viernes, 10 de julio de 2026

La emoción estética en el teatro - Juan Pablo Echague - Ediciones Criolla - MHPLO

 



Mala gaudia mentis

¡Me interesaba de veras mi vecina la del palco! ¡Oh! ¡Puramente á título de observador y psicólogo!... Cierto que admiraba sus hondos ojos aguamarinos y su rostro armonioso nimbado por leonada cabellera. Pero era su exquisita sensibilidad lo que me atraía sobre todo. Sin sospecharlo, la graciosa criatura estábame sirviendo de sujeto experimental ¡Dios me perdone!-Durante las funciones la contemplaba yo á través de mi binóculo con la atención porfiada del astrónomo que escudriña un cuerpo celeste. Y en confianza, creo que mi curiosidad llegó alguna vez á impertinencia.... Apenas comenzaba Sarah la representación de un pasaje intenso, mi vecina clavaba en la escena su mirada, siguiendo anhelante las peripecias de la fábula. Y cuando eran más violentos los conflictos, cuando las situaciones se complicaban para precipitar el desenlace trágico, cuando las crisis pasionales estallaban en los arrebatos, enloquecidos de Orestes, en los sollozos desesperados de Andrómaca ó en las ansias volcánicas de Fedora, ella, mí veciña, la boca entreabierta, adelantado el busto, fijas las pupilas, evocábame con sus actitudes hipnotizadas no sé qué inquietante símbolo del placer doloroso.

¿Qué emociones sacudian aquella alma? ¿Eran de dolor? ¿Eran de placer? Por averiguarlo me obstinaba yo en observar á la muchacha. Acaso de las expresiones fisonómicas se pudiera inferir la impresión íntima...


El caso particular envolvía para mí esta cuestión general: ¿cuál es la naturaleza de la emoción dramática? Saint-Marc Girardin me había respondido en mis lecturas que es la simpatía del hombre por el hombre. Según él, el espectáculo de la desgracia ajena nos conmueve por solidaridad humana, así dentro como fuera del teatro. Fuera del teatro, cuando se encuentra la desgracia por accidente, me parecía posible; dentro del teatro, cuando se va á buscarla, no. Desde luego la comedia, es decir, la mitad del género, explota precisamente la desgracia de los demás. Vamos á ella á extraer un placer innoble del dolor de los otros, puesto que el ridículo no es sino dolor. Y basta recordar el teatro entero de Molière, por ejemplo, donde las palizas, las burlas, las irrisiones y toda mueca de aflicción nos causa risa, para comprender que sólo un fondo de perversidad puede dar origen en nosotros à ese goce cruel.

Quedan el drama y la tragedia. Aquí lloramos contemplando el sufrimiento de los otros. Yo mismo había visto á mi vecina con los ojos llenos de lágrimas, conmovida casi hasta el sollozo, ante la agonía terrible de Fedora envenenada. ¿Lloraba por simpatía humana? ¿Se condolía del padecer de un semejante? Saint Marc Girardin hubiera afirmado que sí. Emile Faguet hubiera sostenido que no.

Porque, en fin, el espectáculo aquel proporcionaba un deleite al espectador: la emoción estética. El hombre busca ese deleite y lo ha incorporado al número de los predilectos. El padecimiento se rehúye, no se procura voluntariamente, salvo obedeciendo à la impulsión mórbida. Si el llanto del teatro nos hiciera padecer no correríamos tras él: lo evitaríamos. Si lo perseguimos con empeño, si lo vertimos sin intimo desgarramiento, si hasta lo gustamos con cierta fruición intensa y bárbara, quiere decir que el llanto del teatro, ó si se prefiere, la emoción estética, viene á resultar en último análisis un placer egoísta y feroz. ¡Y Saint-Marc Girardin que hablaba de la simpatía del hombre por el hombre !


Notemos que la pintura de la felicidad pura en el teatro no existe. Apenas si se la intercala como toque de contraste en los cuadros de pesar y de infortunio. Que presente un autor el retrato de dos novios dichosos: se aman, nada estorba su ventura, concluyen casándose... Aquello parecería insoportablemente aburrido y empalagoso. El público quiere ver el violento choque de las pasiones, la acción y reacción de poderosas fuerzas morales obrando las unas sobre las otras en los actos humanos; quiere contemplar la adversidad y la catástrofe. Eso le conmueve; eso despierta su emoción estética. Y cuando se reflexiona en tales cosas, se comprende que el salvaje de las cavernas no ha muerto del todo en nosotros. Un profundo fermento de barbarie primitiva se ha perpetuado á través de los siglos en el alma de la especie. Y su influencia obscura, pero no siempre activa, sigue siendo la generadora de esa mala gaudia mentis del hombre contemporáneo, que se manifiesta en su afición. á las corridas de toros, á las riñas de gallos, á las luchas sangrientas: hasta en la avidez malsana. con que devora las crónicas rojas de los diarios.

Pero, se dirá, el exceso de dolor nos repugna. Lo prueba el melodrama. Faguet ha previsto la objeción, y contesta: «Es porque no queremos que la emoción nacida en nosotros de la desgracia ajena llegue hasta la crispación nerviosa, pues entonces ella deja de ser un placer. Queremos contemplar el infortunio únicamente hasta que comience á hacernos mal. En una palabra, queremos ver sufrir sin sufrir nosotros mismos.» A mi entender, hay además otra razón: la inverosimilitud. El teatro necesita ciertamente usar de la mentira, pero sólo en una cierta proporción. Después de todo, y no obstante sus inevitables convencionalismos, él es el reflejo de la vida. Si se lo despoja de toda realidad y toda lógica humana, ya no es arte, sino burdo artificio. Tal acontece con el melodrama, género subalterno cuyos procedimientos suelen resultar contraproducentes precisamente porque violan sin mesura la verdad. Exagerando el cuadro de horror lo tornan falso, es decir, repulsivo.

El gusto por la verdad puede también considerarse como factor determinante de la emoción dramática. A la tragedia y á la comedia vamos para ver sufrir primero, para mirar el reflejo de nuestra propia existencia después. Ahora bien; nuestra existencia es triste y dolorosa. Ha dicho Schopenhauer que lo único real en el mundo es la desgracia. El placer, según él, es negativo; tan sólo el sufrimiento es positivo. Ya Petrarca había expresado lo mismo en su famoso verso Nul' altro que pianto al mondo dura... Para que el teatro pudiera conmovernos, para que resultara lógico y verídico, debía, pues, estar, y está en efecto, fundado sobre lágrimas. Y tiene razón el crítico antes citado cuando. exclama: «No habiendo aquí nada más importante que lo que nos separa de la felicidad; no habiendo aquí abajo nada más importante que el dolor; no habiendo nada que haga reflexionar más profundamente que el espectáculo de las cosas que nos impiden ser felices y de las que nos hacen miserables, no es extraño si todo el teatro está constituido de una parte por la pintura de nuestras necesidades, de la otra por la pintura de nuestras desgracias, y que de tal modo, él sea todo entero muy triste, aun cuando quiera ser alegre en apariencia, muy triste cuando lo es queriendo serlo. 

En substancia, la emoción teatral resulta, pues, siempre un placer bárbaro que se nutre con el espectáculo del daño ajeno. Resulta, además, una manifestación de nuestro gusto por la verdad, que quiere ver reproducida en el escenario la humana existencia tal cual es, vale decir, doliente y misera. Y á esos dos elementos emotivos, pudiérase agregar un tercero, el más noble, el que contrapesa la vileza del primero: la reflexión. Mientras nos conmovemos, siquiera sea malignamente, con las desventuras de los otros, meditamos sobre las propias... Y este aletazo nos levanta un poco encima de las brutalidades del instinto.

¿De manera que tras la carita ingenua de mi vecina la del palco, había un alma sanguinaria? ¿De manera que su delicadísima sensibilidad era en el fondo malevolencia, y su llanto crueldad? No se me ocurrieron entonces las preguntas. Sólo recuerdo que mi método de investigación fisonómica fracasó en absoluto. El rostro de mi inocente sujeto experimental nada me reveló, y si algunas nociones de lo Bello me dió el experimento, declaro que las tales no fueron precisamente subjetivas...

Enero 14 de 1906.


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