia sin ilusiones ni esperanza, una vida absurda.