Sobre el valor de los cambios - Leszek Kolakovski
Aquella permanente lucidez que nos impide conformarnos de un modo demasiado rápido y ligero con situaciones aparentemente inevitables no concierne sólo a aquellas cosas inevitables que resultan insoportables y dolorosas, sino también a aquellas otras que aceptamos sin resistencia y que por el momento son satisfactorias.
Pues y esto es también una verdad trivial, confirmada por múltiples experiencias las situaciones satisfactorias se vuelven con frecuencia insoportables debido simplemente a su larga duración, ya que el sentimiento del sentido de la vida es tanto más intenso cuanto más contamos con el cambio de destino, cuanto más razones tenemos para esperar algo inesperado, cuanto menos previsible es, por tanto, el destino individual en su curso aún no cumplido.
No busquemos ahora las causas de esa ley. Tan sólo queremos registrarla como un fenómeno de psicología social. Tal ley no se halla en contradicción con la regla anterior de la limitación de lo reconocidamente inevitable, como pudiera parecer al tener en cuenta el hecho de que lo inesperado tampoco depende de nosotros. En efecto, la afirmación de lo inevitable sólo tiene sentido en relación con situaciones conocidas; y cuando se sobrevalora el destino futuro precisamente porque es desconocido y porque aún no tiene rostro, esto no significa en modo alguno que se acepten como necesarias todas las situaciones futuras. El deseo de cambios no significa una predisposición a entregarse abúlicamente al destino, sino el deseo de una materia nueva que uno mismo pueda configurar. La vida claramente previsible, la vida manifiesta en todas sus perspectivas futuras, se convierte también en algo triste, ya que nos preserva de todos los grandes golpes del destino. Por ello las épocas que no prometen cambios y que colocan a los individuos en una situación de calma son las que suscitan casi siempre actitudes escapistas y, con ellas, la tendencia a buscar esperanzas imaginarias y emociones ficticias cuya finalidad consista en llenar con algo la deficiente existencia real. El reflejo psíquico del estancamiento es el aburrimiento, el fantasma de Baudelaire, la fuerza poderosa de la desintegración vital, que lleva a preferir las modificaciones negativas a la permanente inmovilidad:
Nous voulons, tant ce feu nous brûle le cerveau, Plonger au fond du grouffe, Enfer ou Ciel -qu'importe? Au fond de l'Inconnu pour trouver du nouveau!
Todo esto no significa, naturalmente, que la búsqueda apasionada de lo desconocido, la pecaminosa libido novi (con cuya condenación comienza la famosa encíclica de León XIII Rerum novarum), representa una actitud universalmente extendida y que sean pocos los que consideren como un ideal atrayente y sugestivo precisamente la monotonía atascada en ritmos constantes, el mundo cerrado y petrificado de la vida diaria (la cual se repite una y otra vez de idéntica manera, embotada en sus reacciones y asustada ante toda nueva sorpresa), y piensen, en cambio, que la vida abierta constituye un abismo de las tentaciones demoníacas.
Tampoco preguntamos cuál de estas orientaciones vitales, objetivamente consideradas en sí mismas, es mejor. El sentimiento de plenitud de sentido de la vida se puede encontrar también en la perseverancia de sus situaciones. En lo que respecta a la jerarquía de los valores, acaso éste no sea peor que otros sentimientos, pero es más pobre y siempre menos intenso y creador en sus efectos que el sentimiento de plenitud de una vida vivida siempre tan sólo como provisional, expuesta a la crítica por parte de los nuevos valores y amenazada en todo momento por la negación.
Desde el punto de vista de la aspiración a una «vida con sentido», esta contraposición entre la actitud pequeño-burguesa y la actitud revolucionaria, entre el modo cerrado y el modo abierto de asimilar la vida exterior, entre la tendencia a la fijación y a la afirmación de la situación vigente y el espíritu de negación y de crítica, constituye la expresión de un antagonismo universal que actúa en cada época y en cada esfera de la vida social: es el antagonismo entre las fuerzas de la conservación y de la inercia, por un lado, y las fuerzas de la creación eruptiva, por otro; cada una de las cuales engendra sus propios ideales éticos y sus propias formas socialmente fijadas, en los cuales viven los hombres su existencia individual. Para el hombre particular, la previsión total o casi total del futuro constituye una especie de muerte y, en verdad, una de las muertes más reales. Y el que contempla su ideal de vida en esa previsión (y ése es precisamente el aspecto que ofrece la imagen cristiana popular del Paraíso celestial), padece la muerte más dolorosa y suicida, pues se ha privado a sí mismo del futuro. Lo inevitable, que no debemos aceptar ni por hábito social ni por la fuerza de los hechos, aparece, de todos modos, en múltiples formas, muchas de las cuales son consecuencia de los azares que le sobrevienen al hombre en su vida individual. Cuando su peso se torna demasiado oprimente y cuando la posibilidad de influir sobre el propio destino resulta demasiado limitada, surge la tendencia natural a buscar el sentido de la vida en cualquier cosa, si es que la vida ha de ser en absoluto proseguida. De esta manera, un hombre a quien una enfermedad incurable atenaza al lecho pasa sus últimos años entretenido con cálculos acerca de cómo construir un reloj de sol de bolsillo exacto; una historia, ciertamente, no poco triste, pero tampoco demasiado pesimista. Una pasión, aunque socialmente inútil, se vuelve valiosa por el mero hecho de que otorga un sentido a la vida de un individuo impedido por una enfermedad física incurable, la cual no ofrece ya, aparentemente, ninguna perspectiva. Pero también conocemos casos en que grandes pasiones han llevado a cabo una lucha socialmente creadora contra golpes del destino que aparentemente imposibilitan toda actividad al hombre: Beethoven, Nicolás Ostrovski. Esto nos hace pensar que existen medios para «<llenar de sentido» incluso una vida tan torturada por las contrariedades del destino, aunque, por desgracia, eso no se puede alcanzar con ayuda de sermones morales ni en ausencia de alguna inspiración espontánea y viva que se oculte en tal hombre.
Lo que le arrebata al ser humano llevar una vida llena de sentido son aquellas circunstancias de la existencia social que, con toda evidencia, nos. hacen tener una insoportable conciencia de nuestra propia impotencia frente al destino, el cual se nos aparece como una fuerza irracional y ciega: las épocas sin esperanza, los tiempos de una tiranía prolongada o de un gran terror. También estas épocas crean con frecuencia valores estables: la desesperanza de la vida en la Rusia zarista suscitó los talentos volcánicos de SaltikovShchedrin, de Gogol y de Dostoievski. Sin embargo, consideradas las cosas a un nivel social amplio, el sentimiento de impotencia frente a las circunstancias de la vida social crea naturalmente en los hombres diversas formas de actitud fatalista, les impone una visión del mundo como un absurdo siniestro, engendra una vida que es percibida como carente de sentido o, al revés, hace que los hombres sucumban con facilidad a consignas engañosas y falsas. Si la pregunta de Fallada: «Pobre hombre, ¿y ahora qué?», se convierte en una fuerza social, entonces el hombre puede sucumbir fácilmente a ideologías fascistas que, entre otras cosas, han creado la técnica para calmar, con mitología y con crímenes, el hambre socialmente viva de esperanza. Cuando la realidad del imperialismo mostró el rostro irracional, estúpido y amenazador de un monstruo grotesco, esa misma realidad creó la visión del mundo como una broma macabra y sin sentido, la visión del mundo de Kafka y de Céline, y engendró una conciencia sin ilusiones ni esperanza, una vida absurda.

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