lunes, 12 de octubre de 2026

Política experimental - Distribucion de la Riqueza - Sir Thomas Raleigh - 1886

 

Reading the News (1850), David Wilkie


En una comunidad bien ordenada, la riqueza debe ser producida en cantidad suficiente y distribuida de modo que asegure un decoroso término de comodidad. Todo el que puede trabajar, debe trabajar; pero ninguno excesivamente. Todo trabajador honrado debe tener lo bastante; ninguno debe ser extraordinariamente rico. Es preciso convenir en que aún falta mucho camino para llegar al ideal. Producimos gran cantidad de riqueza; pero aun nos toca quejarnos por la pobreza y el vicio. Antes de estudiar las causas de este estado de cosas, es necesario establecer varios principios generales, que forman la base de toda economía política sana.

Ley de población

El hombre, á semejanza de otros animales, tiende á multiplicarse más allá de sus medios de subsistencia. No obstante, á diferencia de los otros animales, puede emanciparse de esta tendencia con previsión y dominio de sí mismo, cuidando de no casarse ni tener hijos hasta no estar en condiciones de sostenerlos. Para desgracia de todos, la previsión y el dominio de sí mismo no son generales; las personas más pobres son las menos cuidadosas en asuntos de matrimonio y paternidad. He aquí la razón de que haya muchos pobres, aun en comarcas ricas. Esta consideración constituye el fundamento de la doctrina de Malthus. Ella es tan sencilla y tan cierta, que para combatirla se necesita salirse de la cuestión como han hecho de varias maneras autores distinguidos. Algunos suponen que Malthus ha dicho que la población va por necesidad más allá de los medios de subsistencia. Pero para el hombre no hay necesidad en esto. El matrimonio es un acto voluntario.

Otros afirman que la tierra produciría abundantemente para todos si supiéramos distribuir con más igualdad la riqueza. Mas cabe responder á esto que el hombre tiene que vivir de la riqueza que posee, no de la que podría poseer en circunstancias más favorables. Supóngase que Irlanda, cultivada debidamente, puede sostener doble de su población actual. ¿Qué influye esto en la cuestión de si un campesino debe casarse con la sola esperanza de heredar media fanega de tierra? Supóngase que, en efecto, la riqueza de Londres está absorbida injustamente por capitalistas y fuertes propietarios... ¿Signifia esto algo para que un obrero pueda casarse á los diez y ocho años con tres pesetas de jornal?

Algunos dicen que Dios, que dió la boca, dió el alimento para hartarla, ó le daría, si no fuese interceptada por propietarios capitalistas y malos gobiernos. Pero el hecho es que Dios creó millones de bocas sin señalar á cada una el alimento; y que esto sucede con el hombre como con todo el reino animal. Ignoramos por qué las cosas son así; ello constituye parte del misterio del dolor y del mal, que la inteligencia humana no penetra. Sin embargo, el hecho es suficientemente claro para todos los efectos prácticos.

 

El interés personal y la independencia

 

La riqueza que necesita una comunidad civilizada, exige gran cantidad de trabajos duros y desagradables. Hay hombres que trabajan duramente por amor al trabajo ó por deseo de ser útiles á sus semejantes. Mas estos hombres son excepcionales; en tesis general, no se trabaja sino por la esperanza del provecho ó el temor á la necesidad. Dedúcese de aquí que si se priva al hombre totalmente de esa esperanza ó se le libra enteramente de ese miedo, la producción se resiente y el nivel general de la modidad baja.

He aquí la doctrina del interés personal, del que se ha hablado con dureza tan extremada. Los economistas han considerado á veces dicho interés como un principio, pero es más exacto considerarle como un hecho. Quizá no han tenido el suficiente cuidado de observar que el interés personal, por indispensable que sea, contiene siempre un elemento peligroso. Hay hombres para quienes la esperanza de provecho se aguza con la avaricia; hay otros sobre los que el miedo pesa siempre, haciéndoles esclavos del apetito y de la necesidad. Reconocido el interés personal como un hecho, reconozcamos también que es uno de los hechos que deben ser reformados.

En el criterio de un buen ciudadano, el interés personal afecta la forma elevada que denominamos sentimiento de independencia. El hombre debe ser activo para trabajar y cuidadoso para obtener su pago si quiere vivir honradamente, sin sujeción á la comunidad ni á los conocidos.

Propiedad

La propiedad privada y la libre contratación son los fundamentos de la distribución actual de la riqueza. Debemos, pues, examinar estos principios antes de acometer su estudio más profundo.Un particular puede poseer muebles ó inmuebles en cantidad indefinida, y nadie está obligado á dar ó prestar lo que le pertenece, salvo cuando le convenga. Esto depende, en parte, de nuestro instintivo amor á la propiedad. Quienes la poseen, gustan de conservarla, y aun los que nada tienen piensan hacer, en su día, lo que gusten con su propiedad, cuando la adquieran. Pero, además, la ley protege la propiedad privada por otras razones: por responder á muchos fines sociales importantes.

En primer lugar, es una base poderosa de la independencia de la familia. Quien tiene propiedad en dinero ó fincas, puede evitar á su mujer y á sus hijos el peligro de la necesidad. Sin propiedad, la familia perdería la mitad de lo que significa como unidad moral de una sociedad bien ordenada. La familia es para el hombre, en general, un motivo desinteresado para cumplir su deber. Pocos son capaces de trabajar mucho por simple filantropía; pero casi todos podemos trabajar por aquéllos que tienen derechos naturales sobre nosotros.

Además, hay muchas cosas relacionadas con la administración de la tierra y del capital que los particulares, realizan mejor, por su propio riesgo y por su utilidad. Antiguamente, cuando la tierra se cultivaba en común, bajo reglas estrictamente consuetudinarias, se cultivaba mal; y, como hemos visto, los buenos agricultores no quisieron que su tierra pasase á otras manos y dieron origen á la propiedad privada. Por otra parte, para volver ahora al sistema de derechos comunes, no adoptaríamos reglas consuetudinarias, sino políticas, establecidas por el estado é impuestas por sus funcionarios; todos sabemos que los funcionarios son hoy menos activos, menos frugales y menos amantes del progreso que cualquier industrial.

Si un comerciante no cubre sus gastos y descubre algo que otros necesitan adquirir, lo publica en la prensa. Pero un secretario de Estado puede tener cincuenta empleados innecesarios y despedir á todos los que no necesita sin temor á ser avergonzado en la prensa. Algunos hablan del Estado como si pudiera hacerlo todo; pero hay operaciones sencillas que es casi incapaz de realizar. Veamos algunos ejemplos:

 

1.º Ahorro y colocación del capital.-Hay una gran disipación constante del capital; pero esta pérdida se repara por la acción de los individuos que ahorran parte de sus ingresos para emplearlos provechosamente. Si la renta y el interés se suprimieran, se acabaría el ahorro, y el Estado tendría que economizar una parte de sus ingresos para las reparaciones del capital fijo, etc. Pero el Estado no puede ahorrar; y los gobiernos populares, sobre todo, no pueden atender fácilmente á esto. Hay muchas necesidades apremiantes que un gobierno debe satisfacer urgentemente; en cuanto tiene dinero en sus cajas, ó necesita desarrollar un plan nuevo ó pagar los gastos de alguna guerra anterior ú otra deuda extraordinaria, ó aliviar á sus súbditos del peso de los impuestos. No puede, por consiguiente, confiársele el enorme capital que la industria de cualquier nación civilizada ha menester para su evolución.

 

2.° Inventos y experiencia.-Las mejoras que producen algún beneficio material derivan generalmente de enormes sacrificios de capital y de tiempo. Quien desea conseguir una máquina ó un procedimiento nuevos, necesita emplear su propiedad ó la que otros le faciliten: esto constituye una fortísima garantía contra el abandono de sus proyectos. Mas si el Estado intentase experimentos industriales, lo haría de un modo oficial, cayendo sobre la Tesorería todos sus errores y persiguiéndose sus proyectos mucho después de resultar inútiles.

 

3. Valoración.-En la actualidad, los hombres obtienen de sus servicios ó productos justamente lo que los demás dan por ellos; regla sencilla que soluciona infinitos problemas. Pero la libre compra y venta exige que las cosas vendidas y el precio pagado sean propiedad de los que compran y venden. Sin propiedad, es difícil comprender cómo se dirigirían los complicados cambios de la vida civilizada. Hay quien dice que la propiedad sería innecesaria si todos los hombres trabajaran en proporción de sus facultades y disfrutaran con arreglo á sus necesidades. Esta fórmula sería aceptable en una comunidad donde todos desearan trabajar mucho y consumir solamente lo necesario. Creemos que ninguna de las que existen en la actualidad corresponde á esta descripción.

 

La libre contratación y la necesidad

 

Donde existe la propiedad privada, los que la tienen están sujetos á la censura de sus conciudadanos más pobres y de los políticos que abogan por el menesteroso, porque la propiedad permite obtener una utilidad con independencia de las necesidades de los demás. Realmente, si los propietarios ejercen con rigor sus derechos, obran mal. Pero es imposible establecer ley alguna que lo impida. Si, bajo pretexto de la necesidad, un hombre pudiera pretender tierras, alimentos ó préstamos de capital, fuera de los términos de la libre contratación, las reclamaciones se llevarían presto toda la riqueza de los propietarios.

Estas necesidades no son inevitables, sino creadas por los actos de los hombres. Considérese, por ejemplo, de qué modo se hace á veces indigente una población en Inglaterra. De pronto surge una repentina demanda de mercancías que se producen en cierta ciudad. Los capitales se lanzan á nuevos riesgos; los obreros abandonan sus colocaciones acudiendo allí al anuncio de altos salarios; y, mientras esto dura, los jóvenes dan en casarse prematuramente. Pasa después el periodo de prosperidad; los capitalistas pequeños comienzan á tropezar con dificultades; una turba de obreros queda entonces sin trabajo y en la mayor indigencia. Estos males se deben á la ambición insaciable de los capitalistas por hacer dinero y á la de los trabajadores por disfrutar altos salarios. Mientras no se consiga que unos y otros sean más sufridos y prudentes, la reforma del derecho de propiedad no reportará muchos beneficios. Suponed la industria de una ciudad como la descrita, gobernada por un Consejo, para la administración del bien común: ¿se resolvería así el problema social? Creemos que no. El capitalista avaricioso procuraría ser elegido miembro del Consejo y buscaría medios de conseguir secretamente una fortuna, como los miembros de Juntas revolucionarias lo han verificado en muchas ocasiones. El obrero poco culto votaría para miembros del Consejo á los que ofreciesen el mayor dividendo inmediato. Entre tanto, los dividendos crecidos fomentarían los matrimonios prematuros, y algunos harían á sus amigos y conocidos participar de la prosperidad de la ciudad. Entonces, si el Consejo tenía algunos años malos, el problema social resurgiría en proporciones alarmantes.

La ventaja de nuestro sistema de propiedad y libre contratación, es que hace al hombre responsable de sus necesidades. Cada cual tiene que pensar para qué sirve y cuánto puede ganar por ello. La regla es dura, pero al que puede vivir bajo ella, le va mejor que si su trabajo le fuera determinado y su utilidad repartida por un poder superior.

Los que pretenden destruir el derecho de propiedad bajo pretexto de la necesidad, se equivocan con harta frecuencia por la atención exagerada que prestan á los grandes propietarios. Es duro que un hombre carezca de medios de vida mientras su vecino posee mucha más tierra y capital de lo necesario. No obstante, debe considerarse que la mayor parte de los propietarios no son ricos, sino simplemente bien acomodados. Los pequeños propietarios, no los grandes, son los protectores más eficaces y decididos de la propiedad. Si un obrero se hace dueño de una hacienda que no quiere cultivar, no creerá muy justa una ley que reduzca o confisque la renta. Si ahorra dinero para invertirlo, tampoco querrá sujetarse á un Banco Nacional que le diga: «Nosotros tenemos el gusto de tomar vuestro dinero para prestarlo á un virtuoso irlandés que desea consagrarse á la agricultura. Cuando queráis vuestro dinero, confiamos poder devolvéroslo. Pero sin interés alguno, porque hay una ley nueva que dice que la usura es perjudicial».

 

Cómo se distribuye la riqueza

 

Examinando cómo se distribuye la riqueza en una comunidad, se advierte que los ingresos que los individuos disfrutan pueden ser clasificados en grupos: 1. Renta é interés; pagos por el uso de la propiedad. 2.° Sueldos, honorarios y jornales; pagos por servicios prestados. 3.° Utilidades del cambio y especulación.

 

Renta

 

Renta es lo que se paga á los propietarios de la tierra y del capital fijo por su ocupación y disfrute. La cantidad del pago se determina principalmente, según hemos visto ya, por la competencia. El total de la renta que se paga en un país civilizado, aumenta con la prosperidad del mismo. Inglaterra pagaba hace 200 años á los propietarios diez millones de libras; hoy paga sesenta. Sólo que, como la industria es más variada y más poderosa, sus ingresos crecen más rápidamente que la renta, y ésta es cada vez una porción más pequeña del total. Así, hace 200 años la renta era la cuarta parte de los ingresos nacionales; hoy es menos de la vigésima.

Las personas que reciben y tienen interés en la renta, forman varias clases: los propietarios de la tierra, grandes y pequeños; los que disfrutan ingresos á cargo de la tierra, y los que invierten el capital con garantía de la misma. En algunos casos, la renta se divide y en cierto modo se disfraza por pactos especiales. Así, la renta de un colono irlandés comprende generalmente: 1.° La renta que se paga por su propiedad al propietario. 2.° El interés del capital pagado al poseedor saliente por la suya.

¿Qué beneficio del total de la renta debe ser percibido por la comunidad? Esta cuestión ha sido contestada, en parte, bajo el epígrafe general «Propiedad». Muchos propietarios rurales acostumbran á prestar la atención precisa á sus deberes públicos. Los hay, sin duda, que se consagran por completo á la caza y otros entretenimientos, pero otros dedican con laudable diligencia á los negocios del gobierno local. Nuestros magistrados sin sueldo son objeto de muchas críticas, pero son quizá más eficaces y menos costosos que casi todos los funcionarios con sueldo.

 

Interés

Interés es lo que se paga por el uso del capital. Su tipo depende de varias circunstancias. Cuando el prestamista corre el riesgo de perder el capital, lo aumenta en muchas ocasiones para asegurarse contra el riesgo; he aquí por qué los hombres pobres tienen que pagar intereses crecidos cuando piden préstamos. Cuando los que prestan capital son muchos y los que le necesitan son relativamente pocos, el tipo del interés decae. De aquí que en antiguas comarcas ricas en que el capital abunda y la seguridad es corriente, el tipo del interés es bajo. Sin embargo, aunque el tipo decaiga, el capital crece con tanta rapidez y se coloca tan pronto, que el total del interés pagado va siempre en aumento.

En lo que se refiere al beneficio del total de interés pagado percibido por la comunidad, nos remitimos una vez más á lo afirmado bajo el epígrafe Propiedad. Respecto á las personas que reciben el interés, hay varias clases, desde los grandes capitalistas, que sólo prestan fuertes sumas, hasta los pequeños, que sólo economizan é invierten pequeñas cantidades.

 

Sueldos y honorarios

 

Hemos visto que la renta y el interés son cantidades pagadas por el uso de la propiedad. Las que se pagan por servicios prestados pueden ser clasificadas según la naturaleza del trabajo. Los servicios de índole intelectual 6 administrativa se pagan por sueldos anuales ó por honorarios. En general, todos sabemos cómo se determina el tipo de estos pagos.Si se necesita un director de un Banco, se busca un hombre de educación y conocimientos congruentes, colocado entre las primeras figuras del mundo comercial; y su salario se fija con arreglo al modo general de vivir de su clase. Si consultamos á un médico, le pagamos los honorarios exigidos por las reglas de su profesión. Cuando uno posee gran reputación de capacidad, ó sus obligaciones son muy importantes, su sueldo ó sus honorarios han de ser también de igual importancia.

El número de personas dedicadas á una profesión y el de los funcionarios públicos en los países civilizados es, en tesis general, proporcional, y cada vez más, á la población total. Nuestros actos filantrópicos, por ejemplo, y nuestras experiencias de legislación popular producen casi siempre la creación de nuevas plazas; y la difusión de la educación amplía el número de jóvenes que se hallan sin colocación ó corriendo el riesgo de las profesiones.

Salarios

La mayoría de los obreros de cada país vive de jornales, pagados quincenal, semanalmente ó en intervalos más cortos. El total de empleo concedido y de salario pagado está en relación de la cantidad de capital sin empleo y de las ocasiones ofrecidas para invertirlo en forma de obtener un buen tipo de interés y provecho. El tipo del salario, ó en otros términos, el valor cambial del trabajo, depende de varias causas que merecen atención especialísima.

 

Depende, en primer término, del número de personas que pretenden colocación. Cuando los trabajadores son pocos en relación con los trabajos por hacer, el jornal es crecido. En las regiones antiguas, el número de obreros está completo en demasía por el aumento de población: la competencia rebaja entonces considerablemente los jornales.

En segundo lugar, el tipo de los salarios varía según las facultades del obrero. El hombre fuerte, activo y capaz es muy útil al que le emplea; aquél sabe lo que trabaja y éste lo que vale; el salario es, en este caso, naturalmente más elevado. Conviene anotar que el trabajo barato, respecto del que emplea al obrero, no significa trabajo mal pagado. Por ejemplo: A un contratista de un ferrocarril en Italia le es más barato emplear ingleses con altos salarios que italianos por poco precio. Los obreros, por consiguiente, están interesados en mejorar la eficacia de su trabajo. Y si intentan ceder á quien les emplea lo poco que pueden de su dinero, deben recordar que toda regla ó costumbre que hace menos estimable su trabajo, tiende á la largo á disminuir el salario.

Tercero. El tipo del salario no depende sólo de las condiciones de capacidad del obrero, sino también de sus costumbres y modo de vivir. Quien está acostumbrado á buenos alimentos, á casas elegantes y á otras comodidades, quiere ponerse en condiciones de disfrutar el confort más exquisito, desarrollando su independencia y su poder de combinación para obtener una posición poderosa respecto de sus jefes. En los últimos cincuenta años se ha iniciado una notable mejora en los gustos y en las aficiones del pueblo obrero; esta mejora ha asegurado á los trabajadores una porción considerable de la riqueza producida por los modernos métodos de producción. Desgraciadamente, siempre hay obreros que viven miserablemente, que se contentan con la suciedad y el abandono del hogar doméstico y con que sus hijos sean lo mismo que ellos. Si á éstos se les eleva los salarios, viven igual que antes y se embriagan ó juegan parte de su jornal. Gentes de esta índole suelen decir que no tienen más enemigos que ellos mismos. No obstante, en realidad de verdad, son enemigos de todos los obreros, porque rebajan la condición y retrasan la prosperidad de todas las clases trabajadoras.

Cuarto. El tipo del salario depende, en cierto modo, del estado general de la sociedad. Allí donde el trabajo está despreciado, como en los países que tienen esclavos, los obreros sufren depresión. Allí donde el trabajo se admite con igualdad social, la tendencia es á tratar al obrero como se trata á un comerciante ó un funcionario cuya amistad nos halaga. Nótese que el sentido práctico obliga tanto como la amistad á tratar bien al obrero; el buen tratamiento, con tal de que no debilite la independencia, robustece la dignidad personal del hombre y aumenta la eficacia de su trabajo.

Ahora bien, la cantidad distribuida en salarios retribuye debidamente los servicios prestados? He aquí una cuestión dificilísima, en la que conviene guardarse de aceptar la respuesta dada comúnmente a primera vista. Algunos dicen que los salarios son justos porque se fijan por libre contratación. Mas cuando hay propiedad de una parte y necesidad de otra, la libre contratación no es siempre justa. Hay casos en que la ley dice, é indiscutiblemente debe decir: «Esto es un contrato, las partes lo regularán». Mientras que el juicio moral dice: «El contrato puede ser legal, pero no es justo».

 

Hay otros que sostienen que el salario es siempre, 6 casi siempre, injusto. Dicen que la riqueza se produce por el trabajo, y que, por consiguiente, toda la riqueza de un país pertenece de derecho á los trabajadores. Este argumento procede de un sentido totalmente erróneo de la producción. Donde la libre contratación existe, la producción significa hacer y ofrecer, para uso ó venta, algo que ciertas personas necesitan y están dispuestas á pagar. El productor es quien estudia las necesidades y el poder de comprar de la comunidad y quien se dedica á satisfacerlas. Estas funciones generalmente no son realizadas por los obreros en nuestras grandes industrias. Los obreros que trabajan en un ferrocarril no lo producen limítanse á prestar un servicio mecánico por el que son retribuidos, tenga ó no éxito la línea. El ferrocarril es producido por los que descubren le necesidad de su explotación y emprenden su construcción, pensando explotarle provechosamente en competencia con otras líneas. Si la empresa sale bien, es difícil comprender cómo los obreros pretenderían una parte de las utilidades. El aspecto débil de la cuestión moderna de la mejora del salario, es que el obrero no es productor, sino agente mecánico de la producción. Las empresas cooperativas tienden á mejorar la situación de los obreros, permitiéndoles realizar las funciones que los capitalistas y los contratistas ejercen generalmente hoy, y haciéndoles participar del provecho tanto como del salario.

Utilidades

Hemos definido anteriormente la utilidad como la suma en que el valor de una cosa excede á su coste. El coste de un artículo para el industrial comprende otros muchos: el precio de los materiales y del combustible, gasto y destrucción de plantas, interés del capital, renta y salarios. El coste de un artículo para el comerciante, comprende el precio que paga por él y los gastos ocasionados para ofrecerle en venta. Todos los industriales y comerciantes desean obtener un precio suficiente para cubrir el coste del articulo y dejarles gran utilidad. Pero tienen enfrente muchos competidores dispuestos á venderlo más barato; esto les obliga á reducir al mínimum su utilidad. La competencia impide obtener grandes utilidades en las condiciones ordinarias del comercio.

Para lograrlas, en estos tiempos, es preciso tener empresas, capacidad ó suerte excepcionales. El hombre puede llevar sus mercancías á nuevos mercados, en el África central ó en otra parte. Puede comprar y explotar algún invento nuevo. Puede dedicarse á la especulación, confiando su capacidad ó á su fortuna el éxito del negocio. Últimamente, puede emprender en grande escala negocios en los que, aun siendo reducida proporcionalmente la utilidad, pueda resultar grande por la cantidad. Los comerciantes modernos conocen muy bien esta necesidad de obtener amplios negocios; por eso constituyen grupos y círculos, y destruyen el capital, vendiendo bajo precio para arruinar á sus contrarios.

Es difícil contestar á esta otra pregunta: ¿Cuál es la justa utilidad? Nosotros entendemos que la utilidad es justa cuando produce al comerciante una remuneración adecuada al servicio que presta la comunidad. Así, por ejemplo, el que tiene un gran establecimiento bien montado, donde muchas personas encuentran lo que necesitan, puede merecer un ingreso igual al del director de un Banco ó al de un funcionario de regular categoría. El provecho de cada transacción debe representar el servicio que hace á sus parroquianos proporcionando la venta del artículo.

La suma total distribuida en utilidades, ¿debe ser mayor que la justa recompensa de la utilidad proporcionada por comerciantes y hacendados? Esta es otra de las cuestiones difíciles á que se suele contestar con mucha confianza al primer golpe de vista. Algunos afirman que la competencia produce, en el comercio y en otros órdenes de la vida, una distribución exacta de las recompensas del mérito.

Ante los indudables perjuicios que la especulación y la rivalidad comercial producen, no cabe sostener esta tesis. Otros consideran á los traficantes como una clase, teniendo en cuenta el hecho de que el comercio es necesario para el libre cambio de productos entre hombre y hombre, ciudad y ciudad, nación y nación. El ingreso ordinario de los comerciantes no es, probablemente, mayor que el que habríamos de pagar á nuestros agentes compradores y vendedores, si el cambio estuviera organizado en cualquier forma cooperativa. Si los perjuicios del sistema de utilidades han de ser removidos, hay que ampliar los métodos cooperativos, por los que la recompensa podría ser distribuida con arreglo al mérito, y se debilitarían todas las formas de especulación mercantil. Se necesita al mismo tiempo difundir opiniones sociales verdaderas respecto á la riqueza y á sus poseedores. Según están hoy las cosas, un hombre que consigue, una gran fortuna llega á ser un poder político y social, cualquiera que sea su carácter; el amor al poder se combina con el cariño á la comodidad para estimular la ansiedad febril de los comerciantes por ser ricos.

 

 

 1886






miércoles, 7 de octubre de 2026

Aprendiendo del Pop - Denise Scott Brown - MHPLO -




Las Vegas, Los Angeles, Levittown, los edificios swinging del Westheimer Strip, los conjuntos residenciales de golf o yates, las Coop Cities, los decorados de fondo residenciales de los espacios televisivos y de los anuncios de las revistas populares, los carteles luminosos y la Carretera 66 son razones suficientes para cambiar la sensibilidad arquitectónica. Son precisas nuevas fuentes de inspiración cuando las viejas formas se vuelven rancias y el camino no es claro; es cuando una herencia clásica, un movimiento artístico, ingenieros industriales o "la arquitectura sin arquitectos" de los primitivos pueden ayudar a barrer los restos mustios de la antigua revolución, tal como la practicaron los descendientes conservadores de los creadores originarios.


En Estados Unidos, durante los sesenta, otro ingrediente se añadió a la receta para el cambio artístico: la revolución social. La renovación urbana, que dio trabajo a los arquitectos durante dos décadas y que fue el mayor depósito de los restos del movimiento moderno, no sólo estaba artísticamente rancia sino que era también socialmente nociva. La urgencia de la situación social, la crítica social de la renovación urbana y del arquitecto al servicio de un limitado sector rico de la población -en particular la crítica de Herbert Gans- fueron tan importantes como los artistas Pop que llamaron nuestra atención hacia la ciudad existente norteamericana y sus edificios. Si los arquitectos de alto estilo no están produciendo lo que la gente desea o necesita, ¿quién puede enseñarnos y qué podemos aprender de ellos?


Necesidades, en plural

Aprehender las necesidades es la primera razón para ir a la ciudad actual. Una vez allí, la primera lección para un arquitecto es la pluralidad de las necesidades. Ningún constructor en su sano juicio anunciaría: Estoy construyendo para el Hombre. Está construyendo para un mercado, para un grupo de personas definido por el nivel de rentas, la edad, la composición familiar y el estilo de vida. Las Levittowns, los parques de atracciones, las casas urbanas estilo georgiano crecen a raíz de la estimación que se hace de las necesidades de los grupos que formarán sus mercados. La ciudad puede verse como el producto físico de un conjunto de subculturas. De momento, son escasas las subculturas que recurren voluntariamente a los arquitectos.

Por supuesto, aprender de lo que hay está sujeto a los fallos y a las limitaciones de todo análisis conductista que examina la conducta inhibida y qué es lo que haría la gente en condiciones distintas. Los pobres no viven quizá voluntariamente en bloques de viviendas, ni las clases medias en Levittowns; tal vez el estilo georgiano le parezca menos aceptable al residente de una casa urbana que el alquiler. En períodos de escasez de viviendas, éste es un argumento particularmente fuerte contra el conductismo arquitectónico, ya que la gente no tiene voto contra una determinada oferta, absteniéndose si no hay otra alternativa. Para contrarrestar este peligro, hay que procurar poner en comparación ambientaciones donde, por cualquier razón, las coacciones no existen. Hay ambientaciones que sugieren lo que serían los gustos de los grupos coaccionados económicamente si lo estuvieran menos. Son las ambientaciones de nouveau riche: Hollywood hace unos años, Las Vegas ahora, y las casas de los actores de cine, de los deportistas y otros grupos en los que la movilidad ascendente puede parecer un despegue vertical, incluso allí donde se fomenta el mantenimiento de antiguos sistemas de valores. Otra fuente son los decorados en los medios de comunicación, el cine, los espacios televisivos, los anuncios de conservas y de barniz para muebles. Aquí, el fin no es vender casas, sino otra cosa, y el escenario representa la idea (¿Madison Avenue? *) de lo que desea en una casa el comprador de conservas o el espectador de televisión. Ahora bien, la visión de Madison Avenue puede estar deformada como la del arquitecto, y debería estudiarse a la luz de lo que procura vender -¿debe la arquitectura de un anuncio de conservas parecer tan hogareña como lo es mi casa o elegante como la suya si es para venderme conservas? Pero, por lo menos, es otra deformación, una alternativa a la contemplación de lo que se considera esencial en la arquitectura, a la que recurrimos tantas veces para investigar, por ejemplo, preguntándonos: ¿Qué hizo Le Corbusier? Tanto Madison Avenue como el constructor, aunque poco pueden decirnos de las necesidades de los más pobres, cubren una capa más amplia de la población y se someten a un test de mercado más estricto que el arquitecto al trabajar en la renovación urbana o en la vivienda de promoción pública, y si lo único que aprendemos de estas fuentes es que la arquitectura debe diferir según los diferentes grupos, ya es mucho.

Sin embargo, una alternativa para los dos consiste en examinar lo que hace la gente con los edificios en Levittowns, Society Hills, zonas industriales y suburbios pobres, una vez que viven en ellos. En este caso, los costos y la disponibilidad son fuerzas menos coactivas, ya que la empresa es menor. Así, los cambios tienden con frecuencia a ser más simbólicos que estructurales y las aspiraciones pueden quizás estar ligadas con más facilidad a símbolos que a estructuras.

El hecho de prestar atención a edificios ya construidos para obtener información acerca de las necesidades no implica que no sean también muy necesarias encuestas sobre lo que desea la gente. Este es un punto de gran importancia, como lo es también la relación entre los dos tipos de examen, el preguntar y el mirar; pero éste no es el objeto de este estudio, que procura investigar qué puede aprenderse de los productos de la cultura pop.


El análisis formal como investigación del diseño


La segunda razón para tener en cuenta la cultura pop es la de encontrar vocabularios formales para nuestro tiempo que sean más adecuados a las distintas necesidades de la gente y más tolerantes con el desorden de la vida urbana que las normas formales “racionalistas" y cartesianas de la última arquitectura moderna.

¿Cuántas viviendas económicas y cuánta arquitectura decimonónica ha sido derrumbada para que algún ordenado purista arquitecto o urbanista, pudiera empezar con el papel en blanco?


Los arquitectos modernos pueden admitir ahora que, si la forma arquitectónica está determinada por cualquier fuerza, proceso y tecnología, las ideas sobre la forma también la determinan; que un vocabulario formal es parte de la arquitectura, del mismo modo que los ladrillos y el mortero (plástico y sistemas, para los futuristas); que la forma no viene dada, no puede venir dada sólo por la función, recién nacida e inocente como Venus en su concha, sino que la forma sigue más bien, función, fuerzas y forma interaliadas. Las deformaciones formales, si son conscientemente aceptadas, no tienen por qué tiranizar, como lo hicieron en la renovación urbana; y los vocabularios formales, dado su lugar en la arquitectura, pueden ser estudiados y mejorados para responder a exigencias funcionales, en lugar de ser aceptados inconsciente e inadecuadamente -como un antiguo legado de un maestro poco apropiado.


Las formas del paisaje pop son tan importantes para nosotros ahora como lo fueron las formas de la antigua Roma para las Bellas Artes, el cubismo y la arquitectura mecánica para los primeros modernos, y los suburbios industriales y el Dogon para el Team 10, lo cual es decir que es extremadamente importante, mucho más que el último batiscafo o el lanzamiento de un cohete. Contrariamente a éstos, las formas pop se refieren a nuestra condición, no sólo desde un punto de vista estético, sino también a muchos niveles de necesidad, desde la necesidad social de dar viviendas a los pobres sin destruir las existentes hasta la necesidad arquitectónica de producir edificios y medios ambientes que otros gustarían o necesitarían. El paisaje pop difiere de los modelos anteriores en que es también el lugar donde se construye, es nuestro contexto. Y es una de las pocas fuentes contemporáneas de información acerca de los aspectos simbólicos y comunicativos de la arquitectura, ya que fue ignorada por los movimientos modernos puristas, que reducían la arquitectura sólo a espacio y estructura. Pero el análisis formal presenta problemas. Primero, puesto que la forma fue considerada durante tanto tiempo una cuestión no válida, perdimos la costumbre de analizarla, y segundo, las formas con las que tratamos son nuevas y no se relacionan fácilmente con las técnicas de análisis y comunicación arquitectónicas y urbanísticas tradicionales. La interpretación ortográfica aclara difícilmente la esencia del anuncio del Stardust, y, aunque este anuncio tiene la longitud de una manzana, no aparecería en un plano de uso del suelo. El espacio suburbano, al ser un espacio automovilístico, no se define por paredes y pisos envolventes y, por lo tanto, no es fácil describirlo gráficamente mediante sistemas reservados a la descripción de edificios. De hecho, el espacio no es el elemento constitutivo más importante de la forma suburbana, la comunicación a través del espacio lo es mucho más, y esto requiere un elemento simbólico y de tiempo en sus sistemas descriptivos que se definen sólo muy lentamente.


Nuevas técnicas analíticas utilizan el film y el videotape para explicar el dinamismo de la arquitectura del anuncio y la experiencia de atravesar vastos paisajes por secuencias; también son necesarios los computadores para acumular la información masiva en modelos comprensivos. Muchas técnicas tradicionales de valor deberían ser también desenterradas por adecuarse al nuevo fenómeno; por ejemplo, la técnica de hacer mapas, creada en el siglo dieciocho por Nolli, y, que él aplicó a la ciudad de Roma y que ahora podría también adaptarse incluyendo los aparcamientos, contribuye mucho a comprender Las Vegas. Podría también acomodarse con gran facilidad a la técnica de computadores.


El análisis formal debería ser comparativo, ligar las nuevas formas, por comparación, al resto de la tradición formal de la arquitectura; debería, en consecuencia, incorporarlas a la disciplina arquitectónica y ayudarnos a entender nuestra nueva experiencia a la luz de nuestra primera formación.


Al sugerir que la forma debería ser analizada, no quiero decir que la función (como un análisis profundo del programa), las tecnologías o las fuerzas (entendiendo por éstas los procesos sociales urbanos o la economía territorial) no son vitales para la arquitectura ni tampoco que no pueden servir como fuentes de inspiración artística para el arquitecto. Todo es necesario y funciona en combinación. Los demás elementos no son, simplemente, motivo de este estudio.


 La lata de sopa y el establishment


Hay una ironía en el hecho de que la cultura "popular" y el paisaje popular no son populares para los que toman decisiones acerca de la renovación de la ciudad y de la construcción de viviendas para pobres. Transcribo aquí un párrafo escrito por John Kenneth Galbraith, un liberal importante e influyente, de un artículo publicado en "Life": 1


"Para el ciudadano medio, hay tests muy simples que indican cuándo hemos pasado del encantamiento a la acción práctica en el medio ambiente. La restricción del uso del automóvil en las grandes ciudades podrá ser uno de ellos. Otro, podrá ser la supresión en las autopistas de los anuncios, la peor eflorescencia, y casi la más inútil, de nuestra civilización industrial. Otro aún, podrá ser la instalación en el subsuelo de conducciones eléctricas y telefónicas en todas partes de las grandes ciudades y la aceptación por nuestra parte de que nos lo carguen en la cuenta.


"Mi test personal, valga lo que valga, se refiere a la estación de servicio. Es la pieza arquitectónica más repelente de los últimos doscientos años. Hay muchas más de las que son necesarias. Están, por lo general, sucias. Su mercancía está empaquetada en un modo espantoso y expuesta en forma llamativa. Son adictas incontrolables a los largos hilos de banderitas andrajosas. Las protege una nefasta coalición de hombres de negocios pequeños y poderosos. Las estaciones de servicio deberían ser completamente excluidas de casi todas las calles y autopistas. Allí donde fueran permitidas, deberían reducirse a un número limitado y debería haber exigencias estrictas en cuanto a su arquitectura y a su aspecto general. Cuando empecemos con ello (es extensivo también al comercio a los lados de la carretera), creeré, por fin, que somos personas serias." ”


No menciona siquiera la necesidad de viviendas de renta limitada como un problema urgente del medio ambiente, y, en mi opinión, él debería haber insistido más en la economía.


Comparten el criterio convencional de Galbraith sus colegas, los viejos radicales de la arquitectura que encabezan las comisiones de Bellas Artes en América, los departamentos de "diseño" del HUD y las agencias de planeamiento y desarrollo que construyen para el gran público y para las corporaciones privadas que controlan los que hacen la ciudad. Si el público tiene que estar bien servido por sus decisiones, estos miembros del establishment arquitectónico deberían aprender a desligar su estética de consideraciones acerca de la "contaminación del medio ambiente". El agua sucia y los anuncios pertenecen a problemas de distinta magnitud y orden. El primero realmente lo es, pero el segundo no; en particular, si se nos da la posibilidad de estudiarlos durante un tiempo, sin prejuicios.


Cuando los barrios "marchitos" sean barridos a la vez que los anuncios y las estaciones de servicio, para evitar la "contaminación visual", el daño social puede ser irreparable. Sin embargo, no se destruye una vieja fórmula estética, por muy embarazosa que se revele, hasta que no haya otra para reemplazarla, ya que, como pudimos ver, la forma depende de la forma para su realización. Y, para el establishment arquitectónico, el nuevo vocabulario tiene que tener un linaje respetable. Por lo tanto, si el entorno popular es el que ha de provocar este vocabulario, debe ser filtrado a través de procesos adecuados para su aceptación. Debe convertirse en parte de una alta tradición artística; debe ser la vanguardia de los últimos años. Esta es otra razón para someter el nuevo paisaje a un análisis arquitectónico tradicional: con el fin de que sea aceptado por el establishment.


No pueden aprender del pop hasta que el pop no cuelgue en la academia.

¡Ale hop pop!


He recomendado una investigación de las formas de la nueva ciudad actual en sus dos aspectos social y estético a los arquitectos que desean profundizar su conocimiento hacia caminos nuevos. El arte culto siguió al arte menor ya anteriormente, y viceversa. Pero, veamos, ¿de dónde provienen la parábola de MacDonald y los chaletitos?


En el movimiento que va desde el arte menor al arte culto hay un elemento que suspende el juicio. El juicio se retiene en favor de la comprensión y la receptibilidad. Es una técnica heurística estimulante, pero En el movimiento que va desde el arte menor al arte culto hay un elemento que suspende el juicio. El juicio se retiene en favor de la comprensión y la receptibilidad. Es una técnica heurística estimulante, pero también puede ser peligrosa, ya que amar toda la cultura pop es tan irracional como odiarla toda, y nos tráe la visión de una subida al carro del pop, general e indiscriminada, donde todo es bueno y en el que el juicio antes se abandona que se suspende. Sin embargo, los artistas, los arquitectos, los actores, deben juzgar, esperemos, con un suspiro. Tras un período aceptable, un criterio apropiado debe surgir de la nueva fuente. El juicio se aplaza simplemente para que el juicio posterior sea más sensible.





miércoles, 23 de septiembre de 2026

La inflación en el pasado - Graham Hutton - Inflación y Sociedad

 

By Marinus Van Reymerswale 1540,


«Es el juicio, no el conocimiento, lo que distingue al hombre.»

                                                                 Michel de Montaigne

«El que conoce sólo su propia posición, poco conoce de ella.»

John Stuart Mill


“Hay dos clases de verdades: las verdades triviales, cuyo opuesto es absurdo, y las verdades profundas, cuyo opuesto también es una verdad profunda.”

— Niels Bohr,


La inflación en el pasado - Graham Hutton - Inflación y Sociedad 


"No hay forma más sutil y segura de trastrocar la base existente de una sociedad que la de corromper la moneda. El proceso comprende todas las fuerzas ocultas de las leyes económicas del lado de la destrucción y lo hace de una manera que no hay entre un millón una persona capaz de diagnosticarlo."

The Economic Consequences of the Peace, por J. M. Keynes; Londres, Macmillan, 1919, página 220.

El tema de este libro es el de cómo ha surgido la inflación como política en las modernas democracias, cómo funciona, cómo evitarla y a costa de qué. No ha sido escrito para economistas-interesados principalmente en la naturaleza del proceso mismo de la inflación-, sino para las personas que son profanas en economía. Sin embargo, la economía es, ciertamente, un estudio complicado; por ello ofrezco a mis lectores, de vez en cuando, alguna repetición -principalmente de ejemplos o definiciones-en diferentes pasajes del libro.

Mi preocupación principal es la salvaguardia del proceso democrático, como garantía para la más amplia realización de las potencialidades de cada individuo en una sociedad. Mi interés preponderante aquí es, por consiguiente, el de exponer en términos no técnicos lo que la inflación hace, tanto a la sociedad como a sus elementos aislados, para debilitar y obstaculizar la democracia. Por tal razón he comenzado por la más larga inflación de que se tiene noticia en una sociedad: la del Imperio romano.

PRIMERA PARTE: ORIGEN DE LA INFLACION

1. LA INFLACION EN EL PASADO

Fueron necesarios todos los siglos de penoso avance de la humanidad hasta 1914 para conseguir un autogobierno democrático y representativo, el sufragio universal y la libertad personal. En menos de medio siglo, desde 1914, a pesar del fenomenal progreso material que eliminó la pobreza de las sociedades occidentales, aquel logro iba de retirada en todo el mundo, amenazado por un regimiento monstruoso de funcionarios estatales. La regla de la ley había sufrido un colapso, minada en su interior por los funcionarios estatales y violada por fuera por unos ciudadanos sobrecargados de impuestos y desobedientes a los organismos y a la autoridad del Estado. Quedaba así relegada hasta la misma democracia. Las naciones nuevas e independientes de otros continentes, distintos a aquel que promovió la democracia y la libertad, volvían ahora su espalda a éstas. En Europa, en la Francia de tradición revolucionaria, se abandonaba la democracia. Todas las instituciones sociales que permitían presumir a Europa occidental y a América del Norte de ejercer una gran humanidad en su larga lucha para eliminar la pobreza y la ley del más fuerte, comenzaron a resquebrajarse en cuanto se alcanzó la prosperidad y la regla de la ley para proteger al más débil. Precisamente cuando parecía asegurada la supremacía del hombre sobre las fuerzas ciegas de la naturaleza, cuando el bien ganado descanso y las libertades personales parecían prometer una vida más completa y sana, los hombres restablecieron de pronto cierto grado de autoridad estatal sobre todas sus actividades, que no encontraba parecido desde hace más de un siglo.

El restablecimiento de la autoridad omnipotente y omnicompetente del Estado en el mundo moderno es más peligrosa para la libertad personal que ninguna otra anterior. La supremacía del hombre sobre las fuerzas de la naturaleza proviene de sus logros técnicos. Todos éstos-poderes inimaginables hace una generación o poco más se prestan de forma adecuada y fácil al ejercicio de la autoridad estatal centralizada, a través de sus extremidades más distantes situadas en la burocracia local. El hombre y la mujer, individualmente como productor y consumidor, como ciudadano y unidad de una familia-, quedan enterrados bajo las nuevas normas y regulaciones de la autoridad central. Por consiguiente, se produce un estrechamiento de los límites del desarrollo de la persona, precisamente cuando los logros del hombre debían haberlos ampliado, una estereotipia del comportamiento individual cuando las nuevas potencialidades debieran haber conducido a mayores variaciones, y una banalidad que se denomina ya (equivocadamente) vulgaridad y materialismo. La humanidad corre ahora mayor riesgo de ver su libertad desgarrada por la generalización de las formas y medios económicos, de pequeña apariencia, de la vida diaria del Estado moderno que por un ataque abierto contra ella. Y de todos los instrumentos que subvierten las libertades personales el peor es la inflación.

Un incremento rápido y continuado de precios es la más clara «<manifestación» de una inflación progresiva. Se ha presentado ya a lo largo de la historia en muchos países y en civilizaciones enteras; entre otras en la antigua Grecia, en la República romana y en el caso clásico del Imperio romano, en la Europa del Renacimiento y (en la época de las guerras mundiales) durante las guerras napoleónicas y en la primera y segunda guerras mundiales.

Surge con el crecimiento de las ciudades en los úl timos tiempos de la Europa medieval, después de la peste negra de 1348 y el incremento consiguiente de los salarios y la caída en la oferta disponible de mano de obra rural y urbana. Se observa de nuevo en la Península Ibérica (y después en toda Europa) tras la afluencia de oro y plata del Nuevo Mundo en el siglo XVI. En casos de Estados dispendiosos y próximos a la bancarrota, como la Alemania posterior a 1921 6 1945, o Hungría después de 1944, se observa siempre cómo la producción de dinero excede desenfrenadamente a la producción de bienes y servicios. Se da en todo el mundo del comercio cuando la oferta del dinero internacional (por ejemplo, el oro) se amplía, como en ciertas épocas del siglo XIX, al descubrirse nuevos campos auríferos. Y siempre que circunstancias locales impulsan a cualquier Gobierno a inflar, rebajar, recortar, devaluar o de cualquier otra forma corromper el patrón de valor empleado como dinero (por ejemplo, las rebajas regulares que introducían los emperadores romanos, los monarcas anglosajones anteriores a Guillermo el Conquistador, los reyes de la dinastía Plantagenet y Tudor, los Borbones franceses, así como los modernos gobiernos democráticos y los totalitarios), la inflación surge de forma obvia y automática. Pero la inflación progresiva más larga experimentada por una moneda de patrón monometálico fue la del Imperio romano.

La inflación del Imperio romano produjo claros efectos sobre la sociedad romana. Los efectos perduraron más que la sociedad. Sin duda, la inflación imperial caracterizó mucho a las comunidades locales, feudales y agrarias, sobre las que se fundaron más tarde las naciones europeas bárbaras. Los efectos de la inflación romana, al hacer sucumbir las ciudades y el comercio de gran escala, siguieron siendo soportados durante las épocas oscuras de la Francia mero vingia, carolingia y de los Capetos; durante las épocas feudales de la Europa occidental, e incluso en la Inglaterra de los normandos y de los angevinos, y no digamos nada en la Italia de los lombardos. Estos efectos de una inflación ocurrida mucho antes a una moneda internacional de reconocido prestigio pudieron sentirse todavía durante el penoso período de los primeros tiempos del Renacimiento, cuando las modernas ciudades europeas surgieron de una primitiva sociedad feudal, con una agricultura de autosuficiencia, y aparecieron nuevas formas de comercio y de transporte. A pesar de la evidencia de algún comercio internacional, aducida por historiadores tales como Dopsch y Pirenne, está claro que la sociedad feudal europea de la Edad Media estaba anquilosada localmente, atada a tierras y señores locales, donde circulaba muy poco dinero (si acaso alguno). Sin duda, la teoría estatal del dinero nunca fue más cierta que en las sociedades pequeñas, soberanías insignificantes y pequeños mercados o áreas comerciales de la Europa medieval. «Legislaba el señor, aunque la última instancia correspondía al rey.» El poder de los reyes medievales era tan débil como su dinero y su comercio. Esta es la verdad de la sociedad feudal.

Los tiempos oscuros de la Edad Media vinieron por lo ocurrido entre las épocas de Augusto y Septimio Severo a la anterior sociedad organizada internacionalmente, dependiente en gran parte del comercio internacional, basado a su vez en una moneda-patrón principal, y operado bajo un sistema predominante de ley comercial internacional. Pueden examinarse las obras de Oertel, Brentano, Roztovtzeff, Vassiliev, Tenney Frank Walbank, A. H. Jones, Colin Clark y otros muchos investigadores sobre la caída del Imperio romano; pero al final llega uno a tres conclusiones principales sobre las causas y efectos de la inflación monetaria imperial, desde Augusto a Honorio.

El Estado centralizado

En primer lugar, el gasto estatal del Imperio llegó a ser intolerable e ineficazmente gravoso con el aumento de los impuestos. Estos tuvieron que elevarse desmesuradamente, porque la mayor parte del comercio masivo, transporte, defensa, leyes, finanzas y administración civil se convirtieron, sin remordimiento alguno de conciencia, en empresas estatales monolíticas. Las excepciones que permitieron el comercio privado fueron pocas, y fueron progresivamente reduciéndose y haciéndose más locales. El clásico advenedizo, el emancipado Trimalchio en el Satiricón de Petronio estaba «haciéndolo muy bien» con los monopolios imperiales. Los trabajadores urbanos y rurales tenían que «eternizarse» en sus profesiones, que pronto se hicieron hereditarias otra proyección del feudalismo-. Los mercaderes y comerciantes en la esfera económica, al igual que las legiones en la militar, solo podían progresar como funcionarios estatales y con frecuencia su status se hizo hereditario. Mucho antes de que llegara a ser cierta la afirmación de Plinio de que «los latifundios perdieron a Roma», alguna causa había originado ya las grandes propiedades, los latifundios, así como una proliferación sorprendentemente rápida de rigideces, controles y supervisores. Esta causa fue la imposición rápidamente creciente sobre los comerciantes y agricultores principalmente, hasta ahora independientes, hombres modestos, para que soportaran el gasto creciente de la veloz expansión de la maquinaria estatal.

Ello condujo a la eliminación de la independencia de los pequeños terratenientes y comerciantes. Llevó a los pequeños agricultores a depender de otros, mediante su notoria «huida» a la esclavitud o vasallaje, o por el método más decoroso de la amalgama con sus colegas agrícolas vecinos, más poderosos, de gran escala y, por consiguiente, más privilegiados. Impulsó también a los pequeños artesanos y comerciantes a similares dependencias, bien como esclavos urbanos o, con mayor frecuencia, como miembros de grandes <<colectividades» o «colegios» de ocupaciones, es decir, el prototipo de los gremios y sindicatos.

La imposición se elevó también tanto, que llegó a ser casi suntuaria, es decir, que casi eliminó la capacidad de la gente para poseer bienes. Nerón, verdadero psicópata, había dicho: «Procuremos que nadie posea cosa alguna» 1. Pero Calígula llevó la imposición a magnitudes ilimitadas: «No hubo ninguna clase de bienes o de personas sobre los que no estableciera algún impuesto... Sobre todos los comestibles vendidos en cualquier parte de la ciudad establecía un gravamen fijo y definitivo; sobre todas las acciones judiciales y procesos legales que tuvieran lugar, se gravaba una cuarta parte de la suma en litigio, imponiendo una sanción a quien se declarara culpable de avenencia o de abandono de una acción; gravaba también, con una octava parte, los salarios diarios de un porteador; sobre los ingresos de las prostitutas, una suma equivalente a la que recibía cada una por un abrazo; y se añadía una cláusula a este capítulo de la ley por la que aquellas que hubieran sido alguna vez prostitutas o actuado como alcahuetas deberían ser sometidas al impuesto público, y que incluso el matrimonio no debía quedar exento»> 2.

El juicio clásico de Gibbon sobre el declive y caída, fue que «el enorme aparato cedió ante la presión de su propio peso». Pero el proceso había comenzado muy pronto, cuando el aparato parecía estar todavía fuerte. Cuando las peticiones de los votantes proletarios para el panem et circenses y los del ejército para mayores ingresos, elevaron aún más los impuestos, comenzó una especie de «subasta holandesa» de votos. Terminó convirtiendo al ejército en el único elector de emperadores, y el asesino de la mayoría de ellos. Lo convirtió también en el destructor de ciudades y de ciudadanos.

La despoblación del agro acompañó a la urbanización de los primeros tiempos del Imperio. Pero a medida que languidecía el comercio internacional con la progresiva inflación, el paro llegó a ser elevado en las ciudades, que ahora se replegaban detrás de sus nuevas murallas defensivas. Cuando el dinero perdió valor, y se multiplicaron los soldados y los burócratas, convirtiéndose en la clase privilegiada del Estado, las masas urbanas, constituidas por parados en su mayor parte, tenían que ser compradas «en especie»> mediante un Estado benefactor, con suministros gratuitos de pan, carne de cerdo y diversiones. La anterior clase gobernante de las ciudades -la clase senatorial-, se retiró a latifundios, cada vez mayores, en el campo, a medida que crecieron los poderes estatales en el centro y en las ciudades.

El Estado-los emperadores, naturalmente―llegó a depender cada vez más del favor de las legiones y de los votos de una chusma ociosa, compradas ambas mediante mayores depredaciones de las debilitadas clases de contribuyentes. Cuando el unitario territorio económico, defensivo, administrativo y legal del Imperio comenzó a desintegrarse en civitates feudales autosuficientes, alrededor de las ciudades recién amuralladas, se desintegró con ello toda una civilización. Se dispersó, a partir del terrible siglo tercero, en los ambiguos contornos de las naciones europeas modernas, y en nuestras actuales diócesis eclesiásticas de la Europa occidental y Oriente Medio. La misma palabra «<diócesis» data de aquella época. Este proceso de dispersión duró lo menos dos siglos, y hay quien dice que llegaron a tres.

Este proceso no se detuvo nunca, y se vio acelerado y acompañado por la presión progresiva de la imposición sobre los individuos-, más allá de lo que podían soportar sus «juicios de valor», a través de un Estado cada vez más centralizador. Al final, el Estado y la civilización se desperdigaron en fragmentos, pero no por las invasiones bárbaras-los bárbaros intentaron incluso mantener la civilización que admiraban-, sino porque no había quien defendiera su integridad. Esta integridad se vio inflada de tal forma que desapareció, siendo de todo punto imposible su defensa.

La política de favoritismo

En segundo lugar, tras la centralización sin conciencia de toda la vida económica y administrativa, existía una causa política antecedente. La política se ocupa, en última instancia, del ejercicio del poder sobre seres humanos organizados en sociedad por el propio poder. La centralización del poder estatal-en casi todos los aspectos de la vida-prosiguió desde los tiempos de Augusto hasta el colapso, que ocurrió en el siglo quinto. Podía mantenerse centralizado únicamente mediante un continuo proceso de favorecimiento fiscal y financiero al poder que había elevado al trono a los emperadores, los había mantenido en él y echado después bruscamente; es decir, el ejército. Los gravosos impuestos que recaían sobre una minoría de contribuyentes, además de producir el envilecimiento de la moneda, ofreció a las legiones y a la burocracia una ventaja sobre todas las demás clases, hasta que hicieron saltar en pedazos el Imperio. Solamente una pequeña clase privilegiada-la senatorial-mantuvo sus anteriores ventajas pari passu, desprendiéndose de su tradicional tarea de gobierno y «volviendo a la tierra». Fue así la antecesora de los señores feudales.

La mayoría de los contribuyentes vivían en las ciudades. Todos ellos constituían una minoría pequeña, pero económicamente importante y productiva. Al aumentar sus cargas, los corps d'élite de los decuriones preferían sencillamente la esclavitud, la huida o la llegada de los bárbaros. Esto asestó un golpe mortal al tráfico, al comercio, al capital y a las ciudades. Fuera de las ciudades, en el campo, los legionarios en sus campamentos y los mayores terratenientes senatoriales en sus latifundios, quedaban exentos de impuestos. De esta forma, el progresivo envilecimiento de la moneda y la imposición penalizadora para asegurar el poder y el apoyo político, terminaron en la degradación y desintegración del Estado. Fue una gran paradoja. El mismo poder, en definitiva, desertó del Estado, el centro, y se fue a las pequeñas localidades. Así surgieron los tiempos oscuros de la Edad Media, de servidumbre y de clases.

Gobierno de conveniencia

Pero hay un tercer factor, raras veces mencionado por los historiadores de economía. Es la paradoja inherente a este proceso inflacionista: el «comportamiento contradictorio» de gobiernos que incurren persistentemente en la inflación. Se puede decir-del Imperio romano y de otros muchos gobiernos inflacionistas que tales gobiernos deshacían con la misma rapidez con su mano izquierda lo que estaban tratando de hacer con la derecha. Atacaban siempre -en realidad siguen haciéndolo desde hace siglos— los síntomas superficiales en lugar del mal. Tal fue el conocido Edictum de Pretiis, del año 301 de nuestra era, de Diocleciano, que proclamaba como crimen capital elevar los precios en cualquier lugar del Imperio, y nos dejó (puede consultarse en el reciente ejemplar de Tenney Frank) una sobria normalización de todos los bienes de consumo y de capital (desde los carruajes y caballos hasta la ropa interior femenina), sus calidades y precios, en todo el mundo civilizado entonces conocido. No obstante, aquel decreto fue abandonado al cabo de dos años, como algo fracasado e inaplicable. No todos los burócratas, soldados y policías bajo dos Augustos y dos Césares, pudieron cortar el número de cabezas que tenían que haber caído. Las leyes económicas y la naturaleza humana derrotaron incluso a Diocleciano.

Hacia el año 365 de nuestra era el emperador Valentiniano I se enfrentó incluso con peores problemas económicos, fiscales y administrativos que los de su gran predecesor Diocleciano. La carga de los impuestos sobre los decuriones de las ciudades se había hecho tan pesada que civitates completas-es decir, no sólo la ciudad amurallada, sino la amplia área suministradora de su alrededor-quedaron rápida y crecientemente sin curiae o gobierno local alguno. La razón fue, naturalmente, que los decuriones de las curiae eran responsables legal y personalmente de recaudar los impuestos. Como es lógico, a medida que crecieron las enormes cargas fiscales del Estado, altamente centralizado, los decuriones «huyeron». Es decir, ellos realizaron las primeras commendationes reales o servicios voluntarios personales de las épocas feudales. Huyeron hacia los ricos terratenientes de las grandes fincas rurales. Llegaron a ser sus colonos o sus esclavos. Huyeron incluso hacia los bárbaros; y se formó una fuerte quinta columna―como diríamos ahora-con la élite educada de la ciudad, correspondiente a la clase de los decuriones, ya que intrigaron para que entraran los bárbaros en las ciudades occidentales sucesivamente y en sus distritos.

El breve epílogo sobre El declive económico del mundo romano, basado en las dos últimas conferencias de Tenney Frank, a principios de 1939, en Oxford y Londres, y que cierra el quinto volumen de su Economic Survey of Ancient Rome, contiene cuestiones dolorosamente familiares para la experiencia contemporánea:

*El gobernante cuyas innovaciones económicas fueron en definitiva más desastrosas para el Imperio fue Septimio Severo... El hecho importante es que los derechos de los ciudadanos a la independencia y a la propiedad quedaron en entredicho, y se inculcaron hábitos de autocracia... La devastación descrita no fue debida a una revolución comunista enfrentada con una cultura antigua; fue debida a la falta de un gobierno eficiente como centro del Estado... No era posible recuperación alguna a no ser me diante el absolutismo de Diocleciano... Típico de su régimen es la imposición de un límite máximo, tanto sobre el precio de todas las mercancías en venta como sobre la cuantía de todos los salarios, con objeto de mantener los salarios tan bajos como fuera posible y controlar los ingresos de la industria. El propósito manifiesto era el de cortar la especulación cuando el Estado inflaba la moneda, pero Diocleciano atacó al resultado inevitable, no a la causa, de la inflación... Estado que salvó en condiciones tales que es discutible si merecía la pena salvarlo. Al menos, cuando llegaron los bárbaros los habitantes del Imperio dudaban en este sentido, y muchos de ellos estaban contentos de rendirse, en la creencia de que cualquier régimen nuevo no podría ser peor que el que habían soportado.>>

Desesperado, Valentiniano I-que en modo alguno fue tonto, y sí un bravo emperador, sin duda-decretó que los lictores habrían de traerle tres cabezas de decuriones de cada «curia», de toda una provincia, para que sirviera de ejemplo (volviendo al decreto de Diocleciano sobre los precios, como venganza). Cierto prefecto de la provincia, llamado Florentius, se dice que replicó a esto: «¿Quiere su clemencia tener la bondad de ordenar qué hemos de hacer en los casos de aquellas «curias» en las que ya no quedan ni tres decuriones? La respuesta fue sencilla y, de acuerdo con el cronista, concisa. La orden del emperador fue revocada-como el edicto de Diocleciano sesenta años antes-. Pero para estas fechas, el mayor Imperio de la historia europea se encontraba ya en la mayor ruina, quedándole solo cincuenta años de vida hasta su colapso total. Después de más de milenio y medio, las reverberaciones de este hecho aún no han desaparecido.


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