domingo, 12 de julio de 2026

El origen radical de las cosas - Gottfried Wilhelm von Leibniz - Mhplo - Libro Electronico - Ebook - EPUB - Mediafire


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Además del mundo o agregado de las cosas finitas, hay algún ser único que gobierna, sólo como el alma en mí, o, más bien, como el yo mismo en mi cuerpo, sino con una razón mucho más elevada. Este ser , único soberano del universo, no rige sólo al mundo , sino que lo crea y lo forma, es superior a él , y , , por decirlo , así extramundano ,y, por lo mismo, la última razón de las cosas. Porque la razón suficiente de la existencia no se encuentra en ninguna cosa particular, ni en todo el agregado o conjunto de ellas. Supongamos que hubiera habido un libro eterno de los elementos de geometría, y que todos los demás libros se hubiesen copiado sucesivamente de ese; es evidente que, si bien puede darse razón del libro presente por otro que le haya servido de modelo, jamás se podrá, por más que se retroceda de libro en libro tanto como se quiera, llegar a preguntar por qué han existido en todo tiempo semejantes libros , es decir , el por qué de estos libros y por qué están escritos de esta manera. Lo que es cierto de los libros , lo es también de los diversos estados del mundo, porque, a pesar de ciertas leyes de transformación, es estado posterior no es en cierta manera más que una copia del precedente, y cualquiera que sea el estado anterior a que os remontéis, nunca hallareis la razón perfecta de él, es decir, por qué existe cierto mundo y por qué este mundo más bien que tal otro. Podrías suponer un mundo eterno; mas como sólo suponéis una sucesión de estados, en cada uno de los cuales no encontrareis su razón suficiente, y no un número cualquiera de mundos os serviría de nada para hallar esta razón, evidentemente es preciso buscarla en otra parte. Porque en las cosas eternas es necesario tener entendido, que , aun faltando una causa, hay una razón, que , respecto de las cosas inmutables , es la necesidad misma o la esencia; y en cuanto a la serie de las cosas contingentes , suponiendo que se suceden eternamente , será , como veremos muy pronto, el predominio de las inclinaciones , que consisten, no en razones necesitantes , es decir , de una necesidad absoluta y metafísica , cuyo opuesto implique contradicción, sino en razones inclinadoras. De aquí se sigue evidentemente que , suponiendo la eternidad del mundo , no es posible desembarazarse de la razón ultima ultramundana de las cosas , es decir , de Dios.

Las razones del mundo están , por consiguiente , ocultas en algo extramundano, diferente  del encadenamiento de los estados o de la serie de las cosas , cuyo agregado constituye el mundo. Es preciso , pues , pasar de la necesidad física o hipotética , que determina el estado posterior del mundo a seguida de un estado anterior, a algo que constituya la necesidad absoluta o metafísica, de que no se puede dar razón. El mundo actual es necesario física o hipotéticamente , pero no absoluta o metafísicamente. En efecto , dado que el mundo sea lo que es , se sigue que las cosas deben ser tales como ellas son. Pero como la raíz última debe estar en alguna cosa que sea de una necesidad metafísica , y la razón de la existencia sólo puede salir de algo existente , es preciso que exista un ser único, de una necesidad metafísica , o cuya esencia sea la existencia, y por lo tanto , que exista alguna cosa que difiera de la pluralidad de los seres o del mundo , el cual , como hemos reconocido y demostrado , no es una necesidad metafísica.

Mas, para explicar con mayor claridad cómo de las verdades eternas o esenciales y metafísicas nacen las verdades temporales, contingente o físicas , debemos sentar y reconocer que , por lo mismo que existe alguna cosa y no la nada, hay en las cosas posibles , es decir, en la posibilidad misma o en la esencia , una cierta necesidad de existencia , y por decirlo así , una aspiración a la existencia , en una palabra , que la esencia tiende por si misma a la existencia. De aquí se sigue , que todas las cosas posibles, es decir , que expresan la esencia o la realidad posible , tienden con un derecho igual a la existencia , según su cantidad de esencia real, o según el grado de perfección que encierran; porque la perfección no es otra cosa que la cantidad de esencia.

Con esto se comprende de la manera más evidente, que entre las combinaciones infinitas de los posibles y las series posibles, existe una , mediante la cual la mayor cantidad de esencia o de posibilidad es llevada a la existencia. En efecto, siempre hay en las cosas un principio de determinación que debe salir de lo más grande y de lo más pequeño , o de manera que el efecto más grande se obtenga con el menor dispendio o el menor gasto. Y en el presente caso , el lugar , el tiempo, en una palabra , la receptividad o capacidad del mundo pueden considerarse como el gasto o la materia más propia para la construcción del mundo , mientras que las variedades de las formas corresponden a la comodidad del edificio, a la multitud y a la elegancia de las habitaciones. Y en este punto sucede lo que con ciertos juegos, en los que hay que llenar todos los espacios de un tablero conforme a leyes determinadas. Si no se tiene cierta habilidad , puede uno verse entorpecido por espacios desfavorables y obligado a dejar muchos más vacios que los que se podían o se querían dejar. Pero hay un medio seguro y muy fácil de llenar en este tablero todos los espacios posibles. Así como cuando se quiere formar un triangulo, que no esté determinado por ningún otro dato, resultara uno equilátero, o si se trata de ir de un punto a otro sin ninguna determinación de la línea, se escogerá naturalmente el camino más fácil y más corto ; en igual forma, una vez sentado que el ser sobrepuja al no ser , es decir, que haya una razón para que exista una cosa con preferencia a la nada, o que es preciso pasar de la posibilidad al acto, se sigue de aquí forzosamente que , a falta de otra determinación , la cantidad de existencia es todo lo grande que es posible, respecto a la capacidad del tiempo y del lugar (o al orden posible de existencia) , absolutamente lo mismo que las baldosas están dispuestas y colocadas en una área dada de manera que contenga esta el mayor número posible de ellas. Por este medio se comprende de una manera maravillosa como , en la formación originaria de las cosas, puede emplearse una especie de arte divino o mecanismo metafísico, y como tiene lugar la determinación de la mayor cantidad de existencia. Por esto, ente todos los ángulos , el Angulo determinado en geometría es el recto, y los líquidos colocados en medios heterogéneos toman la forma que tiene más capacidad o la forma esférica ; o , más bien , por esto en la mecánica ordinaria , cuando muchos cuerpos graves luchan entre sí, el movimiento que resulta constituye en resumen el mayor descenso. Porque, así como todos los posibles tienden con un derecho igual a existir en proporción de su realidad , de igual modo todos los pesos tienden con igual derecho a descender en proporción de la gravedad ; y así como , en un caso , se produce un movimiento que contiene el mayor descenso de los graves, en el otro se produce un mundo , en el que se encuentra realizada la mayor parte de los posibles.

Así vemos que la necesidad física resulta de la necesidad metafísica, porque si bien el mundo no es metafísicamente necesario, en el sentido de que su contrario implique una contradicción o un absurdo lógico, es, sin embargo, físicamente necesario, o está determinado de manera que su contrario implica una imperfección o un absurdo moral. Y como la posibilidad es el principio de la esencia , en igual forma la perfección o el grado de la esencia, que consiste en la posibilidad común del mayor número de cosas, es el principio de la existencia. Por este medio se ve al mismo tiempo y claramente, cómo el autor del mundo es libre, por más que lo haga todo con determinación, porque obra conforme a un principio de sabiduría o de perfección. Porque efectivamente la indiferencia nace de la ignorancia , y cuanto más sabio se es, tanto más uno se resuelve y determina por el más alto grado de perfección.

Pero me diréis, que por ingeniosa que pueda ser esta comparación de un cierto mecanismo metafísico determinante con el de los cuerpos graves, falla, sin embargo, porque los cuerpos graves ejercen una acción real, mientras que las posibilidades y las esencias anteriores a la existencia o extrañas a ella , no son más que ideas fantásticas o ficciones en las que no se puede encontrar la razón de la existencia. A esto respondo, que ni estas esencias ni estas verdades eternas de que se trata, son ficciones , sino que existen en cierta región de las ideas, si puedo decirlo así; esto es, en Dios mismo, origen de toda esencia y de la existencia de todos los seres. Y la existencia de la serie actual de las cosas demuestra suficientemente por si misma que mi aserción no es gratuita. Porque no contiene su razón de ser, según lo hemos demostrado más arriba, sino que es preciso buscarla en las necesidades metafísicas o verdades eternas , y no pudiendo lo que existe proceder sino de lo que ya existía, como también hemos observado antes, es preciso que las verdades eternas tengan su existencia en un cierto sujeto absoluta y metafísicamente necesario , es decir , en Dios, en quien reside la virtud de realizar este mundo, que de otra manera seria imaginario.

En efecto, nosotros vemos que todo se realiza en el mundo según las leyes no solo geométricas , sino también metafísicas, de las verdades eternas; es decir , no sólo según las necesidades materiales, sino también según las necesidades formales ; y esto es cierto, no sólo por la razón que acabamos de dar de u mundo existente más bien que no existente, y que existe así y no de otra manera (razón que sólo puede encontrarse en la tendencia de lo posible a la existencia) ; sino que, si descendemos a las disposiciones especiales, vemos las leyes metafísicas de causa, de poder, de acción, aplicarse con un orden admirable a toda la naturaleza, y prevalecer sobre las leyes puramente geométricas de la materia, como lo he hecho ver al dar razón de las leyes del movimiento; lo cual de tal manera me sorprendió, que , según he explicado más por extenso en otra parte, me vi precisado a abandonar la ley de la composición de las fuerzas, que había defendido en mi juventud, cuando era más materialista.

Por consiguiente, encontramos la última razón de la realidad, tanto de las esencias como de las existencias , en un ser único que debe ser, de toda necesidad, más grande , más elevado y más antiguo que el mundo mismo, puesto que de él reciben su realidad, no sólo las existencias que encierra este mundo, sino las posibles mismas. Y esta razón de las cosas solo puede buscarse en un origen único, a causa de la conexión que todas ellas tienen entre si.

Ahora bien, es evidente que de este origen emanan continuamente todas las cosas existentes , las cuales son y han sido producciones suyas, porque no puede comprenderse como tal estado del mundo más bien que tal otro, el estado de hoy más bien que el de mañana, procedan del mundo mismo.      

Con la misma evidencia se ve como Dios obra física y libremente, como esta en él la causa eficiente y final de las cosas, y como manifiesta, no solo su grandeza y su poder en la construcción de la maquina del mundo, sino también su bondad y su sabiduría en el plan de la creación. Y para que no se crea que nosotros confundimos aquí la perfección moral o la bondad con la perfección metafísica o la grandeza , o que se desecha la primera al conceder la segunda, es preciso tener entendido, que de lo que acabamos de exponer resulta, que el mundo es perfectísimo, no solo físicamente , o , si se prefiere , metafísicamente, porque la serie de cosas producidas es aquella en la que hay mas realidad en acto, sino que es también perfectísimo moralmente; en cuanto la perfección moral es una perfección física para las almas mismas.  Y así el mundo no es solo la maquina más admirable, sino que, en tanto que se compone de almas, es también la mejor república, provista de toda la felicidad o de todo el goce posible que constituye la perfección física de aquellas.

Pero, diréis ; nosotros vemos que sucede todo lo contrario en el mundo; los hombres de bien son, con frecuencia, los más desgraciados; y, dejando a un lado los animales, hay inocentes que se ven abrumados de males, y hasta condenados a muerte en medio de tormentos; en fin, el mundo, si nos fijamos sobre todo en el gobierno del género humano, se parece más bien a una especie de caos confuso, que a la obra bien ordenada de una suprema sabiduría. Esto podrá parecer así a primer golpe de vista, lo confieso; pero si se examinan las cosas de cerca, resulta evidentemente , a priori, de las razones que hemos expuesto, que debe creerse todo lo contrario; es decir , que todas las cosas, y, por consiguiente , las almas alcanzan el más alto grado de perfección posible.

En efecto, como dicen los jurisconsultos, no es conveniente juzgar antes de haber examinado toda la ley. Nosotros solo conocemos una pequeñas parte de la eternidad que se extiende en la inmensidad, pues son b bien poca cosa esos cuantos millares de años, cuya memoria nos transmite la historia. Y, sin embargo, en vista de tan corta experiencia, nos atrevemos a juzgar de lo inmenso y de lo eterno, lo cual es lo mismo que si aquellos hombres que, nacidos y criados en una prisión, o, si se quiere, en las salinas subterráneas de los Sármatas, creyeran que en el mundo no había mas luz que la arroja la lámpara, cuyo débil resplandor apenas basta para que puedan dirigir sus pasos. Fijémonos en un precioso cuadro, y cubrámosle de manera que sólo percibamos una pequeña parte de él; ¿veremos, aunque le miremos atentamente y tan cerca como sea posible, otra cosa que una cierta masa confusa de colores, arrojados allí sin deliberación y sin arte? Pero si quitamos el velo , y le miramos desde un punto de vista conveniente, veremos que , lo que parecía echado al azar sobre el lienzo, ha sido ejecutado con gran arte por el autor de la obra. Lo que sucede con el ojo en la pintura, sucede igualmente en la música con el oído. Compositores de gran talento mezclan frecuentemente disonancias con sus acordes , para excitar y provocar, por decirlo así, al oyente, el cual , después de una especie de inquietud, ve con el mayor placer que todo entra en orden. Así nos regocijamos de haber corrido ligeros peligros y experimentado pequeños males, ya porque tenemos conciencia de nuestro poder o de nuestra felicidad , o ya por un sentimiento de amor propio; lo mismo que cuando experimentamos placer al ver los simulacros aterradores que producen el baile en la cuerda floja o los saltos peligrosos; o cuando , por vía de diversión, soltamos nuestros manos a los niños como en ademan de arrojarlos lejos de nosotros ; como se cuenta de aquel mono, que ,  habiendo agarrado a Cristierno, rey de Dinamarca, cuando era niño y estaba envuelto en pañales, lo llevó a lo más alto del tejado ,y , en medio del temor de todo el mundo, el mono, riéndose, lo volvió sano y salvo a su cuna. Conforme al mismo principio que dejamos sentado, es insípido comer siempre manjares dulces; antes es preciso mezclar con ellos otros acres, ácidos y hasta amargos, que exciten el apetito. El que no ha gustado las cosas amargas, no merece las dulces, y ni siquiera hará aprecio de ellas. Es una ley de la alegría, que el placer no sea uniforme, porque produce el disgusto, y nos hace inertes y no alegres.

En cuanto a lo que hemos dicho de que cabe que sea perturbada una parte, sin prejuicio de la armonía general, no quiere decir esto que nos desentendamos de las partes , y que baste que el mundo entero sea perfecto en sí mismo, bien que pueda suceder que el género humano sea desgraciado, y que no se tome en el universo cuidado alguno por justicias, ni se tenga inquietud por nuestra suerte, como creen algunos que no juzgan sanamente del conjunto de las cosas. Porque es preciso tener entendido que , al modo que una república bien ordenada se procura, cuanto es posible , el bienestar de los particulares , en igual forma no puede ser perfecto el mundo si , aunque se conservara la armonía universal, no se atendiera a los intereses particulares. En este concepto no cabe una regla mejor que la ley que quiere que cada uno sea participe en la perfección del universo, mediante su propia felicidad proporcionada a su virtud y a la buena voluntad de que este animado por el bien común, es decir , mediante la realización de lo que llamamos caridad y amor de Dios, o de lo que , según el juicio de los más sabios teólogos, constituye la fuerza y el poder de la misma religión cristiana. Y no hay que extrañar que se dé y se proporcione tan crecida parte de felicidad a las almas en el universo, puesto que son la imagen más fiel del Autor Supremo; hay entre aquellas y este, no solo la relación común a todo lo demás, que se da entre la maquina y el obrero, sino también la que se da entre el ciudadano y el príncipe; deben durar tanto como el universo; y expresan en cierta manera y concentran el todo en sí mismas, de suerte que puede decirse de las almas que son partes totales.

Con respecto a las aflicciones de los hombres honrados, debe tenerse por cosa cierta, que les resulta de ellas un gran bien, y esto es exacto, no sólo física, sino también teológicamente. El grano arrojado en la tierra se corrompe antes de producir su fruto. Pues podemos afirmar, que las aflicciones, temporalmente malas, son buenas por el resultado, en cuanto son caminos breves que conducen hacia la perfección. Lo mismo sucede en física ; los licores que fermentan más lentamente, gastan más tiempo en mejorarse, mientras que los que experimentan mayor ebullición, se deshacen de ciertas partes con más fuerza y se mejoran más pronto. Puede decirse de estos, que retroceden para saltar mejor.

Deben estimarse estas consideraciones, no solo agradables y consoladoras , sino también muy verdaderas. Y, en general , creo que no hay cosa más verdadera que la felicidad, ni cosa más dichosa ni más dulce que la verdad.

Y como complemento de la belleza y de la perfección general de las obras de Dios , es preciso reconocer que se opera en todo el universo un cierto progreso continuo y muy libre que mejora su estado más y más. Así vemos, que una gran parte de nuestro globo tiene hoy una cultura que aumentara de día en día. Y aunque es verdad que a veces ciertas partes de aquel se hacen salvajes o experimentan trastornos y humillaciones, es preciso entender esto conforme lo hicimos al interpretar antes las aflicciones , es decir, que este trastorno y estas humillaciones contribuyen a algún fin más grande, de manera que nos aprovechamos en cierto modo del daño mismo.

En cuanto a la objeción que podría hacerse, diciendo que , si fuera cierto este progreso, ha largo tiempo que el mundo debería ser un paraíso, la respuesta es fácil. Aunque un gran número de sustancias hayan llegado ya a la perfección,  sin embargo, de la división de lo continuo hasta lo infinito resulta que siempre quedan en el abismo de las cosas partes adormecidas que deben despertarse, desenvolverse , mejorarse, y elevarse, por decirlo así, a un grado de cultura perfecta.                                                                              


 

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